En el mundo de los sueños no existen los imposibles.
Sería tan fácil como verle en aquella esquina inventada y comérmelo a besos contra la pared como si hiciera siglos que no lo veía. Iríamos a su preciosa casa y se nos pasarían las horas entre caricias y mordiscos bañados de química. Comeríamos pizza y chocolate y veríamos (seríamos) Sin City una y otra vez. Yo le cantaría bajito al oído y él escribiría textos describiendo mis rizos. Nos gritaríamos a todas horas, y luego nos partiríamos de risa. Me estamparía contra la pared y luego me estamparía yo contra él.
Trabajaría con él y haría lo imposible por ser la niña de sus ojos cada vez que tuviera que explicarme algo. Le encanta explicarme cosas. Yo dormiría por las noches como si fuera una persona normal y su calor sería mil veces mejor que cualquier benzodiacepina. Me obligaría a escuchar grupos que no conoce nadie día tras día, y yo me quejaría como si fuera molestia alguna sólo para ver su cara de fingida indignación y poder tener una excusa para comerle la boca. Aunque no la necesitaría. Escucharía todas y cada una de las canciones para encontrarme en las letras y adivinar si piensa en mí al escucharlas (aunque eso ya lo hago).
Tomaríamos café en Londres, en un Starbucks, claro, y haríamos fotos hipsters que subiríamos a Instagram. Daríamos asco, como esas parejas que dan asco, pues igual. La lluvia nos mojaría y mi pelo se estropearía haciendo que me preocupara excesivamente por mi imagen, pero él callaría todas mis dudas diciéndome que, como siempre, estoy preciosa. Nos besaríamos en el metro como en Monster, y cuando fuéramos a tomar algo y me emborrachara tras el primer sorbo me apartaría la copa de mis manos como si fuera mi salvador, a pesar de que le encanta verme fuera de sí. Le invitaría a bailar conmigo y contonearía mis caderas sólo para poder sentir cómo se pone nervioso y me secuestra a donde sea para tenerme.
Le podría decir te quiero cada vez que se me pasara por la cabeza decírselo. Me podría bajar en la parada de tren que quisiera. Podría guardarle el último trozo de pizza, o podría invitarme a cenar. Podría robarle chocolate y cubrirle entero con él, y podría descubrirle luego. Podría quererle tanto que dolería.
Pero mi mundo nunca ha sido el de los sueños. En mi mundo tengo que olvidar a la persona que me provoca taquicardias y que me encoge el estómago cada vez que me dice algo bonito, porque está fuera de lugar. Tengo que obviar que con una caricia sepa llegar a lo más profundo de mí, que me llegue, que me conozca y que aún así se quede sin salir corriendo. Tengo que pasar por alto cada vez que me mira, cada vez que me desea y me quiere besar o tocar, porque ni yo soy su chica ni él es mi idiota.
Eternidad
*Recuérdame como un día imaginaste que fui
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jueves, 14 de febrero de 2013
viernes, 2 de noviembre de 2012
Overbooking de fulanas
Esta noche te estoy odiando mucho. Se trata de creer tus
palabras vs. lidiar con el hecho evidente de que cojean en veracidad. Adicta no
reconocida a efímeros momentos de esperanza que por un momento me hacen creer
que el drama ha vuelto en tromba a mi vida, pero es que serías tan buen político.
Sí, hay drama, pero éste no me vale. Por lo que parece últimamente estoy
batiendo todos los récords en estupidez adolescente.
Y es tan sencillo como que alguien encienda el interruptor
que lleva jodido eones, obviamente vas a prestar atención porque es un hito en
la historia de la humanidad, aunque siempre con el característico escepticismo
que se encarga de joder vidas a mansalva, porque sabes perfectamente que esto
no se acerca ni un poco a lo que tienes en mente. Pero, a veces, las palabras
bien conectadas y en un contexto sugerente pueden ser irresistibles si las
juntas con una química innata de lo más acertada, y cuando olvidas que las
palabras son sólo palabras y que no tienen por qué tener trascendencia alguna
igual te estás metiendo en un lío.
