Eternidad

*Recuérdame como un día imaginaste que fui

sábado, 2 de abril de 2011

El corazón de la razón

Estoy preparando una nueva huida, una metafórica, que me aleje de los sentimientos que nadie de mi ser quiere que formen parte de mí ya. Nunca me fue difícil vivir con aquellas emociones enfrentadas, las asimilé como si fueran parte de mí, y si digo que me resigné mentiría porque era totalmente ajena a la realidad de la situación.
Así que cuando esa realidad me sacudió y humilló a espuertas, tuve que salir arrastrándome, y por suerte todos los sentimientos enemigos de mi razón se quedaron allí. Afortunada y desgraciada, a la par que sola, me mudé. No fue algo instantáneo, no. Estuve vagando cual nómada por distintos hábitats de lo más variopintos. Un lugar en el que paré bastante tiempo fue el hastío de Odio y amigos. A pesar de lo que puedan pensar, lo cierto es que ese malparido autodestructor de Odio me ayudó bastante, porque me mantenía lejos del dolor, y bien es sabido que cuando lo escondes por debajo de un montón de excusas y sentimientos corruptos, no lo sientes tan cerca. Así que durante ese tiempo me dediqué a obviar el dolor y a alimentar sentimientos negativos, o simplemente a pasar de ellos. Pero es imposible vivir permanentemente con Odio, sobre todo para una persona como yo (¿cómo soy yo? Apuesten), así que tarde o temprano me tuve que marchar de ese pequeño infierno que ya no me satisfacía.
Me quedé vagando bastante tiempo en tierra de nadie, sin hallar el camino, ni la inspiración, ni nada que me indicara por dónde debía seguir ahora. Y entonces llegó mi vieja amiga –tan olvidada- Nostalgia, para, como siempre, hacerme recordar todo el camino, todos los finales, todos los procesos, todas las heridas, todos los tequieros, toda mi vida basada en la gristura. Y me dijo: ¿seguro que es odio lo que tu corazón siente justo? Y llegué a la conclusión de que más que odio, sentía frustración por la resolución fallida de conflictos interpersonales.
Ese vacío tan característico que provoca esa maldita frustración siempre me acompañó en mi período de nómada, pero desde la reaparición de Nostalgia, empezó a hacerse más y más grande, a hacerse notar de más. Pero, ¿qué podía hacer? Me decía a mí misma. No estoy en la posición de tomar decisiones, pues ya las han tomado por mí y sólo me cabe desear que se reescriban los guiones.
Pero un día la vida decide que es hora de girar la rueda del destino, y las cosas vuelven a cambiar bruscamente (demasiado), y vuelves a estar en el punto de partida, con la repetidísima responsabilidad de controlar a tu cuerpo y tu mente, que por pura mecánica, desean y se preparan, casi inconscientemente, para desenvolverse como de costumbre.
Sólo que esta vez hay una diferencia: la razón, por primera vez, ya no quiere lo de siempre. Y el corazón, sorprendido, se siente tremendamente raro y confuso, pues el sentimiento y la necesidad siguen estando latentes, pero la razón, nunca antes (tan) fuerte, con esa idea tan clara de NO, provoca en éste una bradicardia pseudoautoimpuesta que le aletarga, le paraliza, le impide latir con tanta pasión como para bloquear a la razón y tomar las decisiones en base a la sensación del momento. Sin embargo, que el corazón se encuentre supeditado a la razón no significa que sea tonto, y jamás aceptará la fuerza de la razón sin pruebas. Necesita hechos que justifiquen que tenga que reprimir su deseo de dejarse llevar para latir y bombear sangre con frenesí por culpa del amor y la pasión, hechos que sean de peso suficiente como para aceptar que debe seguir hibernando hasta que aparezca un algo (ese algo) anhelado que tenga la combinación secreta para establecer un vínculo entre dos corazones que hablen el mismo idioma, que sean capaces de entrelazar sus lenguas sin enredarlas y que consigan sincronizar el latido de ambos para encontrar esa armonía casi utópica en la que no creo, pero que el corazón sí.
Por tanto, la razón, coaccionada por el corazón, presenta El hecho. Un hecho que el corazón espera con toda su irracionalidad que lo eleve a soberano para así poder relevar a la razón a su tan habituado segundo plano y tener vía libre para latir hasta casi explotar. Aunque él mismo supiera que si estuviera en lo cierto después no se dejaría llevar, porque supeditado a la razón conseguía acercarse un poco más a la estabilidad tan bien recibida en este ser, la tranquilidad que le daría tener la certeza de que si se dejara llevar todo podría ser como antes era demasiado tentadora, aunque sólo fuera por ser consciente de la realidad.
Pero el hecho lo cambia todo, porque en cuanto lo observo un poco, caigo en la cuenta de que probablemente ni siquiera se trate del mismo hecho determinante de siempre. Al contrario, me hallo en una situación totalmente nueva, donde apenas hallo resquicios de la esencia que antes dominaba esa estructura física (que sigue siendo completamente la misma)
Mi pobre corazón, mientras tiene tiempo, busca inquieto esos restos de un pasado que le pueda dar experiencia para reconocer los rasgos característicos del hecho de siempre. ¡Pero no encuentra nada! La carcasa es la misma, pero la esencia es inteligible. Y el corazón, dominado parcialmente por la razón, no se complica ni se desespera de más por encontrar algo por más que quiera, porque aunque lo encontrara, lo tendría que rechazar por supervivencia.
Así que noto cómo deja de buscar y se dispone a aletargarse, cuando de repente: ¡ZAS! Pinchazo. Dolor. ¿Dolor? Y no lo comprendo en un principio, por lo que me mantengo alerta y observadora. Pasados unos minutos, ¡zas! Pinchazo de nuevo. Y, tonta de mí por no haberme dado cuenta antes, caigo en que, por mucho que la esencia sea totalmente distinta y ahora desconocida, la estructura física y sus esquemas son exactamente los mismos. Por tanto, los pinchazos que siento no son sino un reflejo de las bien conocidas patadas vomitivas en mi estómago, pero esta vez son peores, pues no hay una esencia que compense el dolor y que haga de bálsamo para las heridas.
Mi corazón, triste y abatido por la acuchillante realidad, respira, y se acurruca cual niño pequeño indefenso detrás de la razón. Se miran por un momento, y no hacen falta palabras, pues la razón ya sabe lo que ha de hacer. Abraza al corazón y le susurra: no te preocupes, a partir de ahora yo me encargo.

