En el mundo de los sueños no existen los imposibles.
Sería tan fácil como verle en aquella esquina inventada y comérmelo a besos contra la pared como si hiciera siglos que no lo veía. Iríamos a su preciosa casa y se nos pasarían las horas entre caricias y mordiscos bañados de química. Comeríamos pizza y chocolate y veríamos (seríamos) Sin City una y otra vez. Yo le cantaría bajito al oído y él escribiría textos describiendo mis rizos. Nos gritaríamos a todas horas, y luego nos partiríamos de risa. Me estamparía contra la pared y luego me estamparía yo contra él.
Trabajaría con él y haría lo imposible por ser la niña de sus ojos cada vez que tuviera que explicarme algo. Le encanta explicarme cosas. Yo dormiría por las noches como si fuera una persona normal y su calor sería mil veces mejor que cualquier benzodiacepina. Me obligaría a escuchar grupos que no conoce nadie día tras día, y yo me quejaría como si fuera molestia alguna sólo para ver su cara de fingida indignación y poder tener una excusa para comerle la boca. Aunque no la necesitaría. Escucharía todas y cada una de las canciones para encontrarme en las letras y adivinar si piensa en mí al escucharlas (aunque eso ya lo hago).
Tomaríamos café en Londres, en un Starbucks, claro, y haríamos fotos hipsters que subiríamos a Instagram. Daríamos asco, como esas parejas que dan asco, pues igual. La lluvia nos mojaría y mi pelo se estropearía haciendo que me preocupara excesivamente por mi imagen, pero él callaría todas mis dudas diciéndome que, como siempre, estoy preciosa. Nos besaríamos en el metro como en Monster, y cuando fuéramos a tomar algo y me emborrachara tras el primer sorbo me apartaría la copa de mis manos como si fuera mi salvador, a pesar de que le encanta verme fuera de sí. Le invitaría a bailar conmigo y contonearía mis caderas sólo para poder sentir cómo se pone nervioso y me secuestra a donde sea para tenerme.
Le podría decir te quiero cada vez que se me pasara por la cabeza decírselo. Me podría bajar en la parada de tren que quisiera. Podría guardarle el último trozo de pizza, o podría invitarme a cenar. Podría robarle chocolate y cubrirle entero con él, y podría descubrirle luego. Podría quererle tanto que dolería.
Pero mi mundo nunca ha sido el de los sueños. En mi mundo tengo que olvidar a la persona que me provoca taquicardias y que me encoge el estómago cada vez que me dice algo bonito, porque está fuera de lugar. Tengo que obviar que con una caricia sepa llegar a lo más profundo de mí, que me llegue, que me conozca y que aún así se quede sin salir corriendo. Tengo que pasar por alto cada vez que me mira, cada vez que me desea y me quiere besar o tocar, porque ni yo soy su chica ni él es mi idiota.
Eternidad
*Recuérdame como un día imaginaste que fui
jueves, 14 de febrero de 2013
sábado, 8 de diciembre de 2012
Jazz
El saxo me estaba hipnotizando. Sus matices resonaban por
mis oídos y me ponían los pelos de punta, su llanto ahogado en forma de melodía
decadente me hacía sentir como en casa. Alguien que es capaz de transmitir arañazos
dolorosos a través de su espiración tenía que saber de qué iba el asunto de la
vida, y mirando al hombre que acariciaba el saxofón mientras vertía en él sus
lágrimas mentales vi en él a un hermano, a un compañero de desesperanzas.