Toda verdad es relativa. Puede que la verdad sea momentánea,
en este instante yo estoy constatando lo que creo que es una verdad, pero probablemente
mañana, cuando mi humor sea mejor o me vuelvan a nublar la mente, mi verdad
será otra. Todas correctas, pero circunstanciales. Él vive del momento, solo
que su vida es otra cosa. Yo soy una especial, de las mejores de su cosecha del
año. Él me siente como un huracán y yo le creo, pero estoy segura de que esta
noche cuando se folle a una de sus serviciales fulanas pensará lo mismo de
ella, porque el oxígeno atmosférico parece ser que aturde un poquito a mi
polifacético chico. Y me daba igual por lo general, no era nadie trascendente
después de la obnubilación conversacional habitual. Después de todo, ¿cómo negarse a una buena
conversación en una noche calurosa de verano? Él era un buen helado de
chocolate.
Lo más triste de todo este drama es saber que las palabras
están vacías de contenido, que son gratuitas pero que no se corresponden con la
realidad, con los nulos hechos que puede haber, y que todo es producto de una
distorsión de la realidad propia de personas disfuncionales como lo podemos ser
él y yo, y eso no es interés, eso es hablarme cuando no hay nadie a quien
follar esta noche.
Si fuera por mí ahora mismo te estaría mirando cara a cara,
pero probablemente habría habido overbooking de fulanas.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Las calles de mi vida
Me encanta pasear por las calles de mi ciudad de vuelta a
casa a altas horas de la madrugada. Cualquier persona de fuera que pase por
ellas podrá verlas como unas calles normales sin nada a destacar, pero para mí
son especiales. En cada una de ellas están las pisadas de toda mi vida, desde
que nací hasta el día de hoy. Me han visto crecer, enamorarme, llorar, reírme,
compartir momentos… En definitiva, han sido mi escenario.
Es tranquilo caminar de noche, no hay nadie y parece que tu
mente adquiere algo de claridad, aunque no es mi caso ahora que el vodka aka
colonia barata que mi hígado está intentando metabolizar me nubla los sentidos.
Pero es bonito.
No entiendo por qué acabo huyendo y escondiéndome de todo
siempre aquí. No entiendo qué cojones hago contigo si sé que estoy perdiendo el
tiempo.
viernes, 26 de octubre de 2012
Qué bonitas son las mentiras siempre
Lo primero que le dije cuando le conocí fue: “me recuerdas a
alguien que ya no está”. Entró en mi vida silenciosamente, pasando desapercibido,
siendo nadie, pero estando, y cuando su ego maltrecho se mezcló con mi creciente
soledad creamos un monstruo encantador. Yo me hallaba sorprendida por el hecho
de que alguien fuera capaz de encenderme la luz, de que me interesara más que
por la conversación fácil como remedio contra el aburrimiento. Me encantaba
fantasear y aspirar a él. Como con Sam, me dejaba sin respiración a menudo y en
un mismo día podía odiarle y amarle al mismo tiempo, porque era un jodido
encanto insoportable.
Las mentiras son siempre bonitas, hasta para brujas malvadas
de caparazón duro, y las irrealidades pueden ser tan tentadoras que, en estados
de vulnerabilidad, pueden ser muy engañosas. Era tan irreal que acabé por
creérmelo.
Así que la opción más factible después del gran hinchazón
que tengo en mi trasero como consecuencia de la elegante patada desprevenida
que me llevé por estar en las putas nubes dibujando corazones en el aire es
joderme el orgullo, sea o no sea así la realidad, porque real o no estoy hasta
los cojones de Sams, Luckys, Hanks, y la madre que les parió a todos, y
prefiero creer que he estado dando vueltas sobre mí misma hasta que no he
podido mantenerme en pie que pensar en un final trágico consecuencia de un amor
imposible, porque más bien ha sido inexistente. Y no duele, porque algo irreal
no puede doler, pero, joder, cómo escuece.
domingo, 14 de octubre de 2012
Ana ya no tiene 17 años
Ana tiene 17 años y escucha música a todas horas. Se imagina
cómo las notas de cada canción estiran de las líneas del pentagrama y las
enredan por su cuerpo.
