Eternidad

*Recuérdame como un día imaginaste que fui

Mostrando entradas con la etiqueta La chica de los tacones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La chica de los tacones. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de noviembre de 2012

Rojo cereza


Ashley sabía dónde tenía que ir para conseguir su objetivo. Estaba cansada del pesimismo que había cargado durante la semana, no era algo propio de ella y no estaba dispuesta a dejar que el placer se alejara por culpa de nimiedades.
Abrió el armario y sin dudar fue hacia el final de la larga barra llena de diferentes prendas, donde se encontraba su vestido preferido: de color rojo cereza, acabando sutilmente por encima de sus rodillas, atado al cuello, con un bonito escote y la espalda al descubierto. Era un vestido sanador, cuando se lo ponía su mentalidad cambiaba por completo y ya nada le importaba más que sus curvas, la lencería de encaje que llevaba debajo, los tacones que la elevaban por encima de cualquier mortal, y sus labios que homenajeaban la fruta prohibida con su intenso carmín.
El taxi la dejó en la puerta de aquel sitio aparentemente sin nada a destacar pero que ella ansiaba como agua de mayo. Iba como de gala y sin embargo el sitio era de lo más normal, pero daba igual porque no había –casi- en el mundo otro lugar en el que Ashley quisiera estar en ese momento. Plantó sus tacones sobre el asfalto y comenzó a caminar hacia dentro.
En cuanto sus manos abrazaron la copa de Martini y su garganta sintió el calor propio del alcohol, decidió que ya estaba lista para ir a por él. Sin embargo, mientras cruzaba la pista empezó a sonar una canción que le producía taquicardias tanto por la letra pasional como por el ritmo sensual y decidió que Lucky podía esperar, quería bailar. Se introdujo entre la multitud y dirigió su cabeza hacia el techo, cerrando los ojos y embebiéndose de cada golpe de ritmo. Sus caderas comenzaron a moverse automáticamente en sincronía con la canción, y sus manos, al principio tímidas, acabaron arrastrándose por todo su cuerpo, con una necesidad ardiente de expresar lo que con palabras ella no había podido hacer hasta ahora. Su pelo era fiero, no podía parar de mover la cabeza ni ninguna parte del cuerpo. Estaba extasiada, y en poco tiempo varias personas quisieron contagiarse de aquel éxtasis que Ashley emanaba. Un chico que seguía muy bien el ritmo de la canción se enganchó a su cintura y empezó a moverse con ella. Ashley se dio la vuelta y se quedó cara a cara con su desconocido justo en el momento en que la canción acabó. Por suerte, la siguiente la volvió aún más loca y a pesar de llevar un vestido rojo y unos tacones de infarto no pudo evitar saltar. Esta canción era muy bailable, siguió con el chico y había tanta sincronía que hasta se había olvidado de Lucky totalmente. Cuando acabó la canción besó al desconocido en señal de agradecimiento, sabiendo que él era gay, y siguió su rumbo, ahora más decidida que nunca.
Ashley subió a la planta de arriba, donde se hallaban los sofás y  otra pista de baile. No tardó demasiado en visualizar a Lucky, estaba con una morena despampanante restregándose a más no poder, pero ella sabía que está noche él iba a ser completamente suyo. Se colocó en la barra y pidió otro Martini, haciendo tiempo hasta que Lucky rompiera el contacto visual con la morena y su instinto depredador prestara atención a la chica del rojo cereza que tenía a dos metros enfrente de él.
Lucky vio aquellos ojos de hielo y por un momento dudó de su mente traicionera a causa del alcohol, pero esa pose no podía ser de otra chica que no fuera ella. Se olvidó por completo de la morena y caminó sorprendido hacia Ashley.
- Wow, cielo, estás… Wow.
- ¿Qué tal, Luck?
- No tan bien como tú, desde luego. ¿Qué haces aquí?
- He venido a bailar, y luego vas a follarme – dio un trago largo de su Martini para no perder la valentía que había tenido hasta ahora.
- ¿Y has bailado ya? – dijo Lucky en tono burlón pero con el deseo en la mirada.
- Sí, pero quiero más – contestó Ashley mordiéndose el labio deliberadamente para crear expectativas a Lucky. En ellos todo se basaba en el arte del juego y en quién daba más. En este caso estaba claro que Ashley estaba ganando con creces.
- Eso tiene fácil solución – Lucky cogió de la mano a Ashley y la acercó de golpe hacia él. Mientras pasaba sus manos por su curvosa cintura cogió con sus dientes el labio que ella seguía mordiéndose y se lo chupó, llevándose un poco de carmín con él. – Espero que acabes sin pintalabios esta noche.
Lucky era muy fácil cuando jugabas a su juego. Ashley se pegó delante de él y comenzó a descender sensualmente al ritmo del tema, mientras él acariciaba todo su cuerpo. Esto no iba a durar mucho más. Ashley se agarró a su cuello y mientras le miraba fijamente eran todo caderas contoneándose todo lo cerca de él que podía, y lo cierto es que Lucky estaba comenzando a pasarlo realmente mal. Intentó besarla pero ella se hacía la esquiva a propósito. Era justo lo que quería, tener el control, jugar con el deseo y hacerlo llegar al límite hasta que no hubiera más escapatoria que huir a su casa. Dio una vuelta sobre él y cuando se volvió a colocar le mordió el cuello.
- Veo que hoy vienes fuerte, cielo – le dijo Lucky cuando consiguió controlar su respiración.
- Yo siempre vengo fuerte, ya lo sabes.
Cuando pasó un buen rato Lucky pensó que ya era suficiente, y engañándola poco a poco la fue llevando hacia un pasillo poco transitado y poco iluminado, para acorralarla contra la pared.
- Ahora te voy a devolver todo este jueguecito.
- Aquí no, llévame a tu casa.
Estaban ya en la puerta de su casa. Lucky la invitó a pasar y tras ella cerró la puerta.
- Antes de que todo esto empiece y no haya vuelta atrás, contéstame a una pregunta - dijo Lucky.
- Dime.
- ¿A quién estás intentando olvidar?
Lucky no podía obviar el hecho de que Ashley hubiera aparecido sin más después de meses de ausencia a darlo todo con él, no sin un motivo subyacente. Ella lamentó en ese momento que Lucky no fuera más fácil, pero si por algo no había funcionado la parte real de sus vidas era porque ninguno de ellos tenía nada de simple. Sin embargo, ahí estaba, sexy con su barba y sus ojos increíblemente atrayentes, y no quería pensar en nadie más que en Lucky y su pelo, Lucky y su espalda, Lucky y su pecho, Lucky y su cuello. Todo lo demás sobraba, tenía que sobrar, así que se limitó a decir una mentira que él aceptaría como tal:
- A nadie.
Y la cordura acabó por esa noche.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Desear satisface