La banda paró durante un instante y retomó su monólogo
musical con una pieza melancólica, incluso nostálgica, con el piano dando el
toque gris que inundaba la sala entera. Me giré discretamente para observar
algunas de las mesas que poblaban la estancia, en su mayoría cuarentones solitarios
fugitivos de la realidad, pero también alguna que otra pareja enamoradiza y
apreciante del arte del buen jazz. Les envidiaba, pero ese saxo nublaba cualquier
otra cosa que se me pasara por la mente en esos instantes, y por eso me había
convertido en una habitué del local. Al principio me sentía muy pequeña y
vulnerable en un sitio tan oscuro, pero la atracción morbosa que a la vez sentía
había conseguido que fueran varias ya las veces en las que me había escapado de
mis “necesidades sociales” para refugiarme en aquella, mi guarida, mi pequeño
secreto, el sitio en el que no pintaba nada y a la vez lo pintaba todo.
Aquella noche había comenzado bien. Tenía una cita con un
fotógrafo que sabía usar de forma bastante ingeniosa su prosa. Parecía de esos
chicos que te conquistan con su cabeza pensante, y yo siempre les tuve bastante
debilidad. Vestido negro, stilettos a juego y pelo suelto pero lo
suficientemente apartado para mostrar aquellos pendientes con falsos diamantes
que quedaban tan bien en mis lóbulos. Me gustaba ponérmelos porque en mi
retorcida mente me sentía cómoda llevando algo que me recordara lo falso de
todo aquéllo, de mis outfit, de mis poses y de mis sonrisas de convención
social.
La cena transcurrió sin pena ni gloria. Era un chico
bastante mono, interesante cuanto menos y muy agradable conmigo. Una siempre
nota cuando él está realmente interesado. Quizás ése era el problema, que
estaba interesado. Es tan aburrido cuando ya está todo hecho, cuando no tienes
que devanarte los sesos intentando hallar la manera de encender la bombilla del
chico imposible, que no me motiva nada. Pero no, el fotógrafo no era uno de
esos desesperados, simplemente estaba apostando por mí. Mala decisión, querido.
Por más que intenté verle el punto bueno, en mi cabeza no dejaba de repetirse
la frase: “quiero más”. ¿Más? Esto estaba bien, y sin embargo no era
suficiente. Lo más gracioso es que yo no sabía lo que sí sería suficiente, sólo
podía pensar en que quería más, así que cuando me acompañó hasta mi portal y
esperó a intuir si sería uno de esos viernes de amantes sin tregua le di las
gracias por la agradable velada y le dije que mañana madrugada. “Te llamaré” –
le susurré mientras le daba un beso en la mejilla. Él sabía que no lo haría,
era más inteligente que cualquier convención social de mierda.
Cuando el fotógrafo se alejó me senté en las escaleras de mi
portal. Mientras me quitaba los tacones y me quedaba descalza pensé lo mucho
que me gustaría saber fumar, era uno de esos momentos tristes en los que el
humo de un cigarrillo elevaría toda mi farsa a la categoría de tragicomedia pasional
y decadente. Me reí yo sola, era tan dramática para todo.
Subí a casa descalza y cuando iba a quitarme el vestido me
entró ese antojo irresistible de jazz. Podría haberlo puesto en el ordenador,
pero no era lo mismo, así que me calzé planos esta vez (bailarinas negras) y me
volví a colocar el abrigo. Necesitaba encontrar el sentido de todo y sólo el
sexo en forma de saxo parecía tener las respuestas a mis preguntas.
Así que ahí estaba, envuelta entre almas desoladas y músicos
sin nombre, en un local subterráneo en los suburbios, escuchando jazz a las 2
de la mañana con el maquillaje corrido y la sonrisa tocando el suelo. Tenía 21
años y no sabía qué era ese “más” que faltaba en mi ecuación. Tenía 21 años y
ni siquiera sabía si había ecuación.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Karma
Cuando entramos en el club, los primeros minutos, como de
costumbre, no pude concentrarme en nada más que en la música que hacía temblar desde
las paredes hasta los músculos de mi cuerpo. Nunca dejaría de tener ese efecto
en mí. Me subí al pódium y mi cuerpo se dejó llevar, sin más. Ni pensamientos,
ni preocupaciones, ni personas existían ya, éramos sólo ella y yo.