domingo, 27 de marzo de 2011

La historia de cómo uno, sin querer, echa de menos

Salí por enésima vez de aquel sitio que todo el mundo consideraba “chic”, necesitaba estar en la calle, y por más que intentara adaptarme allá dentro, me resultaba imposible concentrarme en dejarme llevar. Había demasiada gente desconocida que creía conocerme. Demasiadas miradas de falsa complicidad, como si supieran lo que se me pasa por mi mente a cada momento. Pues bien, ya les digo yo que si realmente lo supieran no sonreirían tanto, créanme.
Salía cada dos por tres a la calle porque no soportaba estar entre tanta gente. Nunca me ha gustado, pero en otras épocas me habría resultado incluso reconfortante poder sociabilizarme un poco. Pero ahora, ¿para qué? Conociera a quien conociera, me moviera por sitios de todo tipo, no había nadie que resaltara entre el montón, no para mí. Todos me parecían componentes homogéneos de la misma masa vomitiva. Y era una percepción del todo subjetiva, nada acorde con la realidad, pero, ¿qué más daba? Anaís ya no estaba.
Pero salir a la calle no era mucho mejor, sólo agradecía cómo el gélido frío de invierno me castigaba físicamente de una forma que era hasta casi placentera. Me holgué un poco la corbata, ya que apretaba demasiado, y en un rincón, lejos del gentío, encendí un cigarro. Ah, maldito vicio. Ni siquiera me gustaba, pero era mi forma de sentirme menos solo cuando me sentía tan solo, porque ese humo, esos cigarrillos, tenían la firma de Ashley por todas partes. Qué gran mujer, se lo aseguro. La echaba realmente de menos. Siempre tan segura, tan agridulcemente arrogante, ambiciosa, estúpida y sexy. Siempre tan benevolente conmigo, sin embargo. Su única e incomprensible excepción, yo. Jamás lo merecí, nunca la pude hacer feliz, pero nunca se marchó. Y ahora yo la había abandonado, a pesar de que no fuera a ella en sí a quién había dejado atrás, sino a toda mi vida anterior.
Mi vida anterior, tan diferente, tan lejana, que a veces me planteo si realmente existió. Me encantaba pasar las tardes solo paseando por aquel parque, o tomando un café en aquel sitio tan bueno mientras inventaba hipotéticas historias sobre las chicas guapas que entraban. Me encantaba encontrarme con Ashley, cuando aún no éramos nada, y admirar su belleza y su elegancia, y más aún cuando nos hicimos amigos, y veíamos películas en su preciosa casa, íbamos a cenar, y sobre todo cuando hablábamos de nuestra forma de ver el mundo. Ella era siempre tan realista, tan negativamente realista… pero su opinión era tan característica, tan propia, que era un placer escucharla defenderla. Y cuando hacíamos el amor… Antes no le daba tal consideración, para mí era más bien follar, pero ahora, desde la distancia sé que eso no podía ser simplemente sexo. Nunca estuve enamorado de ella, pero la forma en que llenó un vacío que ni siquiera sabía que tenía fue demasiado impactante para mí. Ashley hizo mi vida un poco más llevadera, le dio un giro y dejó de ser gris para pasar a ser gris con manchas de pintauñas rojo.
La echaba verdaderamente de menos.