Ashley y su indiferencia. Se acostumbró tanto a fingir que nada le importaba que acabó por ser así. Mujer fatal, de vicios: alcohol, tabaco y manipulación. En la cama, quien ella escogiera: mujer, hombre… daba igual mientras la hiciese gritar. Eso cuando la lujuria superaba sus ganas de jugar a las marionetas.
¿Amor? Eso para las adolescentes con baja autoestima de la generación Crepúsculo, ella sabía que era pura pantomima literaria, una idea fácil de vender y fácil de creer pero que era lo más lejano a la realidad posible. El único amor que sentía era el de cuando tenía cabezas entre sus piernas.
Ashley se levantó de aquella cama en la madrugada del sábado, y ella se sintió contrariada.
- ¿No te quedas? – le preguntó la chica cualquiera.
- Prefiero mi cama.
- ¿Te volveré a ver?
- Lo dudo. Pero tranquila, me has dejado muy satisfecha.
Se colocó las medias, se subió la cremallera de la falda y calzó sus zapatos rojos. Acto seguido cogió la chaqueta que había dejado posada en la silla y se despidió mientras salía por la puerta de una casa desconocida, la que con toda seguridad jamás volvería a pisar.
A veces Ashley odiaba tener esa personalidad fría que le impedía desarrollar cualquier tipo de sentimiento que no fuera interesado hacia alguien, sobre todo cuando veía a las parejas atontadas por la calle, pero sabía perfectamente que esas burbujas de enamoramiento eran más transitorias que sus roturas de medias. El problema de la idealización es que, una vez desenmascarada, la decepción es irremediablemente grave e irreversible. Cuando conoces a una persona haces un boceto de lo que quieres y crees que sea, pero en cuanto se abre el telón y ves lo que te va a aportar (que suele ser nada) sólo desearías no haberte metido en ese lío en el que no podrás salir sin mancharte la falda. Así que Ashley no quería, sólo deseaba. 
Pues desear satisface, pero querer no.