Ana pasa todo el día en el instituto y es la mejor, pero
acostumbra a sentirse muy vacía por dentro. Coge el autobús a las 8:25h y
vuelve a casa a las 17:45h, momento en el que enciende el ordenador y deja a la
música llenar su habitación.
Ana se tumba en la cama y como cada tarde intenta descubrir
nuevos significados a las letras. Escucha mucho rap. No es un género que le
guste especialmente, pero en esta época de su vida le salva.
Ana tiene 17 años y piensa en por qué se siente tan sola, en
por qué no puede ser como sus amigas, parece que no tengan problemas. ¿Por qué
tiene problemas Ana, si sólo tiene 17 años?
Ana escribe mucho. En las libretas de clase, en la agenda,
en su ordenador, en post-its. Escribe a todas horas, y a veces dibuja. Hace
dibujos de caras largas y sierras, y de corazones deformes con florituras
alrededor.
Ana es rara. Hace muchas bromas y siempre sonríe a las
personas que aprecia. Le gusta sonreír a la otra Ana, y a Víctor, el futuro
arquitecto/gigoló. Pero Ana es rara, tiene 17 años y se pregunta por qué tiene
problemas.
Ana mira hacia la pantalla brillante del ordenador y ve que
Oscar le está hablando. Otra vez. Sonríe pero enseguida siente la patada de
siempre en el estómago. Se gira hacia el otro lado de la cama e intenta
perderse de nuevo en su rap. Entonces le llega un mensaje de texto al móvil: “te
tengo en la cabeza y te prefiero en mi almohada”. A Ana se le acelera el pulso,
David siempre le pone nerviosa. Busca la canción donde sale esa frase y se
recrea en el exquisito placer de saber que alguien piensa en ti cuando escucha
esa letra. Ana se ríe tímidamente.
David escribe verdades como puños, deja a Ana anonadada.
¿Cómo puede un chico de 17 años escribir así? ¿Cómo puede tener esas ideas? Ana
y David escriben historias en sus conversaciones, a estas alturas tendrían 10
novelas ya. David le envía muchas frases de canciones, pero nunca escribe sobre
ella, aunque la piense a menudo.
Ana cree que David no le quiere lo suficiente porque nunca
escribe sobre ella.
Ana tiene 17 años, es rara, sueña mucho y vive poco, lleva
un abrigo negro donde esconde su cara para huir del mundo, y cuando sale a las
8:15h cada mañana sólo piensa en que sean las 17:45h para olvidar que está
vacía y que tiene problemas, pues David está muy lejos pero es lo más cercano a
la comprensión que tiene en esos momentos.
Ana ya no tiene 17 años, ya no llega a las 17:45h del
instituto ni recibe mensajes de texto que dicen: “sólo con mirarte ya te
intuyo, es de estar sin ti de lo que huyo”.
Ana ya no tiene 17 años y se pregunta por qué tiene
problemas.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Orgasmos
Cada vez que tengo un orgasmo te quiero. No quiero quererte, pero lo hago. De hecho,
por no querer no quiero ni que te cruces en mis fantasías, pero, boy, cada vez
que lo haces veo fuegos artificiales, y te he de querer.
Puedo estar imaginando cualquier cosa, desde un simple baile
sensual hasta una borrachera con consecuencias, pero cada vez que irrumpes en
la escena me vuelvo completamente loca. Y es por tu mirada acechante, que no
deja de repetir: “eres mía”, por la seguridad con la que observas todo,
sabiendo de antemano que ya has ganado. Me pierdo completamente en el momento
en el que demuestras que me deseas casi más que yo a ti y que te da igual que
sepa que vienes a por mí, porque no te andas con rodeos. Juegas, sí, y mucho,
pero eres directo, y es por eso que cuando entras vienes directamente a por mí.