Cuando ya sacié mi sed rítmica volví con mis amigos y
seguimos bailando como locos un buen rato más. Mi noche transcurrió entre idas
y venidas hacia la pista de baile y ellos, cada vez más perjudicados. Me gusta
mucho salir con gente de mi clase, suelen tener tan poco sentido del ridículo
como yo y eso es sublime, vernos bailar es la cosa más divertida que pueda
pasar en la vida de alguien.
Pero poco me duró la diversión porque tenía un objetivo y
por desgracia el efecto del alcohol me estaba abandonando. Me propuse no ser una
borde estrecha sin corazón, y no rechazar a alguien de buenas a primeras con mi
sonrisa de “vale, bien, ¿te largas?”
Se supone que en un club para homosexuales los chicos
acosadores a chicas no deberían de ser un problema, pero nada más lejos de la
realidad. Es como si todos los tíos sebosos cerders a muerte se pusieran de
acuerdo para venir a la discoteca a triunfar bajo el prejuicio más establecido
que hay: “los chicos gays traen a sus amigas hetero y son vulnerables”. Irónico es que tanto los tíos gays como los
hetero tengan una cosa en común: les gusta restregarse en culos como si no
hubiera mañana.
Cuando me di cuenta, había rechazado a tantos tíos que había
perdido la cuenta. Os aseguro que no perdí la cuenta porque sea una Diosa del
ébano, sino porque hay tal cantidad de babosos heterosexuales en estos sitios
gay que os sorprenderíais. Desde el que su forma de bailar era darme golpes en
el culo con su pelvis hasta el que me metió la lengua en la boca sin más (os lo juro,
sin más). A pesar de que me había prometido intentar no soltar la mentira de “mi
novia es celosa y se enfadará si nos ve”, recuerdo haberla dicho tres veces. Es
una excusa que no siempre me beneficia, la verdad.
En un momento de la noche alguien se acercó por detrás y
empezó a seguir mis movimientos no demasiado mal. Decidí dejarme llevar y creo
que fue uno de mis highlights de la noche. No es fácil que un chico baile bien,
y yo quería creer que no sería otro cerder seboso, pero cuando me giré lo era,
y aunque intenté no tacharle enseguida, al final el instinto me pudo.
Y aquí vino la catástrofe natural que desembocó en una misantrosociopatía
universal en la que me odié por ser así. ¿Por qué tengo que rechazar a alguien sólo
porque me parezca rematadamente ordinario? Con lo fácil que sería si sólo me
importara el físico. Y claro, al hacerme esta pregunta enseguida me respondo que
a mí no me dice absolutamente nada un tío así si es más que evidente que va a lo
que va, que no juega, que no lo pone difícil, que no es capaz de retarme Si
alguien no supone un reto para mí me aburre, y si me aburre mi cerebro
desconecta, no me interesa.
Decidí sentarme y empecé a mirar a todo el mundo cuando se
acercó una chica bonita que me preguntó qué me pasaba. Le mentí y le dije que
había perdido a mis amigos, y tras una conversación un tanto desinteresada por
mi parte me dijo que siempre se fijaba en la gente a la que le hacía falta un
bastón (entiéndase bastón como soporte para estabilizarse de forma metafórica).
Vamos, que según esta muchacha yo iba mareada perdida por el mundo sin
encontrar el equilibrio. Totalmente cierto.
Pensé: ¿y si soy yo la que me hago creer que todos estos son
una panda de mediocres básicos y evidentes que no despiertan en mí ni un ápice
de curiosidad para evitar problemas? ¿Por qué sólo atraigo a la mierda? ¿Por
qué no se puede acercar un chico normal con ganas de tener una guerra verbal?
Quiero guerra, quiero pelearme hasta morir, quiero morder a alguien que sea
capaz de morderme a mí. Alguien que me vea sentada con ganas de exterminar a la
humanidad y me rete, que sea capaz de vacilarme y jugar sin tener miedo, y que
realmente tenga algo que aportar. ¿Dónde están metidos los chicos así? Hablo de
los de verdad, no de los fantasma, o de los intentos de, a esos se les ve venir
de lejos. Y mejor no hablar de los que te usan como medio para mejorar algún aspecto
de su vida, pero no porque aporten nada o quieran que tú aportes nada.