martes, 26 de abril de 2011

Srta. Olvido

Sucedió todo tan rápido que cuando desperté al día siguiente no sabía si había sido otra pesadilla rutinaria o había ocurrido realmente.
Como si hubieran apretado un botón, pasé de estar riendo a estallar en la primera crisis nerviosa que había padecido. Empecé a llorar a mares y cuando me di cuenta estaba mareada de respirar tan rápido, y lo peor era que no podía hacer nada por mí para calmarme. No había nadie, y como siempre, estaba sola. Así pues me quedé entre las lágrimas (que empezaban a ahogarme), mi respiración acelerada y mis mareos, hasta que al final supongo que me desmayé.
Cuando me desperté me dolía la cabeza, probablemente del golpe que me di al chocar contra el suelo, y al principio no lograba localizarme. Por suerte, estaba en la misma habitación, solo que parecía totalmente distinta, pues yacía en la más absoluta oscuridad. – Por fin este zulo se ha solidarizado contigo – pensó mi malgastada mente. Al principio el frío suelo me aliviaba el dolor de cabeza, pero poco tiempo después empecé a temblar, ya no sólo por mi nerviosismo, sino porque noté que la temperatura había bajado realmente.
Comencé a asustarme, pero por otro lado me daba todo tan igual, que en parte deseaba que algo malo me sucediera y acabara con todo el espectáculo de una vez por todas, más valdría muerta que penosa en vida.
Una vez me acostumbré a la oscuridad, pude distinguir los objetos de mi habitación, pero había algo distinto, un añadido que no conseguía dar nombre ni situación, pero que tenía forma humana. Ahí sí que me asusté, por instinto, y empecé a gimotear. Pocas veces estuve así de patética.
De repente, la luz de la habitación comenzó a mostrarse, y entonces la vi. La imagen más impactante y ambivalente, más terrorífica y atrayente que hasta el momento había visto. Una mujer de unos veintilargos (pero largos), con una tez pálida e impoluta, toda cubierta de negro. Su vestido: negro; su pelo, uñas, y ojos: negros. Sin embargo, sus labios llevaban el color de la pasión, de lo prohibido, MI color: el carmín. Me miraba con una mezcla de asco y satisfacción, como si le diera vergüenza ajena pero a la vez disfrutara con ello.
-Ashley, de verdad, cuando estás fuera de escena eres lo más patético que hay en el mundo – me dijo la mujer
-¿Cómo sabes quién soy? – repliqué yo, atónita, ya que donde estaba no me podía encontrar nadie
-Eso es lo de menos. Lo verdaderamente importante aquí, querida miserias, es lo que eres. En lo que te has convertido. En lo que te ha convertido.
-¿En lo que me ha convertido quién?
-¿Pues quién va a ser? La inútil de tu creadora, la estúpida Srta. Nostalgia. Por lo que veo, sigue sin aprender NADA de la vida, ya que plasma sus frustraciones en creaciones patéticas que no son más que un reflejo de lo que ella querría ser y no es. La intenté advertir, tanto por activa como por pasiva, de forma directa e indirecta, de forma cordial y hostil, y nada, todo en balde. Pero ya me he cansado, de verdad, estoy harta de ir recibiendo la mierda de la gran defensora de la nostalgia como forma de muerte para arreglarlo y que al día siguiente toda la basura que he reciclado se regenere y venga más mugrienta. Antes era un reto, algo desafiante. Ahora es ABURRIDO. Así que, si el resultado de tu querida “madre” es que seas una llorica que se esconde en las esquinas para expulsar su infelicidad en forma de lágrima porque tu autora lo ha decidido así, yo no pienso quedarme de brazos cruzados cuando podrías ser algo más de lo que eres. Que tampoco podrías ser mucho, no te hagas ilusiones, pobre mujer, el carmín es para quienes saben llevarlo, y tú, por muchos tacones que lleves, lo acabas destiñiendo, y queda corrido y falso en tus solitarios labios. Siendo producto de Srta. Nostalgia, ¿qué quieres? Pero aún se puede hacer algo por ti. Ahora bien, las cosas se van a poner muy, MUY serias ahora. Y no, no creas que mi seriedad es su seriedad. El lloriqueo, la nostalgia y el estancamiento que te gastas últimamente se quedan aquí, pues ahora es mi momento.
No entendía nada de nada, ya que la situación que esta extraña mujer había presenciado en mi habitación era algo que raramente se daba en mí. Por lo general solía estar a la altura de las circunstancias, pero es como si ella hubiera aprovechado mi momento de flaqueza para echarme en cara cosas de las cuales no tenía ni la más remota idea. Confundida pero cansada, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle:
-¿Y tú quién narices eres?
Su respuesta se me antojó una broma de mal gusto, pero después de ver sus facciones oscuras y claramente manipuladoras me quedé de piedra, incapaz de articular palabra.
-Soy Srta. Olvido. Un placer conocerte por fin, Ashley.