Así que por mucho, por mucho esfuerzo que haga por no querer
saber nada de ti durante mis fantasías, en el momento en el que se produce una
sinapsis con tu nombre apareces, pierdo el sentido y tengo uno de esos orgasmos
sublimes y extasiantes en los que al final te he de querer.
Evidentemente sé que en ese momento te quiero porque he
liberado endorfinas chachiguays a mansalva y otras cosas que no recuerdo que
incrementan la sensación de bienestar, pero es tan oportuno quererte después de
un orgasmo, me siento tan increíblemente bien sintiéndolo.
Así que, tú, deja de interrumpir mis fantasías y desaparece.
Pero si no estás muy por la labor, en secreto te diré: sigue volviéndome loca.
sábado, 25 de agosto de 2012
Hank
De eso que tienes un día de mierda y es viernes. Estás
asqueada de estar en casa pero no tienes ni maldita idea de dónde están tus
amigas, las intentas localizar pero han desaparecido de la faz de la tierra.
Pues digamos que yo me hallaba en esa situación. En realidad suponía que ellas
estarían en aquel bar pseudohipster intentando beber más de lo que pueden, como
siempre. Si hubiera sido cualquier otro día me habría quedado en casa evadiéndome
con alguna serie llena de hombres trajeados y frases ingeniosas, pero esa noche
no podía quedarme de brazos cruzados, tenía que salir, moverme, lo que fuera.
En el momento en el que decidí la ropa que me pondría para
salir supe que no tenía ganas de jugar, así que adiós zapatos de tacón y
pintalabios rojo. No, la loba se quedaba en casa, estaba hasta los cojones de
fingir seducción con personas que no sabían ni de lo que estaba hablando. Así
que cogí mis sencillas sandalias negras
y las combiné con los vaqueros cortos de siempre y una camiseta de
tirantes morado satinado. Elegir esa camiseta fue al azar, era la que me
apetecía ponerme. El pelo suelto, como siempre, pero con algún coletero por si
me asaba de calor por el camino, en verano era una guerra constante la que
tenía con él, tan exageradamente voluminoso y rizado, no apto para el calor.
Toque de rímel, ligero rastro de sombra de ojos, y mis labios de un tono
frambuesa que combinaba con la camiseta. Lista.
Mi mal humor no disminuía mientras caminaba, pero tenía la
esperanza de que al encontrarme con mis amigas la risa y el payaseo sin sentido
me curaran todos los males. Bien, pues llego al bar en cuestión y no hay rastro
de ellas. Claro que suponer que iban a estar ahí por amor al arte fue un poco
retrasado por mi parte, pero, ¿qué sé yo? ¿Dónde iban a estar sino? Me acabé de
poner de muy mala leche.
En esto que estaba ya dando media vuelta para volver a casa
y destruir a la humanidad vía texto satánico, cuando se me ocurre la idea
lógica de: “ya que estoy aquí, me tomo algo”. En el fondo mis amigas me la
sudaban, era una simple excusa para beber en “sociedad” y no sentirme una de
esas mujeres cincuentonas que van a un bar solas para intentar reafirmar que
aún están en el mercado y a muy buen precio (a veces, gratis incluso). Pero esa
noche me la sudaba absolutamente todo, yo sólo quería beber, y fumar, aunque
para eso tendría que esperarme a salir a la calle.
Así que voy yo en plan malota y con cara de pocos amigos y
me siento en la barra, sola. Tengo 20 años y aunque no los aparento no dejo de
ser joven ni de llamar la atención que una rubia de ojos azules esté a punto de
perder la dignidad en un vaso demasiado grande para ella. Pero como digo, me la
sudaba todo en ese instante.