Lo mejor de la noche fue encontrarme con Sr. Mordedor, alguien a quien conozco
demasiado bien, y sus movimientos extasiantes. Sólo por eso toda la noche valió
la pena, un lapsus ilegal que daría para otra historia.
Concluí que mi karma estaba bien jodido. Por eso sólo atraía
a la mierda más grande del universo o a chicos casados (metafóricamente) o a
emocionalmente inaccesibles, narcisistas, egomanipuladores, y un sinfín de tíos
disfuncionales o carentes totalmente de interés, y era obvio que la culpa era
del karma. Del karma o de Darwin, que me odiaba y no quería que sobreviviera en
este mundo. Y mientras, los chicos de verdad están escondidos en sus casas
viendo cine de culto y leyendo obras maestras, o viciándose a la PS3, o
escribiendo textos que hablan de tías mediocres y ordinarias a las cuales no
pueden tener.
Desde luego estamos en caminos totalmente equivocados.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Le rompería la cabeza
- Llevas toda la tarde ausente.
- Perdona, Elena, te juro que estoy intentando prestarte
atención, pero mi mente no responde.
- No hace falta que lo jures. ¿Qué te pasa?
- Nada.
- Anaís, esto lo podemos hacer por la vía lenta, donde yo te
hago un sinfín de preguntas que nos lleven a lo que te preocupa, o por la vía
rápida, es decir, me lo cuentas y yo intento ayudarte.
- Es que no lo sé, Elena, te juro que no sé lo que me pasa,
simplemente no me estoy sintiendo como yo misma últimamente.
- ¿Es por el cabrón desalmado que te ronda la cabeza?
- No es un cabrón desalmado, es… gilipollas.
- ¿Qué ha hecho esta vez?
- Es más bien qué no hace. Es demasiado buen escritor, Elena,
convence a cualquiera con las palabras, pero luego es tan pobre en gestos… Es
imposible creerle una vez pasa el efecto hechizante de sus discursos
elocuentes.
- ¿Y no crees que aún así es mejor que no puedas creerle?
- ¿A qué te refieres?
- Si encima te diera motivos para creer sí que estarías
perdida, porque estarías planteando algo totalmente desorbitado y sin sentido,
que no estaría decidiendo tu cabeza elegante e inteligente, sino tu corazón
quinceañero.
- Pero me sentiría tranquila, podría disfrutar de la esperanza
y no me reconcomería la incertidumbre. Es como… ya sabes.
- Sí, y que te haga sentir como el otro hijo de puta no ayuda
a que me caiga mejor.
- Es la incertidumbre, pero sobre todo el remordimiento de
sentir que en el fondo sé que me la están jugando, que él lo está haciendo.
- Es que está jugando, querida.
- Y no me siento como yo misma. Me encanta el juego, pero
siempre, y sabes que cuando digo siempre significa siempre, lo controlo yo. No
me involucro sentimentalmente con nadie, eso lo mata todo, y sin embargo ahora
mismo parezco una estúpida desesperada por una prueba, cuando siempre busco
hechos que lo tiren todo por tierra. ¡Y ahora hago justo lo contrario! No sé
qué me está pasando.
- Pues lo mismo de siempre, que pasa de ti y te da juego.
- No, si al final Héctor tendría razón cuando me decía que
siempre echaba por tierra relaciones saludables y buenas y me perdía en los
turbios y complicados vínculos de siempre, vamos, al masoquismo puro y duro…
______________________________________________________________________________
- Es que era una masoquista en toda regla. Ha tenido
tropecientas relaciones en su vida y las únicas que tiene en un altar son
aquellas en las que la han apalizado mentalmente hasta la extenuación. ¿Cómo se
puede ser tan tonta?