domingo, 27 de marzo de 2011

La historia de cómo uno, sin querer, echa de menos

Salí por enésima vez de aquel sitio que todo el mundo consideraba “chic”, necesitaba estar en la calle, y por más que intentara adaptarme allá dentro, me resultaba imposible concentrarme en dejarme llevar. Había demasiada gente desconocida que creía conocerme. Demasiadas miradas de falsa complicidad, como si supieran lo que se me pasa por mi mente a cada momento. Pues bien, ya les digo yo que si realmente lo supieran no sonreirían tanto, créanme.
Salía cada dos por tres a la calle porque no soportaba estar entre tanta gente. Nunca me ha gustado, pero en otras épocas me habría resultado incluso reconfortante poder sociabilizarme un poco. Pero ahora, ¿para qué? Conociera a quien conociera, me moviera por sitios de todo tipo, no había nadie que resaltara entre el montón, no para mí. Todos me parecían componentes homogéneos de la misma masa vomitiva. Y era una percepción del todo subjetiva, nada acorde con la realidad, pero, ¿qué más daba? Anaís ya no estaba.
Pero salir a la calle no era mucho mejor, sólo agradecía cómo el gélido frío de invierno me castigaba físicamente de una forma que era hasta casi placentera. Me holgué un poco la corbata, ya que apretaba demasiado, y en un rincón, lejos del gentío, encendí un cigarro. Ah, maldito vicio. Ni siquiera me gustaba, pero era mi forma de sentirme menos solo cuando me sentía tan solo, porque ese humo, esos cigarrillos, tenían la firma de Ashley por todas partes. Qué gran mujer, se lo aseguro. La echaba realmente de menos. Siempre tan segura, tan agridulcemente arrogante, ambiciosa, estúpida y sexy. Siempre tan benevolente conmigo, sin embargo. Su única e incomprensible excepción, yo. Jamás lo merecí, nunca la pude hacer feliz, pero nunca se marchó. Y ahora yo la había abandonado, a pesar de que no fuera a ella en sí a quién había dejado atrás, sino a toda mi vida anterior.
Mi vida anterior, tan diferente, tan lejana, que a veces me planteo si realmente existió. Me encantaba pasar las tardes solo paseando por aquel parque, o tomando un café en aquel sitio tan bueno mientras inventaba hipotéticas historias sobre las chicas guapas que entraban. Me encantaba encontrarme con Ashley, cuando aún no éramos nada, y admirar su belleza y su elegancia, y más aún cuando nos hicimos amigos, y veíamos películas en su preciosa casa, íbamos a cenar, y sobre todo cuando hablábamos de nuestra forma de ver el mundo. Ella era siempre tan realista, tan negativamente realista… pero su opinión era tan característica, tan propia, que era un placer escucharla defenderla. Y cuando hacíamos el amor… Antes no le daba tal consideración, para mí era más bien follar, pero ahora, desde la distancia sé que eso no podía ser simplemente sexo. Nunca estuve enamorado de ella, pero la forma en que llenó un vacío que ni siquiera sabía que tenía fue demasiado impactante para mí. Ashley hizo mi vida un poco más llevadera, le dio un giro y dejó de ser gris para pasar a ser gris con manchas de pintauñas rojo.
La echaba verdaderamente de menos.
Pero esa vida pertenecía al pasado, y no podía volver. Ni quería la mayor parte del tiempo, porque era mejor así, porque yo no era feliz. Sólo ella… mi querida, mi pequeña Anaís consiguió hacerme creer que había esperanza para mí, que sí podía sentir todos esos sentimientos tan escépticamente vistos por mí. Pero ella vino para mostrarme lo que nunca tendría y se fue. Mi dulce Anaís se fue. No me abandonó, pero tenía que sobrevivir. Yo hice que sobreviviera, por eso ahora sé que está en alguna parte, aunque no la pueda ver, ni la pueda tocar, ni le pueda hablar, sé que está latiendo metafóricamente gracias a mí, y este pensamiento es lo único que me hace querer seguir viviendo, porque cuando yo no esté, ella desaparecerá conmigo.
Casi todo el tiempo me parecía genial estar ocupado. Tenía todos los días llenos de cosas concienzudamente, me daba el tiempo libre justo para descansar, y luego: reuniones, proyectos, trabajos por aquí, copas por allá, amigos de paso a montones, etc. Era estresante, pero de esta manera me evitaba poder plantearme nada, y era justo lo que quería: no pensar. No recordar por qué estaba tan lejos de mi hogar, de mis cosas de siempre. No recordar que ella ya no estaba (que ellas ya no estaban), y que nunca más la podría recuperar. No darme cuenta de que el pasado estaba atrás y que jamás lo podría revivir, lo que me llevaba a la conclusión de que Anaís jamás volvería. No quería pensar en nada de ello porque entonces no podía siquiera intentar vivir, así que no paraba. Pero nada de mujeres. No quería saber absolutamente nada de ellas. No quería que ninguna furcia manchara mis sábanas de mediocridad. Ni siquiera alguna de estas chicas inteligentes que se paraba a charlar conmigo aquellas noches de hastío hacía que se despertara en mí algún sentimiento. Al contrario, como mucho sentía puro aburrimiento.
La última vez que salí del local, con la excusa de que era ya casi de día, cogí la americana, me despedí de las ovejas y volví en un bus nocturno prácticamente vacío, cosa que me encantaba.
No podía dejar de pensar en cómo habían cambiado las cosas, y cómo en parte lo agradecía porque podía (podíamos) seguir viviendo, tenía una nueva vida y era muy entretenida. Pero… ¡joder! Era una vida vacía. No ocurría nada. Los días eran monótonos y no me dirigía hacia ninguna parte, estaba estancado. Sin embargo, si por un momento pensaba en aquellos entonces… la vida era al límite, cada acción que hacía, cada pensamiento que tenía determinaba el rumbo de las cosas. La pasión me seguía por todas partes, y el amor/odio era mi vitamina. En estos pequeños momentos era dolorosamente consciente de cuánto echaba de menos mi vida anterior, y cuánto daño me hacía tener la certeza de que no había vuelta atrás, ni siquiera un poco. Aunque…
Quizás un poco sí. Quizás podía darme el placer de revivir por una noche ese sentimiento. Quizás podía olvidar que las cosas ya no eran como antes y disfrutar del recuerdo hecho presente, para así a la vez volver a sentir ese dolor tan característico cuando volviera a mi vida normal. Era muy arriesgado, era jodidamente doloroso, pero realmente necesitaba encontrarme a mí mismo en algo del pasado. Necesitaba ese algo. Y sabía cómo hacerlo.


Cuando llegué a la puerta de Ashley la noche siguente, me sentía extrañamente tranquilo. No lo estaba para nada, pero era así como me sentía. Sabía que le haría daño, pero también sabía que la iba a hacer muy feliz por un momento. Era consciente de que no estaba bien presentarme una madrugada para irme de nuevo para siempre al amanecer, pero de verdad, jamás necesité tanto como en ese momento sentir que una vez fui sustancial en el mundo, y que todo a mi alrededor lo era.
En cuanto abrió la puerta y me vio, se echó a llorar. Ni siquiera vino a abrazarme, supongo que se cuestionó si yo era real o estaba soñando. Yo me alegré enormemente de verla. Estaba igual que siempre, desde luego, esta mujer jamás dejaría que sus debilidades de vieran desde el exterior. Su pelo estaba más largo, la notaba más delgada, y sus ojos estaban más cansados de lo normal.

-¿Puedo abrazarte? – le pregunté
Pero no contestó.Y la entendía. ¿Qué iba a decir? No me iba a tratar como un viejo amigo, como si nada hubiera pasado, pero tampoco me dejaría tirado. Así que finalmente la abracé, y ella, se dejó caer entre mis brazos mientras temblaba fuertemente. La llevé hasta el sofá de su casa, y nos quedamos en silencio un buen rato. Ella lo pasaba mal, pero yo estaba fascinado por lo que estaba sintiendo, por esa angustiosa pero a la vez placentera sensación de nostalgia.
-¿Por qué me haces esto? – dijo, por fin
-Necesitaba volver por un momento a mi vida de antes.
-Tu vida de antes está muerta.
-Lo sé
[...]

Estuvimos toda la noche hablando, y al final consiguió calmarse.