Pero esa vida pertenecía al pasado, y no podía volver. Ni quería la mayor parte del tiempo, porque era mejor así, porque yo no era feliz. Sólo ella… mi querida, mi pequeña Anaís consiguió hacerme creer que había esperanza para mí, que sí podía sentir todos esos sentimientos tan escépticamente vistos por mí. Pero ella vino para mostrarme lo que nunca tendría y se fue. Mi dulce Anaís se fue. No me abandonó, pero tenía que sobrevivir. Yo hice que sobreviviera, por eso ahora sé que está en alguna parte, aunque no la pueda ver, ni la pueda tocar, ni le pueda hablar, sé que está latiendo metafóricamente gracias a mí, y este pensamiento es lo único que me hace querer seguir viviendo, porque cuando yo no esté, ella desaparecerá conmigo.
Casi todo el tiempo me parecía genial estar ocupado. Tenía todos los días llenos de cosas concienzudamente, me daba el tiempo libre justo para descansar, y luego: reuniones, proyectos, trabajos por aquí, copas por allá, amigos de paso a montones, etc. Era estresante, pero de esta manera me evitaba poder plantearme nada, y era justo lo que quería: no pensar. No recordar por qué estaba tan lejos de mi hogar, de mis cosas de siempre. No recordar que ella ya no estaba (que ellas ya no estaban), y que nunca más la podría recuperar. No darme cuenta de que el pasado estaba atrás y que jamás lo podría revivir, lo que me llevaba a la conclusión de que Anaís jamás volvería. No quería pensar en nada de ello porque entonces no podía siquiera intentar vivir, así que no paraba. Pero nada de mujeres. No quería saber absolutamente nada de ellas. No quería que ninguna furcia manchara mis sábanas de mediocridad. Ni siquiera alguna de estas chicas inteligentes que se paraba a charlar conmigo aquellas noches de hastío hacía que se despertara en mí algún sentimiento. Al contrario, como mucho sentía puro aburrimiento.
La última vez que salí del local, con la excusa de que era ya casi de día, cogí la americana, me despedí de las ovejas y volví en un bus nocturno prácticamente vacío, cosa que me encantaba.
No podía dejar de pensar en cómo habían cambiado las cosas, y cómo en parte lo agradecía porque podía (podíamos) seguir viviendo, tenía una nueva vida y era muy entretenida. Pero… ¡joder! Era una vida vacía. No ocurría nada. Los días eran monótonos y no me dirigía hacia ninguna parte, estaba estancado. Sin embargo, si por un momento pensaba en aquellos entonces… la vida era al límite, cada acción que hacía, cada pensamiento que tenía determinaba el rumbo de las cosas. La pasión me seguía por todas partes, y el amor/odio era mi vitamina. En estos pequeños momentos era dolorosamente consciente de cuánto echaba de menos mi vida anterior, y cuánto daño me hacía tener la certeza de que no había vuelta atrás, ni siquiera un poco. Aunque…
Quizás un poco sí. Quizás podía darme el placer de revivir por una noche ese sentimiento. Quizás podía olvidar que las cosas ya no eran como antes y disfrutar del recuerdo hecho presente, para así a la vez volver a sentir ese dolor tan característico cuando volviera a mi vida normal. Era muy arriesgado, era jodidamente doloroso, pero realmente necesitaba encontrarme a mí mismo en algo del pasado. Necesitaba ese algo. Y sabía cómo hacerlo.