- No sé, Héctor, ella ya te previno de sus lastres.
- ¿Y qué? Tampoco cerraba puertas, quería que estuviera ahí
pero no quería cerrarse a la posibilidad de encontrar al hombre de su vida,
cuando a lo mejor era yo. Siempre me trató como una persona en standby, y me
daba largas y más largas, que ahora no estaba disponible emocionalmente y que
sólo podía darme lo que me daba, pero claro, ahí estaba, y cuando yo me
comprometía demasiado ya se encargaba de abofetearme la cara para recordarme
que yo sólo era un pasatiempo para calmar su soledad.
- Ya te advirtió.
- ¡Claro, joder! Pero yo pensaba que estaba no disponible para
todos, no sólo para mí. Fijó tanto la idea de que yo no cumplía sus estúpidos
requisitos que aunque los hubiera cumplido nunca habría sido yo el protagonista
de sus sueños.
- ¿Requisitos?
- Sí, sus estúpidos requisitos, como saber idiomas, tener estudios
superiores (y no le valían todos porque la señorita despreciativa no se
contentaba con que tengas cualquier licenciatura), tener ciertas aspiraciones,
ciertas actitudes, ciertos valores… En fin, un montón de gilipolleces que tiene
súper internalizadas y que si no cumples te tacha de su lista.
- Ya te dije desde un principio que estaba un poco ida de la
olla.
- Y lo está, pero aún así, yo estoy, o estaba, enamoradísimo
de ella, y se dedicó a despreciar mis sentimientos porque yo no era el hombre
de su vida, porque me falta iniciativa, no tengo sus aspiraciones en la vida y
no le aportaba nada (en ésta última se quedó a gusto diciéndomela). Y ahora me
entero de que está pillada de un gilipollas que no la quiere ni un poco y además
que está a tomar por culo, que probablemente la use de pasatiempo y juega con
sus sentimientos.
- ¿Y por qué a éste sí le hace caso?
- Porque es inalcanzable para ella y eso le resultará
alentador, o simplemente porque está loca. Es del tipo de chicas a las que hay
que evitar a toda costa.
______________________________________________________________________________
- Tienes que evitar a los hombres así a toda costa, Anaís. Son
personas a las que les gusta jugar, y es probable que lo que te dice es cierto,
pero ya sabes que hablar es muy fácil, y yo no veo que este tipo tenga
intenciones de hacer algo más que soltar su verborrea.
- ¿Sabes lo peor? Que yo me dejo llevar por arranques
pasionales y alguna vez le he propuesto presentarme sin más. ¿Sabes cuál fue su
reacción?
- Sorpréndeme.
- “Avísame con tiempo, no vaya a ser que tenga a alguna de mis
fulanas en casa”, y luego se fue a dormir, sin más. ¿Cómo te quedas?
- No tiene interés, y ese comentario es de bocazas y
gilipollas a más no poder, pero no, no tiene interés. No sé si porque se lo das
fácil, porque vas al grano o porque como está jugando sin más su interés es
bajo, pero no deberías tener esos arranques emocionales.
- Es que cuando le mostré la posibilidad esperaba que
intentara persuadirme de que lo hiciera, o que mostrara algo de emoción o de
algo, yo qué coño sé, pero desde luego no esa mierda de contestación y un me
piro a dormir.
- La verdad, Anaís, es que teniendo a quienes tienes aquí
deberías intentar pasar de todo esto.
- Ya lo sé, pero los que tengo aquí no me despiertan ese
interés, pero es que, joder, no puedo exponerme tanto cuando su única
preocupación de que nos veamos es que no se le junten dos fulanas en casa. Sólo
juega, estoy segura.
______________________________________________________________________________
- Ella sólo juega, le gusta jugar con las palabras y con lo
que con ellas puede llegar a expresar, pero le importa una mierda si consigue
que me enamore de ella, y no es justo.