-Podríamos vernos un poco más, Richard. Para que vuelvas a sentir esto, ya sabes. A mí me haría bien. Pero no creas, no tengo apenas tiempo, sólo digo que estaría bien.
-No, Ashley. En general no necesito ni quiero verte. No te lo tomes a mal, pero es mejor así. Si te veo, pensaré en ella, como ahora, y tú misma has dicho que lo que tuvimos hace tanto tiempo nunca volverá, forma parte del pasado, y tenemos que procurar que sea así. De verdad, no quiero verte. No quiero venir a tu casa, ni pasear por las calles que frecuentábamos, ni oler tu pelo, ni comer contigo, ni llevarte al trabajo. Todo eso está fuera de contexto ya. De verdad, no quiero. No quiero.
Ashley no dijo nada. ¿Y qué iba a decir? Probablemente sabía que tenía razón, pero no pude evitar fijarme en la expresión de rechazo en su cara, y me sentí realmente mal. Ashley siempre salía mal parada conmigo, pero espero que entendiera el porqué de mis actos.
Me dio un beso en la mejilla y me pidió que al menos le enviara algún correo de vez en cuando para saber que estaba bien, sólo un pequeño gesto que me pedía como favor personal. No pude negárselo, pero no estaba seguro de poder cumplirlo. Se despidió y cerró la puerta tras de sí.
Y volví a quedarme solo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La pena de Ashley

Su aparición fue un antes y un después en nuestras vidas. Ella dio un cambio de color en cada matiz de nuestra odiosa rutina. Y cuando se fue, la oscuridad fue aún mayor que antaño.

Anaís por fin pudo regresar, y Richard y yo, nos quedamos solos. Él, porque ella había desaparecido para siempre. Y yo… bueno, porque al desaparecer Anaís, Richard ya nunca volvió a ser el mismo, y fue lo que yo perdí.

Richard no pudo soportar el vacío que ella, ese ente odioso que acabé sin remedio por tomar cariño, y todo lo que le recordaba a ella (básicamente el mundo en sí) era demasiado para su día a día. Así que decidió cambiar de hastío, abandonando las infinitas cosas que relacionaban su existencia con ella. Y entre esas muchas cosas, estaba yo, claro. En momentos como aquel deseé, muy a mi pesar, que hubiéramos hallado la manera de retenerla aquí, aunque tuviera que vivir con el corazón roto, para que Richard sintiera esa paz que sólo ella sabía proporcionarle, porque con su ausencia, a mí se me arrebataba lo único valioso que había en mi vida: él. Era una mujer exitosa, ya lo saben, desde que mis primeros (y ahora desgastados) tacones tocaron esta ciudad de polvo, nada volvió a ser igual. Dinero, hombres, buena salud, buenos proyectos… todo eso era insustancial, y lo sigue siendo. Solamente servía para mantener mi ego en un alto lugar y para sobrevivir. Pero Richard… él fue la primera persona que consiguió sacarme algo más que un polvo y una bordería. Sabía cómo era y me aceptaba. Y lo sigue haciendo. Nunca me amó, pues a pesar de que el sexo era salvajemente bueno, pocas veces se quedó dormido a mi lado, y en sus ojos nunca vi nada más que una profunda y amistosa conexión de dos personas que comparten la soledad y algún que otro vicio. Podríamos haber sido la pareja perfecta: dos misántropos, amantes del cine, de la buena música, sexualmente activos, inteligentes… Pero faltaba amor, amor por su parte. Él sabía perfectamente que yo jamás le haría feliz, principalmente porque él no podría haber cuidado nunca de mí, o al menos siempre tuvo esa sensación. “Tú eres demasiado mujer para mí”, solía decirme. Y yo, triste, me castigaba por no ser capaz de mostrarle que era la mujer más sensible que podría haber en todo el mundo, realmente. Nunca me amó, y nunca lo haría. No como yo quería que lo hiciera. Pero a pesar de todo, yo siempre le quise. Aun cuando Anaís apareció en nuestras vidas, rompiendo el equilibrio que habíamos conseguido, aun cuando él se obsesionó por mantenerla con vida y ya no me llamaba para otra cosa que no fuera accesos y ayuda para la chica “de otro mundo”. “¿Estás loco?”, le dije cuando vino con ese cuento de hadas. Pero él sabía que yo, por alguna extraña razón, le creería, y le ayudaría. Y así fue.

Y ahora Anaís ya no estaba. Con su marcha, las sonrisas que habían poblado la cara de Richard habían dado paso a una cara larga y melancólica, o ni siquiera eso. Tan sólo vacío.

Al principio Richard agradecía mi presencia, pues yo era la única prueba de que Anaís era real, de que sí había existido, así que pasamos mucho tiempo juntos, pero a la larga le acabó pesando demasiado la carga de vivir sin ella, y yo no hacía otra cosa que aumentar ese dolor, por lo que se fue. Abandonó la ciudad, su trabajo, la poca familia que tenía, y por supuesto, me abandonó a mí. Cómo lo pasé (y lo sigo pasando) es algo que sólo sabré yo, pues mis tacones jamás se tambalearán mientras yo los lleve puestos. Pero mi vida, el poco color que tenía, se fue junto a él.

Y una vez más, me tocó sobrevivir al dolor. Mientras estaba ocupada, no era demasiado difícil. La gente consideraba que era una mujer exitosa y feliz. Lo primero, de acuerdo. Lo segundo… en fin, qué fácil es engañar al mundo. A veces hasta me reía, pero nunca era esa risa profunda y sincera, ni esas sonrisas que sólo él conseguía sacarme. Él nunca me amó como yo quise, pero me amó. Cuidó de mí, cuidó de nuestra soledad. Y ahora él había decidido huir del dolor.

Pasaron las semanas, los meses, y lo único que tenía de él era el recuerdo. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera bien, que ojalá hubiera aprendido a vivir con el dolor. Que la hubiera olvidado sin olvidarla, pero no sabía nada de él. Hasta que un día, un correo anónimo, sin más, hizo palpitar mi aletargado corazón.