Cuando llegué a la puerta de Ashley la noche siguente, me sentía extrañamente tranquilo. No lo estaba para nada, pero era así como me sentía. Sabía que le haría daño, pero también sabía que la iba a hacer muy feliz por un momento. Era consciente de que no estaba bien presentarme una madrugada para irme de nuevo para siempre al amanecer, pero de verdad, jamás necesité tanto como en ese momento sentir que una vez fui sustancial en el mundo, y que todo a mi alrededor lo era.
En cuanto abrió la puerta y me vio, se echó a llorar. Ni siquiera vino a abrazarme, supongo que se cuestionó si yo era real o estaba soñando. Yo me alegré enormemente de verla. Estaba igual que siempre, desde luego, esta mujer jamás dejaría que sus debilidades de vieran desde el exterior. Su pelo estaba más largo, la notaba más delgada, y sus ojos estaban más cansados de lo normal.

-¿Puedo abrazarte? – le pregunté
Pero no contestó.Y la entendía. ¿Qué iba a decir? No me iba a tratar como un viejo amigo, como si nada hubiera pasado, pero tampoco me dejaría tirado. Así que finalmente la abracé, y ella, se dejó caer entre mis brazos mientras temblaba fuertemente. La llevé hasta el sofá de su casa, y nos quedamos en silencio un buen rato. Ella lo pasaba mal, pero yo estaba fascinado por lo que estaba sintiendo, por esa angustiosa pero a la vez placentera sensación de nostalgia.
-¿Por qué me haces esto? – dijo, por fin
-Necesitaba volver por un momento a mi vida de antes.
-Tu vida de antes está muerta.
-Lo sé
[...]

Estuvimos toda la noche hablando, y al final consiguió calmarse.

-Podríamos vernos un poco más, Richard. Para que vuelvas a sentir esto, ya sabes. A mí me haría bien. Pero no creas, no tengo apenas tiempo, sólo digo que estaría bien.
-No, Ashley. En general no necesito ni quiero verte. No te lo tomes a mal, pero es mejor así. Si te veo, pensaré en ella, como ahora, y tú misma has dicho que lo que tuvimos hace tanto tiempo nunca volverá, forma parte del pasado, y tenemos que procurar que sea así. De verdad, no quiero verte. No quiero venir a tu casa, ni pasear por las calles que frecuentábamos, ni oler tu pelo, ni comer contigo, ni llevarte al trabajo. Todo eso está fuera de contexto ya. De verdad, no quiero. No quiero.
Ashley no dijo nada. ¿Y qué iba a decir? Probablemente sabía que tenía razón, pero no pude evitar fijarme en la expresión de rechazo en su cara, y me sentí realmente mal. Ashley siempre salía mal parada conmigo, pero espero que entendiera el porqué de mis actos.
Me dio un beso en la mejilla y me pidió que al menos le enviara algún correo de vez en cuando para saber que estaba bien, sólo un pequeño gesto que me pedía como favor personal. No pude negárselo, pero no estaba seguro de poder cumplirlo. Se despidió y cerró la puerta tras de sí.
Y volví a quedarme solo.