El camarero llega, joven y sugerente. Yo le miro pero estoy
demasiado seria como para que él piense por un segundo que en mi cabeza le
estoy violando por momentos. Me pregunta que qué quiero. “No lo sé, ¿qué me
recomiendas?”. Soy pésima para beber alcohol. Soy lo peor, porque no tengo ni
idea. He llegado a llevarme bien con el vodka pero ahora me vienen con que eso
es de nenazas y es mierda, y eso me pone de mal humor, así que estaba dispuesta
a aceptar lo que el camarero sugerente tuviera que ofrecerme. “Vodka con Blue
Tropic haría juego con tus ojos azules, y tiene un sabor muy dulce”. “Bien,
pues una copa de eso”. Era vodka, pero me daba igual, era bebida. Pero, ¿hola? ¿Haría juego con tus ojos
azules? ¿Por qué de repente la humanidad estaba plagada de homosexuales? Y eso
que los amo un montón, tengo muchos amigos gays, pero, joder, esa noche no
quería ver cómo un hombre se fijaba más en el tipo de tela de mi blusa que en
lo que escondía tras ella. De mal en peor.
Cogí mi copa y la probé, y lo cierto es que estaba
increíblemente dulce y deliciosa. Tanto, que me la bebí enseguida. “Ponme otra
de lo mismo”, le dije. El camarero guapo y gay se rió y me dijo: “Hoy vas a por
todas, ¿no?”, a lo que le contesté: “Hoy vamos a morir todos”.
Ahí estaba yo, sola, en la barra, emborrachándome a base de
cocktails azules “como mis ojos”, mientras de vez en cuando algún hombre se
acercaba a hablar conmigo, si es que se le puede llamar hablar. En otras
circunstancias hubiera intentado exprimir lo mejor de cada conversación, pero
esa noche no quería esforzarme nada. Y como siempre, la mayoría de tíos eran
chulos de barrio con más pendientes que yo que alardeaban de su trabajo como
fontanero o cajero de supermercado. “¿Y tú, qué haces?”, me decían. “Beber, ¿no
lo ves?”. “Jajaja, qué chispa tienes”. Chispa la que yo provocaría para
prenderles fuego a todos. “¿Pero estudias o trabajas?”, “Hago medicina”. “Oooh,
¿y has abierto ya cadáveres”, “Déjame en paz”. Y seguía bebiendo. Luego otros
eran más ocurrentes y me iluminaban con fantasías en las que yo aparecía con la
bata del hospital como alternativa a la viagra y en fin, un sinfín de
gilipolleces innecesarias en mi vida. ¿Por qué los hombres de verdad no
existen?
Cuando ya empezaba a sentirme algo mareadilla con mi tercer
Blue Tropic, alguien se sienta a mi lado. Por inercia, me giro, pero sigo a lo
mío. Pero, un momento… Yo conozco a ese chico.
- ¿Hank?
- ¡Nann!
- ¿Qué cojones haces tú aquí? – le dije mareada y de mala
leche.
- Eso te lo debería preguntar yo a ti, no es propio de una
señorita como tú estar sentada sola en la barra de un bar borracha perdida.
- Yo no estoy borracha, y éste es mi bar, así que lárgate o te
romperé la cara.
- Con esas manos con suerte alcanzas a hacerme una caricia,
pequeña.
Empecé a reírme como una condenada, porque mis manos eran
pequeñísimas y en ese momento me hacía mucha gracia. Hank sonrió y llamó al
camarero para pedir, cómo no, su whisky de siempre.
- ¿Por qué estás aquí? – me preguntó.
- Porque me sentía sola y necesitaba beber. ¿Por qué estás tú
aquí?
- Porque estoy solo y he de beber. Ése de atrás te está
mirando ferozmente.
Me giré. Era el mismo al que había rechazado dos veces ya.
- Si se vuelve a acercar peguémosle una paliza hasta matarle,
por favor. Si quieres empezamos ya.
Me levanté pero todo daba demasiadas vueltas. Por suerte,
Hank, con los reflejos aún conservados, fue previsor y me estabilizó,
volviéndome a dejar sentada en el taburete.
- Tranquila, loba, que la noche es muy joven.
- ¿No vas a ser el mâitre de ninguna mujerzuela de pacotilla
esta noche?
- ¿Cómo quieres que me fije en otras mujeres si estás que te
caes por los suelos con dos cocktails de nenaza?
- TRES. Y no son de nenaza. Y no estoy que me caigo por los
suelos, llevo dos horas aquí aguantando muy bien mi dignidad y no ha habido
ningún problema. Además, sabes que me caes fatal y que no te soporto, me harías
un favor si te fueras a buscar carnaza ya.