“Escucho el sonido de tus tacones desde la distancia”

Y deseé que fuera él.

domingo, 20 de febrero de 2011

¿Srta. Nostalgia?

Antes estabas tú para darme las cuatro palabras que hacían que de la nada salieran las historias más bonitas. De forma directa o indirecta, bien por amor o bien por dolor, hacías que saliera de mí la inspiración que daba vida a Ashely, Anaís y Richard. Pero todo eso hace mucho tiempo ya, demasiado, que te lo llevaste, y sólo ha quedado el vacío latente de algo que nunca fue pero que siempre estuvo. Y ya no escribo nada, porque no tengo nada que escribir.
Porque la toxicidad con la que me alimentabas era pura poesía para mi mente, me retorcía de dolor cada día, pero vomitaba palabras que se entrelazaban en mi cuerpo y me hacían sentirme viva, inconformista. Quería no pasar desapercibida en el mundo, que en algún lugar de la red estuviera yo, que no quedara en vano mi decadencia. Quería estar presente, y lo estaba.
Anaís se convirtió en mi mejor amiga, en la parte más pura de mi persona, la que daba nombre a mis sentimientos cuando yo no tenía fuerzas ni para abrir los ojos. Siempre tan bonita, siempre tan inocente, siempre preguntándose por qué no podía volver a Norealidad, donde podía alejarse del daño que nos hacías cuando no estabas. Porque nunca estabas, ni siquiera cuando aparentemente sí. Que Realidad la consumía, y no hacía otra cosa que llorar ante tanto hastío.
Más tarde, deseosa por vivir, aunque fuera en mi imaginación, la historia de amor más pasional y arriesgada que jamás pudiera existir, nació Richard, de donde inevitablemente tuvo que aparecer Ashley finalmente. Todo para apaciguar el vacío que dejabas tras de ti. Personajes tan reales que forman parte de mí que tengo tan abandonados, porque no sé darles lo que merecen.
Jamás fui tan pura como en aquel fatídico 2009. Y decir fatídico es injusto, porque ahora, desde la lejanía, lo recuerdo como el año más sustancial de toda mi vida. Tú te volviste a ir, y me dejaste llena de preguntas sin respuesta, hastío, ganas de morir y misantropía hacia el mundo no reconocida. La consecuencia de todo ello fue textos y más textos llenos de verdades como puños que me ayudaban a mí y hacían que algunas personas no se quedaran indiferentes al leerlos, y eso era maravilloso. Apareció mi gran salvador, mi querido Sayer, que no me salvó del dolor, pero sí me enseñó a vivir con él, a disfrutarlo y a sacarle provecho. Qué meses más geniales a su lado, donde la pasión, las uñas y labios rojos, las femmes fatales, las noches sin caer por apoyarme en él… Son cosas que jamás olvidaré. El amor tan ambiguo que sentí por él impidió que me diera por vencida, porque fue lo único que fui capaz de sentir de forma positiva en esa época. Y gracias a él empecé de nuevo a sonreír.
Todo lo demás estaba bien, en el instituto me iba genial, había una camaradería reconfortadora entre mis compañeros que ya nunca más volveré a tener, y cantaba cada día, con los sentimientos a flor de piel. Visité la Metrópolis, me enamoré locamente de ella, y vivimos un romance furtivo, aunque ella ya sabía que mi corazón era de la Ciudad Condal.
En definitiva, siempre recordaré ese año como el momento más significativo de mi existencia. Cuando más viva estuve, cuando más valor tenía todo lo que hacía.
Y ahora, después de tu salida por la puerta de atrás, donde ya no volverás a entrar, todo es demasiado diferente, como era de esperar, y es ahora cuando más mella hace todo el pasado. Toda mi vida de entonces ya no es mi vida de ahora. No queda nadie viejo en mi día a día, nadie que sepa del todo mi camino como persona. Desde luego, tú tampoco lo sabías, pero para mí era suficiente con que estuvieras. Muchas personas nuevas, demasiadas personas finalizadas. Y es todo tan nuevo que no me gusta nada. Que prefiero ser Srta. Nostalgia y acordarme de aquellos días donde me acostaba llorando y me despertaba igual, pero donde sentía que cada cosa que hacía o decía significaba algo, que predeterminaba hacia qué dirección giraban las cosas. Y son pocas las personas que cumplen antigüedad. Ya no estás tú, ya no está Sayer, ni ellas, y sólo queda esperar que del montón de nuevas personas quede alguien a quien pueda acostumbrarme y pueda acompañarme en este camino, que ahora mismo es insustancial, porque no encuentro el sentido, no encuentro la pasión que siempre me ha caracterizado. Y yo, sin pasión, no me muevo. Por tanto, estoy quieta, impasible, fría. Sin sentimientos, añorando los momentos en los que mi vida tenía mucha importancia, y El club de las pasiones era más activo que nunca.
Supongo que todo, tanto lo bueno como lo malo, te lo he de agradecer a ti, como siempre.
Anaís busca Norealidad porque quiere escapar de aquí. Los hechos son como patadas en el estómago y ella es demasiado frágil para poder soportarlo. Richard, frustrado, se siente impotente porque el amor de su vida se va desvaneciendo poco a poco si no encuentra el modo de devolverla a donde pertenece, y a la vez sufre porque sabe que al hallar la solución ella se marchará para siempre. Ashley, la peor parada, como siempre, se resigna a ayudar a Anaís a volver a Norealidad porque Richard es lo más importante.
Y Srta. Nostalgia sigue sentada en la mesa, con las manos en el portátil, sin saber qué escribir, ni qué hacer, para que todo vuelva a cobrar sentido y vuelva a sentir que su existencia no es meramente circunstancial. Que aún queda algo de lo que fue, que aún puede volver a curarse con sus pensamientos. Que no ha dejado de ser esa esencia reconfortante, que no es mediocre. Que su existencia no será mediocre.
- ¿Srta. Nostalgia?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La última hoja

No digas que me escuchas cuando no lo haces. No pretendas hacerme creer que controlas la situación, que eres lo suficientemente maduro y sensato como para no dejarte llevar por tus intentos irracionales de supervivencia.