domingo, 27 de febrero de 2011

Sinceridad de Srta. Nostalgia

Son las cinco y media de la mañana. Acabo de llegar de una tan deseada noche de adrenalina, de esas en las que las horas pasan y pasan al ritmo de melodías que obligan a mi cuerpo a mantenerse en un continuo movimiento. Es lo único que me gusta de alguna discoteca. El ritmo.
Mientras venía hacia casa, recordé aquella vez, hace dos años ya, en la que también volví de fiesta a casa y, debido a los sucesos que ocurrían en esa época, mi sangre hervía por la necesidad de escribir. ¿Vodka, recuerdan? Dos años después, la ciudad es diferente, las compañías totalmente nuevas, el vodka no es sólo una falsa excusa para poder expresarme con sinceridad, sino que esta vez sí me lo bebo, quizás porque al ser negro hace juego con mi alma y se atraen. Desde luego, yo ya no soy la misma de entonces, pero sólo hay una cosa que no ha cambiado, y es que al llegar he necesitado escribir sobre/para/por ti, con la diferencia de que ahora el único suceso que ocurre es que no hay ningún suceso. No hay nada, 0, vacío, ignorancia pura.
Quizás sea por el hecho de que salgo tan poco de fiesta y que las pocas veces en que lo he hecho estabas tú esperándome al otro lado de la pantalla cuando volvía, ya fuera literal o figuradamente (condicionamiento clásico, creo. Psicólogos, corríjanme). Pero ahora no hay nada. Sólo estoy yo, con mi sangre a punto de estallar si no escribo.
Como de costumbre, la música bloqueó mi mente y me permitió dejarme llevar sin pensar en nada. Más tarde llegó el vodka, que sorprendentemente me sentó muy bien. Algunos hombres se acercan, pero no hay nada nuevo por ver. No hay esencias puras, sólo mediocridad disfrazada de alcohol. Y una vez el pico de máxima diversión llega, al pasar, empiezo a ponerme nerviosa, y a querer irme. Así pues, me voy, y en el metro, sin saber por qué, en medio de gente desconocida, te recuerdo y lloro. Porque ya no estás. Ya no estás.
Y realmente es mejor así, pero no estás. Y mi vida no va mal, va en progreso, pero ya no estás. Y como hace dos años, llegué a casa y necesité de verdad escribir. Ahora ya no me afecta el contacto contigo, el acto de “holar”, ¿recuerdas? Ya no hay nada de eso. Ahora sólo estoy yo, el vacío y la ignorancia. Y el vacío. Lo único genial, maravilloso, es que vuelvo a necesitar escribir. Ya sabes lo feliz que me hace volver a sentir esa inquietud si no vomito mis verdades como puños, pero eso me lleva a pensar que… ¿he retrocedido? ¿Vuelvo al punto de partida? ¿Vuelvo a ser aquella chica de 17 años? No, ya nunca volveré a serlo… Pero, ¿en esencia? Hay una cosa que sigue intacta.
Otra cosa muy saludable en mi vida es que ya no hay más incertidumbre. Tengo claras las cosas, no vivo con miedo ni con inseguridad sobre el día de mañana en cualquier sector. Esa sensación que me hacía morir un poquito cada día, ah… me alegro de que ya no esté.
¡Pero es que ya no estás! Ni por escrito, ni por hablado, ni por materia, ni por esencia, ni literal, ni figurado, ni en las alegrías, ni en las penas, ni en la salud, ni en la enfermedad, ni en el matrimonio, ni en el divorcio… En fin, queda claro. ¡Y es como tiene que ser! Pero no estás.
Y no puede ser de otra manera porque yo jamás confié en ti a consecuencia de tus actos y eso conllevaba a asfixias de todo tipo hacia tu persona por mi parte. Un círculo vicioso que nunca hubiera acabado, y que nunca acabaría. Pero ya no, ya no.
Así que, en mi última esperanza (siempre vivo de ellas) de que sigas leyéndome de vez en cuando, dado que estoy muy poco lúcida por el sueño que tengo y por el poco alcohol que llevo encima, me da igual lo que estoy escribiendo (mañana me arrepentiré, intentaré no borrarlo, por mis escasos lectores), te digo que deseo que estés bien de todo corazón. Que echo de menos los buenos momentos (ahora ya sí que los recuerdo), el tener a mi lado a una persona tan antigua en historial, que aunque no me entendiera, me conocía. Que aunque lo tenga superado ello no significa que te haya olvidado. No, fuiste la persona más importante en mi vida, y eso es muy difícil de pasar por alto, aunque me partieras el corazón tres-tas veces. Y ése es el motivo principal por el que hoy puedo seguir escribiendo y haciendo cosas decentes, porque aún hay mucho material que puede salir de mí gracias a ti. Y tu Anaís, por descontado, seguirá viendo la pureza que hay en ti por encima de todo. No se puede esperar otra cosa de ella, es Anaís.
Deseo que estés bien.
Al margen de tanta mierda vomitiva, queridos lectores, hay otra cosa que permanece intacta respecto a aquella época:
Necesito algo. ALGO.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La pena de Ashley

