Eternidad
*Recuérdame como un día imaginaste que fui
sábado, 3 de noviembre de 2012
Rojo cereza
sábado, 1 de septiembre de 2012
Desear satisface
martes, 26 de abril de 2011
Srta. Olvido
domingo, 27 de marzo de 2011
La historia de cómo uno, sin querer, echa de menos
miércoles, 23 de febrero de 2011
La pena de Ashley
Su aparición fue un antes y un después en nuestras vidas. Ella dio un cambio de color en cada matiz de nuestra odiosa rutina. Y cuando se fue, la oscuridad fue aún mayor que antaño.
Anaís por fin pudo regresar, y Richard y yo, nos quedamos solos. Él, porque ella había desaparecido para siempre. Y yo… bueno, porque al desaparecer Anaís, Richard ya nunca volvió a ser el mismo, y fue lo que yo perdí.
Richard no pudo soportar el vacío que ella, ese ente odioso que acabé sin remedio por tomar cariño, y todo lo que le recordaba a ella (básicamente el mundo en sí) era demasiado para su día a día. Así que decidió cambiar de hastío, abandonando las infinitas cosas que relacionaban su existencia con ella. Y entre esas muchas cosas, estaba yo, claro. En momentos como aquel deseé, muy a mi pesar, que hubiéramos hallado la manera de retenerla aquí, aunque tuviera que vivir con el corazón roto, para que Richard sintiera esa paz que sólo ella sabía proporcionarle, porque con su ausencia, a mí se me arrebataba lo único valioso que había en mi vida: él. Era una mujer exitosa, ya lo saben, desde que mis primeros (y ahora desgastados) tacones tocaron esta ciudad de polvo, nada volvió a ser igual. Dinero, hombres, buena salud, buenos proyectos… todo eso era insustancial, y lo sigue siendo. Solamente servía para mantener mi ego en un alto lugar y para sobrevivir. Pero Richard… él fue la primera persona que consiguió sacarme algo más que un polvo y una bordería. Sabía cómo era y me aceptaba. Y lo sigue haciendo. Nunca me amó, pues a pesar de que el sexo era salvajemente bueno, pocas veces se quedó dormido a mi lado, y en sus ojos nunca vi nada más que una profunda y amistosa conexión de dos personas que comparten la soledad y algún que otro vicio. Podríamos haber sido la pareja perfecta: dos misántropos, amantes del cine, de la buena música, sexualmente activos, inteligentes… Pero faltaba amor, amor por su parte. Él sabía perfectamente que yo jamás le haría feliz, principalmente porque él no podría haber cuidado nunca de mí, o al menos siempre tuvo esa sensación. “Tú eres demasiado mujer para mí”, solía decirme. Y yo, triste, me castigaba por no ser capaz de mostrarle que era la mujer más sensible que podría haber en todo el mundo, realmente. Nunca me amó, y nunca lo haría. No como yo quería que lo hiciera. Pero a pesar de todo, yo siempre le quise. Aun cuando Anaís apareció en nuestras vidas, rompiendo el equilibrio que habíamos conseguido, aun cuando él se obsesionó por mantenerla con vida y ya no me llamaba para otra cosa que no fuera accesos y ayuda para la chica “de otro mundo”. “¿Estás loco?”, le dije cuando vino con ese cuento de hadas. Pero él sabía que yo, por alguna extraña razón, le creería, y le ayudaría. Y así fue.
Y ahora Anaís ya no estaba. Con su marcha, las sonrisas que habían poblado la cara de Richard habían dado paso a una cara larga y melancólica, o ni siquiera eso. Tan sólo vacío.
Al principio Richard agradecía mi presencia, pues yo era la única prueba de que Anaís era real, de que sí había existido, así que pasamos mucho tiempo juntos, pero a la larga le acabó pesando demasiado la carga de vivir sin ella, y yo no hacía otra cosa que aumentar ese dolor, por lo que se fue. Abandonó la ciudad, su trabajo, la poca familia que tenía, y por supuesto, me abandonó a mí. Cómo lo pasé (y lo sigo pasando) es algo que sólo sabré yo, pues mis tacones jamás se tambalearán mientras yo los lleve puestos. Pero mi vida, el poco color que tenía, se fue junto a él.
Y una vez más, me tocó sobrevivir al dolor. Mientras estaba ocupada, no era demasiado difícil. La gente consideraba que era una mujer exitosa y feliz. Lo primero, de acuerdo. Lo segundo… en fin, qué fácil es engañar al mundo. A veces hasta me reía, pero nunca era esa risa profunda y sincera, ni esas sonrisas que sólo él conseguía sacarme. Él nunca me amó como yo quise, pero me amó. Cuidó de mí, cuidó de nuestra soledad. Y ahora él había decidido huir del dolor.
Pasaron las semanas, los meses, y lo único que tenía de él era el recuerdo. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera bien, que ojalá hubiera aprendido a vivir con el dolor. Que la hubiera olvidado sin olvidarla, pero no sabía nada de él. Hasta que un día, un correo anónimo, sin más, hizo palpitar mi aletargado corazón.
“Escucho el sonido de tus tacones desde la distancia”
Y deseé que fuera él.
domingo, 20 de febrero de 2011
¿Srta. Nostalgia?
miércoles, 3 de noviembre de 2010
La última hoja
- Mierda- dijo Srta. Nostalgia
- ¿Qué ocurre? – preguntó Ashley
- No fluyo. Eso es lo que ocurre. Las palabras están tan atascadas como mi cabeza. No tengo un leitmotiv sobe el cual escribir. A tomar por culo – dijo Nostalgia mientras tiraba al suelo la última hoja.