- Muy bien, si insistes
Hank se levantó del taburete y con la sonrisa maliciosa de
quien está a punto de comenzar un juego del que va a salir ganando más que
nadie se detuvo para contemplar el terreno. Yo le observaba, despreciándole,
porque siempre tenía esa necesidad de llevarse un coño a la boca como si fuera
lo único que le importara en la vida, pero por otro lado esa camisa le quedaba
jodidamente bien y me estaba nublando la mente más que el alcohol que mi hígado
estaba intentando hacer desaparecer.
Por fin se decidió y se dirigió hacia la primera mesa. Pero…
¿hola? No podía ser. Se acababa de sentar a hablar con una mujer de unos
treintaylargos, súper gorda y súper hortera. Ni de coña le gustaba, imposible.
Y claro, cayó enseguida, en menos de 5 minutos vi cómo la mujer gorda le pasaba
el número de teléfono para que la llamara luego. Hank me miró de reojo, con esa
sonrisa maliciosa, mientras intentaba contener la risa que le provocaba ver mi
cara de asco-indignación.
Se levantó, y cuando pensé que ya iba a venir a sentarse
conmigo se fue hacia otra mesa. Así con tres más. Lo peor es que cada cual era
más fea, horrenda o sorprendentemente estúpida, y además estaba haciendo que
hubiera confrontaciones de miradas entre todas ellas.
Hank, con su tercer whisky en la mano, estaba perfectamente
sobrio y jugando conmigo al juego privado de jugar con el juego. Yo estaba en
la barra partiéndome de risa e intentando no tambalearme demasiado.
Por fin vino y me susurró al oído: “creo que tenemos que
irnos o pronto empezarán a volar sillas entre las mujeres con las que he
hablado esta noche”. Yo me reí y me levanté, pero cuando lo hice casi me caigo,
no sin partirme de risa exageradamente (como lo hago siempre), así que para
ahorrarnos el paripé y las miradas de odio de todas esas feas retrasadas hacia
mí, Hank me cogió y me cargó a los hombros como si fuera un saco de patatas.
- Hank, bájame, eres imbécil, ¡bájame! – le decía mientras le
pegaba patadas en el estómago que no le hacían absolutamente nada porque no
tengo nada de fuerza.
Ya fuera me bajó, no sin antes quedarme frente él y darle un
lametón en toda su cara de snob hamburgués.
- ¿Sabes que los lametones los dan los perros en señal de
amor? – me dijo.
- Yo no soy un perro, en todo caso una perra, y te lo he dado
porque me das asco y quería que me soltaras.
- No te lo crees ni tú.
Hank sacó un cigarro y yo le quité otro. Estaba demasiado
hiperactiva, pero era el alcohol, lo juro.
- ¿Dónde vamos? – le dije.
- Tú a tu casa, y yo a la mía.
- Pero es que me aburro en mi casa.
- ¿Me estás diciendo que quieres estar conmigo?
- Ni loca, me caes fatal, me das asco y te odio. ¿Cuántas
veces tengo que repetírtelo, Hank?
- Pero te aburres en tu casa.
- Sí.
- ¿Quieres venir a la mía?
- Ni de coña.
- ¿Entonces?
- Simplemente fumemos en tu portal.
Hank y yo nos sentamos a fumar en su portal. La verdad es
que yo era bastante ridícula, tosía cada dos por tres y él se reía (con razón)
de lo inútil que era. Yo no era fumadora, pero veía el fumar como un arte, me
inspiraba y me encantaba contemplar a alguien haciéndolo. Hank fumaba como si
estuviera haciendo el amor, aspiraba el humo y lo dejaba fluir por él
armónicamente hasta que volvía a liberarse por su bonita boca. Entrecerraba sus
ojos porque disfrutaba, y yo me quedaba atontada perdida.
- Te gusta verme fumar.
- Para nada, pareces un viejo.
- Te encanta.
- Un viejo de geriátrico.