Su aparición fue un antes y un después en nuestras vidas. Ella dio un cambio de color en cada matiz de nuestra odiosa rutina. Y cuando se fue, la oscuridad fue aún mayor que antaño.

Anaís por fin pudo regresar, y Richard y yo, nos quedamos solos. Él, porque ella había desaparecido para siempre. Y yo… bueno, porque al desaparecer Anaís, Richard ya nunca volvió a ser el mismo, y fue lo que yo perdí.

Richard no pudo soportar el vacío que ella, ese ente odioso que acabé sin remedio por tomar cariño, y todo lo que le recordaba a ella (básicamente el mundo en sí) era demasiado para su día a día. Así que decidió cambiar de hastío, abandonando las infinitas cosas que relacionaban su existencia con ella. Y entre esas muchas cosas, estaba yo, claro. En momentos como aquel deseé, muy a mi pesar, que hubiéramos hallado la manera de retenerla aquí, aunque tuviera que vivir con el corazón roto, para que Richard sintiera esa paz que sólo ella sabía proporcionarle, porque con su ausencia, a mí se me arrebataba lo único valioso que había en mi vida: él. Era una mujer exitosa, ya lo saben, desde que mis primeros (y ahora desgastados) tacones tocaron esta ciudad de polvo, nada volvió a ser igual. Dinero, hombres, buena salud, buenos proyectos… todo eso era insustancial, y lo sigue siendo. Solamente servía para mantener mi ego en un alto lugar y para sobrevivir. Pero Richard… él fue la primera persona que consiguió sacarme algo más que un polvo y una bordería. Sabía cómo era y me aceptaba. Y lo sigue haciendo. Nunca me amó, pues a pesar de que el sexo era salvajemente bueno, pocas veces se quedó dormido a mi lado, y en sus ojos nunca vi nada más que una profunda y amistosa conexión de dos personas que comparten la soledad y algún que otro vicio. Podríamos haber sido la pareja perfecta: dos misántropos, amantes del cine, de la buena música, sexualmente activos, inteligentes… Pero faltaba amor, amor por su parte. Él sabía perfectamente que yo jamás le haría feliz, principalmente porque él no podría haber cuidado nunca de mí, o al menos siempre tuvo esa sensación. “Tú eres demasiado mujer para mí”, solía decirme. Y yo, triste, me castigaba por no ser capaz de mostrarle que era la mujer más sensible que podría haber en todo el mundo, realmente. Nunca me amó, y nunca lo haría. No como yo quería que lo hiciera. Pero a pesar de todo, yo siempre le quise. Aun cuando Anaís apareció en nuestras vidas, rompiendo el equilibrio que habíamos conseguido, aun cuando él se obsesionó por mantenerla con vida y ya no me llamaba para otra cosa que no fuera accesos y ayuda para la chica “de otro mundo”. “¿Estás loco?”, le dije cuando vino con ese cuento de hadas. Pero él sabía que yo, por alguna extraña razón, le creería, y le ayudaría. Y así fue.