- No, no lo es, pero ya ha pasado un tiempo como para que
dejes esto atrás ya, tío.
- No me refiero a esa injusticia. Me refiero a que no es justo
que jueguen con ella cuando su corazón se muestra una de cada millón de veces.
- Eso es cosa suya, Héctor.
- Ya, pero a pesar de todo la quiero.
- A quien quieres es a la “ella” que tienes formada
mentalmente.
- La quiero a ella y punto.
______________________________________________________________________________
- Es que no le quiero, no quiero a alguien así en mi vida, no
quiero tener la sensación constante de que yo voy a más que él. Y odio tanto
que me engatuse con su mierda que le rompería la cabeza.
- Pues que le den por culo.
- Eso, que le den por culo a él por haberme hecho creer
importante cuando sólo era un felpudo.
Y una lágrima de rabia y pena cayó por la rosada
mejilla de Anaís, consciente de que tenía que parar todo esto como fuera y ya.
sábado, 3 de noviembre de 2012
Rojo cereza
Ashley sabía dónde tenía que ir para conseguir su objetivo.
Estaba cansada del pesimismo que había cargado durante la semana, no era algo
propio de ella y no estaba dispuesta a dejar que el placer se alejara por culpa
de nimiedades.
Abrió el armario y sin dudar fue hacia el final de la larga
barra llena de diferentes prendas, donde se encontraba su vestido preferido: de
color rojo cereza, acabando sutilmente por encima de sus rodillas, atado al
cuello, con un bonito escote y la espalda al descubierto. Era un vestido
sanador, cuando se lo ponía su mentalidad cambiaba por completo y ya nada le
importaba más que sus curvas, la lencería de encaje que llevaba debajo, los
tacones que la elevaban por encima de cualquier mortal, y sus labios que
homenajeaban la fruta prohibida con su intenso carmín.
El taxi la dejó en la puerta de aquel sitio aparentemente
sin nada a destacar pero que ella ansiaba como agua de mayo. Iba como de gala y
sin embargo el sitio era de lo más normal, pero daba igual porque no había –casi-
en el mundo otro lugar en el que Ashley quisiera estar en ese momento. Plantó
sus tacones sobre el asfalto y comenzó a caminar hacia dentro.
En cuanto sus manos abrazaron la copa de Martini y su
garganta sintió el calor propio del alcohol, decidió que ya estaba lista para
ir a por él. Sin embargo, mientras cruzaba la pista empezó a sonar una canción
que le producía taquicardias tanto por la letra pasional como por el ritmo
sensual y decidió que Lucky podía esperar, quería bailar. Se introdujo entre la
multitud y dirigió su cabeza hacia el techo, cerrando los ojos y embebiéndose
de cada golpe de ritmo. Sus caderas comenzaron a moverse automáticamente en
sincronía con la canción, y sus manos, al principio tímidas, acabaron arrastrándose
por todo su cuerpo, con una necesidad ardiente de expresar lo que con
palabras ella no había podido hacer hasta ahora. Su pelo era fiero, no podía
parar de mover la cabeza ni ninguna parte del cuerpo. Estaba extasiada, y en
poco tiempo varias personas quisieron contagiarse de aquel éxtasis que Ashley
emanaba. Un chico que seguía muy bien el ritmo de la canción se enganchó a su
cintura y empezó a moverse con ella. Ashley se dio la vuelta y se quedó cara a
cara con su desconocido justo en el momento en que la canción acabó. Por
suerte, la siguiente la volvió aún más loca y a pesar de llevar un vestido rojo
y unos tacones de infarto no pudo evitar saltar. Esta canción era muy bailable,
siguió con el chico y había tanta sincronía que hasta se había olvidado de
Lucky totalmente. Cuando acabó la canción besó al desconocido en señal de
agradecimiento, sabiendo que él era gay, y siguió su rumbo, ahora más decidida
que nunca.