- No.
- Además, salido porque no paras de marearte entre mis piernas
y mi escote.
- Pues no lo pongas todo tan a la vista.
- No lo mires.
- Quieres que lo haga.
- ¿Tú? Nunca.
- Me estás poniendo a prueba y sabes perfectamente que en
cualquier momento puedo provocarte una taquipnea sin hacer prácticamente nada,
pequeña.
- Eso es lo que querrías tú, siempre pensando qu…
Hank se acercó muchísimo a mí con su sonrisa burlona, tanto,
que sin darme cuenta di varios pasos hacia atrás, tropezándome con la estúpida
pared. Él, no contento, se acercó totalmente hacia donde yo estaba y posó su frente
en mi frente, quedando nuestros ojos a escasos centímetros y su boca en el
sitio perfecto para ser comida ya. No sabía qué hacer con mi vida en esos
momentos, no podía apartar la vista de sus ojos que me estaban escaneando como
si de Rayos X se trataran, pero podía intuir el contorno de su boca y el
alcohol me estaba pidiendo a gritos que le mordiera.
- ¿Ves? Hiperventilas.
Y yo soy tan tonta que ni me había dado cuenta.
- No.
- Sí.
- Apártate, te odio, me das asco, no te tocaría ni con un
palo.
- Ya lo estás haciendo.
Y otra vez más, era cierto, porque él me estaba atrapando en
la pared con sus brazos y yo tenía la mano agarrada a su camisa, atrayéndole
hacia mí sin darme cuenta.
- Te odio mucho – le dije.
- Y yo a ti.
Nos besamos. Fue un beso dulce en un principio muy corto,
pero no tardamos en encendernos y sin darme cuenta le estaba desabrochando la
camisa en su casa. Le quería comer entero y ni siquiera comerle calmaba mis
ganas de hacerlo. Era una completa locura la pasión que había en su habitación
en esos momentos. Así que pasó. Una. Luego otra, y otra.
Cuando creí que ya habíamos tenido bastante por esa noche
(error) me puse su camisa y me fui al baño para adecentarme
antes de irme a casa. La verdad es que no quería irme, pero Hank no querría que
me quedara porque es de esos chicos.
- Te queda muy bien mi camisa, te hace un escote precioso – me
dijo cuando volví.
- Gracias, pero te sigo odiando y lo sabes. Esto no cambia
nada.
- O lo cambia todo.
- No cambia nada.
Me puse a recoger las distintas piezas de mi ropa como si
estuvieran jugando al escondite, y al verme me preguntó.
- ¿Te vas?
- Em, sí, ¿no?
- Sí, supongo que sí.
- Bueno, soy afortunada, son las 5AM, así
que he superado a quien tú ya sabes.
- Qué graciosa es la niña, mírala.
Me quité la camisa para empezar a ponerme mi ropa y de
repente lo noté detrás de mí, besándome el cuello.
- Hank, ¿no has tenido suficiente?
- Si te desnudas de esa manera tan sugerente, no.
- No puedes más y lo sabes.
- Ya, pero aún así no me importaría que te quedaras.
- ¿Aunque no hagamos nada?
- ¿Te parece poco lo que hemos hecho ya?
- No, pero me lo pides porque te digo que no, eres peor que
una mujer.
- Búscale el motivo que quieras, pero te lo estoy pidiendo.
¿Te quedas?
Eran las 5 de la mañana y no tenía ninguna gana de volverme
sola a casa y dormir aún más sola. Odiaba a Hank pero me había regalado
demasiado placer en demasiado poco tiempo como para negarle un abrazo de buenas
noches.
- Está bien, pero no cambia nada y te sigo odiando, ¿de
acuerdo?
- De acuerdo, pero quítate la ropa y acurrúcate aquí, conmigo.
En cuanto me metí en su cama, de nuevo, me envolvió con sus
bonitos brazos y yo me sentí genial, para qué negarlo.
- Suerte que esto no va a pasar en la realidad.
- Cállate y duerme.
- Buenas noches, Hank.
- Buenas noches, pequeña.
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