Y ahora Anaís ya no estaba. Con su marcha, las sonrisas que habían poblado la cara de Richard habían dado paso a una cara larga y melancólica, o ni siquiera eso. Tan sólo vacío.

Al principio Richard agradecía mi presencia, pues yo era la única prueba de que Anaís era real, de que sí había existido, así que pasamos mucho tiempo juntos, pero a la larga le acabó pesando demasiado la carga de vivir sin ella, y yo no hacía otra cosa que aumentar ese dolor, por lo que se fue. Abandonó la ciudad, su trabajo, la poca familia que tenía, y por supuesto, me abandonó a mí. Cómo lo pasé (y lo sigo pasando) es algo que sólo sabré yo, pues mis tacones jamás se tambalearán mientras yo los lleve puestos. Pero mi vida, el poco color que tenía, se fue junto a él.

Y una vez más, me tocó sobrevivir al dolor. Mientras estaba ocupada, no era demasiado difícil. La gente consideraba que era una mujer exitosa y feliz. Lo primero, de acuerdo. Lo segundo… en fin, qué fácil es engañar al mundo. A veces hasta me reía, pero nunca era esa risa profunda y sincera, ni esas sonrisas que sólo él conseguía sacarme. Él nunca me amó como yo quise, pero me amó. Cuidó de mí, cuidó de nuestra soledad. Y ahora él había decidido huir del dolor.

Pasaron las semanas, los meses, y lo único que tenía de él era el recuerdo. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera bien, que ojalá hubiera aprendido a vivir con el dolor. Que la hubiera olvidado sin olvidarla, pero no sabía nada de él. Hasta que un día, un correo anónimo, sin más, hizo palpitar mi aletargado corazón.

“Escucho el sonido de tus tacones desde la distancia”

Y deseé que fuera él.

domingo, 20 de febrero de 2011

¿Srta. Nostalgia?