Mucho había llovido desde entonces, y cada día la prosa estaba más agarrotada y llena de polvo, igual que los álters. Ashley se había cansado de discutir e insultar a su autora, pues llegados a un punto, todos sabían que no serviría de nada. Anaís, sin embargo, posaba su mirada triste y perdida, desde las manos de Srta. Nostalgia hasta las infinitas hojas desperdiciadas por el suelo. Pero Richard callaba. Sabía perfectamente los patrones de su creadora, y el motivo por el cual ya no escribía.
- Ah… recuerdo aquellos tiempos en los que sacaba brillo a mis múltiples tacones para dar patadas vomitivas en estómagos resecos con mis puntas infinitas – divagaba Ashley
- Lo cierto es que aquel pintalabios carmín te favorecía mucho – apuntó Anaís
- Lo sé. Hasta preferiría ver cómo Richard se devana por tus sesos antes que estar en esta decadencia tan aburrida.
- Sigo amándola con locura, Ashley. Lo siento – saltó Richard
- Lo sé, lo sé… Qué remedio. Pero ése no es el caso. La cosa está en que estamos enmohecidos, llenos de polvo, sin vida. ¿Desde cuándo Anaís puede estar tiempo indefinido en Realidad?
- Desde que la historia no avanza – dijo Richard.
- ¡Exacto! Y ése es el problema, que la historia no avanza.
- Ashley, para de quejarte –intervino Anaís – Sabes la nueva situación. ¿O ya no te acuerdas por qué nos creó Srta. Nostalgia? Porque necesitaba apoyo con el que luchar. Sí, luchar. Antes quería y podía luchar. Pero ahora… parece ser que aunque quiera, no puede, y deberías entender eso. ¿O acaso tú no querrías olvidar a Richard? Pero no puedes, no aún
- ¡Porque la historia no avanza y lo sabes!
- Es igual, Ashley, el caso es que no puedes ahora. Está claro que aún no nos puede dejar ir pero no sabe qué hacer con nosotros. Lo que está claro es que nos piensa, porque lo hace. Algo así como en Una mente maravillosa, nos lleva todo el día en su mente. Así que por favor, no seas mala con ella.
Srta. Nostalgia resopló y resopló, intentando que las voces de sus álters perdieran fuerza en su cabeza. Pero en realidad tenían razón, todo se le había escapado de las manos. No había nada de control ni estabilidad en su vida, ni siquiera en los ámbitos que nunca le habían dado problemas. Ya no sabía qué hacer, y no tenía la brillantez de antaño para encontrar el signo positivo que resolviera de forma satisfactoria la ecuación.
Ni bebiendo el Vodka, ni fumando los cigarrillos, porque no los necesitaba, porque había un atisbo de luz en los ojos de una persona. Y eran esos los únicos momentos en los que Srta. Nostalgia se sentía llena de vida. Pero poco podía disfrutar de esa luz embriagadora proveniente del Sol más grande, y el resto del día reinaba una oscuridad absoluta. Peor que una luna.
Y en la oscuridad me hallo en este momento.
sábado, 7 de agosto de 2010
Besos carmín en Y
martes, 22 de junio de 2010
Cortocircuito
- Hola
- … Ya tardabas, Srta. N.
Si bien mantengo mi postura ante la inexistencia de una felicidad continua y duradera, hay etapas en las que la estabilidad gobierna tu alma y te sientes tranquila. La monotonía no es mala cuando la persona que la enfunda no lo es.
Mas sin embargo la autodestrucción puede echar por tierra cualquier cosa que hayas construido con esfuerzo cuando los cimientos son de barro. Así, autodestrucción y autoestima entran en una guerra con un solo posible ganador. Y creo que ya saben quién muere.
Así pues, me hallo de nuevo sentada en aquella vieja acera, a mi derecha Ashley ofreciéndome un cigarro, con cara de pocos amigos. A mi izquierda Anaís, intentando comprender mi tristeza; y detrás, en el fondo, Richard, consciente de cada pensamiento que cruza mi mente.
En mis manos, aquella botella de vodka ficticia, y a mis pies, todo lo que un día fui.
- Todo es por no llevar tacones – dice Ashley
La miré, acepté su cigarro, imaginé que me lo fumaba, y lo tiré a aquella vieja alcantarilla.
- Aún no te has apagado del todo, Srta. N., de lo contrario nosotros no estaríamos aquí. Ha de haber algo por lo que no hayas tirado la toalla.
- Así es, Anaís – interviene Richard- y es el motivo por el que tú, Ashley y yo existimos.
- ¿Cuál es el motivo?
- Más bien quién es el motivo. Y es él. Por eso no fuma el cigarrillo, ni bebe el vodka, ni escribe frases sentenciando su existencia. No hace nada porque no sabe qué hacer.
Y ahí estaba yo, una pobre escritora sin libro, escuchando a tres productos de mi imaginación debatir sobre mi persona.
Y Ashley, como siempre, aburrida de tanta reflexión, me llevó de nuevo a la acción:
- Si todo lo que fuiste está por los suelos, recoge los pedazos y móntalos. Mírate al espejo, ponte tu mejor gala y sal a la calle. Puede que llores, pero es parte de la vida. No estás tirada en el hastío como hace un tiempo, cuando por necesidad nos encontramos mutuamente. Ahora tienes un motivo. Quizás sólo sea uno, pero es el más importante y el más verdadero de toda tu vida.
Asentí, y me levanté de la acera, en frente del bar donde tantas veces divagué.
- Ah, y una cosa más: ponte los malditos tacones. Es hora de electrocutar.