- Mierda- dijo Srta. Nostalgia

- ¿Qué ocurre? – preguntó Ashley

- No fluyo. Eso es lo que ocurre. Las palabras están tan atascadas como mi cabeza. No tengo un leitmotiv sobe el cual escribir. A tomar por culo – dijo Nostalgia mientras tiraba al suelo la última hoja.

Mucho había llovido desde entonces, y cada día la prosa estaba más agarrotada y llena de polvo, igual que los álters. Ashley se había cansado de discutir e insultar a su autora, pues llegados a un punto, todos sabían que no serviría de nada. Anaís, sin embargo, posaba su mirada triste y perdida, desde las manos de Srta. Nostalgia hasta las infinitas hojas desperdiciadas por el suelo. Pero Richard callaba. Sabía perfectamente los patrones de su creadora, y el motivo por el cual ya no escribía.

- Ah… recuerdo aquellos tiempos en los que sacaba brillo a mis múltiples tacones para dar patadas vomitivas en estómagos resecos con mis puntas infinitas – divagaba Ashley

- Lo cierto es que aquel pintalabios carmín te favorecía mucho – apuntó Anaís

- Lo sé. Hasta preferiría ver cómo Richard se devana por tus sesos antes que estar en esta decadencia tan aburrida.

- Sigo amándola con locura, Ashley. Lo siento – saltó Richard

- Lo sé, lo sé… Qué remedio. Pero ése no es el caso. La cosa está en que estamos enmohecidos, llenos de polvo, sin vida. ¿Desde cuándo Anaís puede estar tiempo indefinido en Realidad?

- Desde que la historia no avanza – dijo Richard.

- ¡Exacto! Y ése es el problema, que la historia no avanza.

- Ashley, para de quejarte –intervino Anaís – Sabes la nueva situación. ¿O ya no te acuerdas por qué nos creó Srta. Nostalgia? Porque necesitaba apoyo con el que luchar. Sí, luchar. Antes quería y podía luchar. Pero ahora… parece ser que aunque quiera, no puede, y deberías entender eso. ¿O acaso tú no querrías olvidar a Richard? Pero no puedes, no aún

- ¡Porque la historia no avanza y lo sabes!

- Es igual, Ashley, el caso es que no puedes ahora. Está claro que aún no nos puede dejar ir pero no sabe qué hacer con nosotros. Lo que está claro es que nos piensa, porque lo hace. Algo así como en Una mente maravillosa, nos lleva todo el día en su mente. Así que por favor, no seas mala con ella.

Srta. Nostalgia resopló y resopló, intentando que las voces de sus álters perdieran fuerza en su cabeza. Pero en realidad tenían razón, todo se le había escapado de las manos. No había nada de control ni estabilidad en su vida, ni siquiera en los ámbitos que nunca le habían dado problemas. Ya no sabía qué hacer, y no tenía la brillantez de antaño para encontrar el signo positivo que resolviera de forma satisfactoria la ecuación.

Ni bebiendo el Vodka, ni fumando los cigarrillos, porque no los necesitaba, porque había un atisbo de luz en los ojos de una persona. Y eran esos los únicos momentos en los que Srta. Nostalgia se sentía llena de vida. Pero poco podía disfrutar de esa luz embriagadora proveniente del Sol más grande, y el resto del día reinaba una oscuridad absoluta. Peor que una luna.

Y en la oscuridad me hallo en este momento.

sábado, 7 de agosto de 2010

Besos carmín en Y


Salió del local y ahí estaba. Aquel misterioso hombre al cual no dejaban entrar en la exclusiva discoteca parisina de Picadilly.
- Creo que está demasiado llena – le dijo
- Y yo creo que sos demasiado linda.
Ashley dejó la ciudad llena de besos carmín. Cuando amaneció y se dispuso a irse, el misterioso hombre la retuvo.
- Esperáte un poco más – y empezó a acariciarla.
- ¿Aún quieres más?
- A veces las caricias no significan sexo necesariamente. Sos demasiado reacia al contacto.
- Está bien – dijo a regañadientes.
Y así estuvieron. Para Ashley no fue tan difícil dejarse mimar, después de todo, pero Anaís era una pesadilla en esos momentos, y sólo pensar en Richard la mataba. Mientras, la dulce voz de aquel hombre hacía de barrera al mundo exterior, afortunadamente.
- Eres muy cariñoso, es… agradable – se atrevió la asustada Ashley a decir
- A las mujeres como vos, tan lindas y frágiles, hay que tratarlas con cuidado y cariño. Y sentir cómo te oponés a ello hace que quiera mimarte más.
Ashley experimentó una sensación contradictoria. Por un lado, la aversión de abrir su corazón a un hombre extraño, y por otro lado, que el mismo hombre extraño expresara cosas tan bonitas hacia ella, otra extraña.
- ¿De verdad crees que soy linda?
- Vos no sos linda. Vos sos hermosa

martes, 22 de junio de 2010

Cortocircuito

Toc-toc

- Hola

- … Ya tardabas, Srta. N.