Antes estabas tú para darme las cuatro palabras que hacían que de la nada salieran las historias más bonitas. De forma directa o indirecta, bien por amor o bien por dolor, hacías que saliera de mí la inspiración que daba vida a Ashely, Anaís y Richard. Pero todo eso hace mucho tiempo ya, demasiado, que te lo llevaste, y sólo ha quedado el vacío latente de algo que nunca fue pero que siempre estuvo. Y ya no escribo nada, porque no tengo nada que escribir.
Porque la toxicidad con la que me alimentabas era pura poesía para mi mente, me retorcía de dolor cada día, pero vomitaba palabras que se entrelazaban en mi cuerpo y me hacían sentirme viva, inconformista. Quería no pasar desapercibida en el mundo, que en algún lugar de la red estuviera yo, que no quedara en vano mi decadencia. Quería estar presente, y lo estaba.
Anaís se convirtió en mi mejor amiga, en la parte más pura de mi persona, la que daba nombre a mis sentimientos cuando yo no tenía fuerzas ni para abrir los ojos. Siempre tan bonita, siempre tan inocente, siempre preguntándose por qué no podía volver a Norealidad, donde podía alejarse del daño que nos hacías cuando no estabas. Porque nunca estabas, ni siquiera cuando aparentemente sí. Que Realidad la consumía, y no hacía otra cosa que llorar ante tanto hastío.
Más tarde, deseosa por vivir, aunque fuera en mi imaginación, la historia de amor más pasional y arriesgada que jamás pudiera existir, nació Richard, de donde inevitablemente tuvo que aparecer Ashley finalmente. Todo para apaciguar el vacío que dejabas tras de ti. Personajes tan reales que forman parte de mí que tengo tan abandonados, porque no sé darles lo que merecen.
Jamás fui tan pura como en aquel fatídico 2009. Y decir fatídico es injusto, porque ahora, desde la lejanía, lo recuerdo como el año más sustancial de toda mi vida. Tú te volviste a ir, y me dejaste llena de preguntas sin respuesta, hastío, ganas de morir y misantropía hacia el mundo no reconocida. La consecuencia de todo ello fue textos y más textos llenos de verdades como puños que me ayudaban a mí y hacían que algunas personas no se quedaran indiferentes al leerlos, y eso era maravilloso. Apareció mi gran salvador, mi querido Sayer, que no me salvó del dolor, pero sí me enseñó a vivir con él, a disfrutarlo y a sacarle provecho. Qué meses más geniales a su lado, donde la pasión, las uñas y labios rojos, las femmes fatales, las noches sin caer por apoyarme en él… Son cosas que jamás olvidaré. El amor tan ambiguo que sentí por él impidió que me diera por vencida, porque fue lo único que fui capaz de sentir de forma positiva en esa época. Y gracias a él empecé de nuevo a sonreír.
Todo lo demás estaba bien, en el instituto me iba genial, había una camaradería reconfortadora entre mis compañeros que ya nunca más volveré a tener, y cantaba cada día, con los sentimientos a flor de piel. Visité la Metrópolis, me enamoré locamente de ella, y vivimos un romance furtivo, aunque ella ya sabía que mi corazón era de la Ciudad Condal.
En definitiva, siempre recordaré ese año como el momento más significativo de mi existencia. Cuando más viva estuve, cuando más valor tenía todo lo que hacía.
Y ahora, después de tu salida por la puerta de atrás, donde ya no volverás a entrar, todo es demasiado diferente, como era de esperar, y es ahora cuando más mella hace todo el pasado. Toda mi vida de entonces ya no es mi vida de ahora. No queda nadie viejo en mi día a día, nadie que sepa del todo mi camino como persona. Desde luego, tú tampoco lo sabías, pero para mí era suficiente con que estuvieras. Muchas personas nuevas, demasiadas personas finalizadas. Y es todo tan nuevo que no me gusta nada. Que prefiero ser Srta. Nostalgia y acordarme de aquellos días donde me acostaba llorando y me despertaba igual, pero donde sentía que cada cosa que hacía o decía significaba algo, que predeterminaba hacia qué dirección giraban las cosas. Y son pocas las personas que cumplen antigüedad. Ya no estás tú, ya no está Sayer, ni ellas, y sólo queda esperar que del montón de nuevas personas quede alguien a quien pueda acostumbrarme y pueda acompañarme en este camino, que ahora mismo es insustancial, porque no encuentro el sentido, no encuentro la pasión que siempre me ha caracterizado. Y yo, sin pasión, no me muevo. Por tanto, estoy quieta, impasible, fría. Sin sentimientos, añorando los momentos en los que mi vida tenía mucha importancia, y El club de las pasiones era más activo que nunca.
Supongo que todo, tanto lo bueno como lo malo, te lo he de agradecer a ti, como siempre.
Anaís busca Norealidad porque quiere escapar de aquí. Los hechos son como patadas en el estómago y ella es demasiado frágil para poder soportarlo. Richard, frustrado, se siente impotente porque el amor de su vida se va desvaneciendo poco a poco si no encuentra el modo de devolverla a donde pertenece, y a la vez sufre porque sabe que al hallar la solución ella se marchará para siempre. Ashley, la peor parada, como siempre, se resigna a ayudar a Anaís a volver a Norealidad porque Richard es lo más importante.
Y Srta. Nostalgia sigue sentada en la mesa, con las manos en el portátil, sin saber qué escribir, ni qué hacer, para que todo vuelva a cobrar sentido y vuelva a sentir que su existencia no es meramente circunstancial. Que aún queda algo de lo que fue, que aún puede volver a curarse con sus pensamientos. Que no ha dejado de ser esa esencia reconfortante, que no es mediocre. Que su existencia no será mediocre.
- ¿Srta. Nostalgia?