Ashley subió a la planta de arriba, donde se hallaban los sofás
y otra pista de baile. No tardó
demasiado en visualizar a Lucky, estaba con una morena despampanante
restregándose a más no poder, pero ella sabía que está noche él iba a ser
completamente suyo. Se colocó en la barra y pidió otro Martini, haciendo tiempo
hasta que Lucky rompiera el contacto visual con la morena y su instinto
depredador prestara atención a la chica del rojo cereza que tenía a dos metros
enfrente de él.
Lucky vio aquellos ojos de hielo y por un momento dudó de su
mente traicionera a causa del alcohol, pero esa pose no podía ser de otra chica
que no fuera ella. Se olvidó por completo de la morena y caminó sorprendido
hacia Ashley.
- Wow, cielo, estás… Wow.
- ¿Qué tal, Luck?
- No tan bien como tú, desde luego. ¿Qué haces aquí?
- He venido a bailar, y luego vas a follarme – dio un trago
largo de su Martini para no perder la valentía que había tenido hasta ahora.
- ¿Y has bailado ya? – dijo Lucky en tono burlón pero con el
deseo en la mirada.
- Sí, pero quiero más –
contestó Ashley mordiéndose el labio deliberadamente para crear expectativas a
Lucky. En ellos todo se basaba en el arte del juego y en quién daba más. En
este caso estaba claro que Ashley estaba ganando con creces.
- Eso tiene fácil solución – Lucky cogió de la mano a Ashley y
la acercó de golpe hacia él. Mientras pasaba sus manos por su curvosa cintura
cogió con sus dientes el labio que ella seguía mordiéndose y se lo chupó,
llevándose un poco de carmín con él. – Espero que acabes sin pintalabios esta
noche.
Lucky era muy fácil cuando jugabas a su juego. Ashley se
pegó delante de él y comenzó a descender sensualmente al ritmo del tema,
mientras él acariciaba todo su cuerpo. Esto no iba a durar mucho más. Ashley se
agarró a su cuello y mientras le miraba fijamente eran todo caderas
contoneándose todo lo cerca de él que podía, y lo cierto es que Lucky estaba
comenzando a pasarlo realmente mal. Intentó besarla pero ella se hacía la
esquiva a propósito. Era justo lo que quería, tener el control, jugar con el
deseo y hacerlo llegar al límite hasta que no hubiera más escapatoria que huir
a su casa. Dio una vuelta sobre él y cuando se volvió a colocar le mordió el
cuello.
- Veo que hoy vienes fuerte, cielo – le dijo Lucky cuando
consiguió controlar su respiración.
- Yo siempre vengo fuerte, ya lo sabes.
Cuando pasó un buen rato Lucky pensó que ya era suficiente,
y engañándola poco a poco la fue llevando hacia un pasillo poco transitado y
poco iluminado, para acorralarla contra la pared.
- Ahora te voy a devolver todo este jueguecito.
- Aquí no, llévame a tu casa.
Estaban ya en la puerta de su casa. Lucky la invitó a pasar
y tras ella cerró la puerta.
- Antes de que todo esto empiece y no haya vuelta atrás,
contéstame a una pregunta - dijo Lucky.
- Dime.
- ¿A quién estás intentando olvidar?
Lucky no podía obviar el hecho de que Ashley hubiera
aparecido sin más después de meses de ausencia a darlo todo con él, no sin un
motivo subyacente. Ella lamentó en ese momento que Lucky no fuera más fácil,
pero si por algo no había funcionado la parte real de sus vidas era porque ninguno
de ellos tenía nada de simple. Sin embargo, ahí estaba, sexy con su barba y sus
ojos increíblemente atrayentes, y no quería pensar en nadie más que en Lucky y
su pelo, Lucky y su espalda, Lucky y su pecho, Lucky y su cuello. Todo lo demás
sobraba, tenía que sobrar, así que se limitó a decir una mentira que él
aceptaría como tal:
- A nadie.
Y la cordura acabó por esa noche.
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