Si bien mantengo mi postura ante la inexistencia de una felicidad continua y duradera, hay etapas en las que la estabilidad gobierna tu alma y te sientes tranquila. La monotonía no es mala cuando la persona que la enfunda no lo es.

Mas sin embargo la autodestrucción puede echar por tierra cualquier cosa que hayas construido con esfuerzo cuando los cimientos son de barro. Así, autodestrucción y autoestima entran en una guerra con un solo posible ganador. Y creo que ya saben quién muere.

Así pues, me hallo de nuevo sentada en aquella vieja acera, a mi derecha Ashley ofreciéndome un cigarro, con cara de pocos amigos. A mi izquierda Anaís, intentando comprender mi tristeza; y detrás, en el fondo, Richard, consciente de cada pensamiento que cruza mi mente.

En mis manos, aquella botella de vodka ficticia, y a mis pies, todo lo que un día fui.

- Todo es por no llevar tacones – dice Ashley

La miré, acepté su cigarro, imaginé que me lo fumaba, y lo tiré a aquella vieja alcantarilla.

- Aún no te has apagado del todo, Srta. N., de lo contrario nosotros no estaríamos aquí. Ha de haber algo por lo que no hayas tirado la toalla.

- Así es, Anaís – interviene Richard- y es el motivo por el que tú, Ashley y yo existimos.

- ¿Cuál es el motivo?

- Más bien quién es el motivo. Y es él. Por eso no fuma el cigarrillo, ni bebe el vodka, ni escribe frases sentenciando su existencia. No hace nada porque no sabe qué hacer.


Y ahí estaba yo, una pobre escritora sin libro, escuchando a tres productos de mi imaginación debatir sobre mi persona.
Y Ashley, como siempre, aburrida de tanta reflexión, me llevó de nuevo a la acción:

- Si todo lo que fuiste está por los suelos, recoge los pedazos y móntalos. Mírate al espejo, ponte tu mejor gala y sal a la calle. Puede que llores, pero es parte de la vida. No estás tirada en el hastío como hace un tiempo, cuando por necesidad nos encontramos mutuamente. Ahora tienes un motivo. Quizás sólo sea uno, pero es el más importante y el más verdadero de toda tu vida.

Asentí, y me levanté de la acera, en frente del bar donde tantas veces divagué.

- Ah, y una cosa más: ponte los malditos tacones. Es hora de electrocutar.

martes, 26 de enero de 2010

Como si no tuviera algo mejor con lo que perder el tiempo


- No, no podré asistir a la reunión. Lo siento, el médico me ha dicho que lo que queda de semana he de permanecer en casa. Sí, nos vemos el lunes.
Ashley colgó el móvil, pagó a su médico particular y justo cuando éste salía entró Ángela. Con un suspiro miró al techo, como esperando encontrar inspiración divina de donde no la había, y dijo:
- Estás patética
- Lo sé – se limitó a contestar Ashley.
- ¿Hasta cuándo piensas seguir tomándotelo en broma?
- Lo siento, es algo que no puedo evitar.
- Claro que lo puedes evitar, pero no tienes cojones.
- No, no los tengo.
- ¿Vas a decir algo que se parezca más a mi mejor amiga?
- ¿Qué quieres que te diga, Ángela? Cada día estoy más convencida de que soy una puta esquizofrénica.
Su amiga, arrepentida de sus palabras, acudió al sofá y se sentó cerca de ella, pasándole el brazo por el hombro. Ashley, sensible al contacto humano, se sintió frágil y comenzó a llorar.
- Ey, venga, no llores, no quiero llamar de nuevo al médico – comentó Ángela, intentando bromear.
- Si es que es verdad, es un sufrimiento latente, que cuando se desata, arrasa con toda mi persona, y…
- Y si encima te dedicas a perder el tiempo mirando fotos que no debes mirar o pensando cosas que no debes pensar, ya ni te cuento- dijo Ángela cortando las palabras de Ashley.
- No estoy hecha para las relaciones humanas.
- La misma excusa de siempre.
- Pero, ¡es la verdad! No sé tratar a las personas. ¡Si ni siquiera sé tratarme a mí! Yo sólo sé que le quiero muchísimo, pero al mismo tiempo a veces estoy convencida de que esto no puede funcionar si soy yo la que es una de las dos partes. Hay demasiadas personas en este mundo, tiene que aparecer otra antes o después. No puede ser de otra manera. No puedo ser yo la que esté dentro de su corazón, porque yo no tengo nada que aportar a parte de problemas.
- Exageras. Seguro que habéis discutido.
- Sí, eso es lo que me hace ver qué poco me quiero, porque no puede haber nada en mí, nada, que haga que mañana venga otra y rechace su mano.
- Pues sí, tienes razón, no vales una mierda.
- ¿Perdón?
- Eres fea, tienes un cuerpo horrible, por no decir que luces, más bien, pocas. Vamos, que eres tonta. No pillas las cosas ni a la de 10. No sales con nadie porque nadie quiere salir contigo, y normal. Así que siendo tan fea y tan tonta, ¿cómo pretendes albergar cualquier esperanza de que él te prefiera a ti? Por favor, si no te enteras de nada, no es que vaya a elegir a otra, es que ya la ha elegido, y desde luego tú no has sido ni una opción a meditar. ¿Cómo puedes ser tan ingenua? Jajaja, serás estúpida, inútil…
Ashley se dio un golpe contra el cabezal de la cama nada más despertarse, y se tapó la boca con la mano para no hacer ruido y desvelarle.
Otro maldito sueño.
- Al final empezaré a creer que soy una esquizofrénica – pensó.