Eternidad

*Recuérdame como un día imaginaste que fui

sábado, 18 de febrero de 2012

Last cigarette


Hacía semanas que no le veía, pero parecían siglos. Desde que me envenenó el alma con el humo de sus cigarrillos no podía pensar en otra cosa que en él. Le buscaba por todas partes, como si mi idealización le convirtiera en omnipresente, pero no estaba. Yo ya no sabía si pensar que todo había sido fruto de mi imaginación, que en realidad todos esos momentos a su lado no habían sido otra cosa que fantasías demasiado ambiguas como para pasarlas por alto. Pero me resistía a creer que no era real porque lo sentía tan intensamente como el roce de una pluma en la piel.
Poco me importaba haberlo visto sólo una vez, pues él llevaba mucho tiempo en mi mente, como cuando un personaje de ficción aparece en la realidad, enseguida lo reconoces. Sin lugar a dudas sabía que era mi hombre, quien haría justicia a los viernes de amantes a mi lado, con quien hasta los domingos dejarían de ser domingos. Sabía que me haría cosquillas cuando me enfadara y que me trataría como a una niña pequeña porque entendería la pureza de mi alma, pero también sabía que nunca dejaría de sorprenderse cuando me calzara el uniforme de femme fatale y le sedujera una y otra vez.
Por eso él disfrutaba cuando le decía que muchas noches las pasaba leyendo a Bukowski, y que prefería quedarme escuchando Sex on fire una y otra vez a sociabilizar con mis compañeros, al igual que sabía que en secreto se reía cuando le explicaba las formas, las posiciones y las situaciones imposibles en las que escribía,  porque realmente entendía lo que la pasión significaba para mí, y lo entendía porque él la vivía de la misma manera. Estábamos hechos el uno para el otro y yo lo sabía.
Sin embargo, las semanas habían pasado y con ellas su presencia. Necesitaba verle, necesitaba electrocutarme cuando él me rozara el brazo al saludarme. Le echaba tanto de menos que compré un paquete de Lucky Strike, a pesar de que ni siquiera fumaba, sólo por volver a sentirle, por engañarme pensando que al inhalar ese humo lo estaría acercando a mi alma. ¿Pero qué iba a hacer si no cuando me acordaba de sus ojos? Necesitaba tenerlos en frente de mí, porque cuando me miraba mi vida por fin tenía sentido durante unos segundos, como si al hacerlo me transmitiera la certeza de que ya me habían mirado cientos de veces. Eran como un océano en el que ansiaba sumergirme para llegar a su mente y desvelar sus pensamientos.
Era otoño y el frío se iba acentuando cada vez más. Era viernes y yo me sentía muy sola. Miré por la ventana y vi cómo el cielo estaba nublado, dándole la bienvenida a una noche fresca de puro otoño. Tenía frío por fuera, pero mucho más por dentro, y mientras fumaba sus cigarrillos me preguntaba dónde estaría él, qué estaría haciendo en esos momentos, si se acordaría de mí. Si él tendría tanto frío como yo.
Pero no, era imposible. Un chico como él tendría cientos de chicas ofreciéndole un encendedor, y aunque yo sabía que probablemente fuera mejor que todas las demás, si él, mi hombre, no miraba con los ojos del corazón, no se daría cuenta. 
Di una última calada al último cigarrillo de Lucky Strike, confiando en que mis sentimientos por él se apagaran al acabarlo. Hacía demasiado frío y hacía demasiado tiempo que estaba sola.

lunes, 13 de febrero de 2012

Entre líneas: capítulo 6


Afortunadamente, en mucho menos de lo que Adrienne esperaba empezó a avistar los indicios de ajetreo propios de la ciudad, aunque fuera sábado. Los edificios comenzaron a sucederse y su tranquilidad incrementó cuando finalmente llegó a su calle y el conductor paró sin más, a la espera de que ella bajara. Al principio no sabía si bajar directamente, si tenía que pagarle o si tenía que decirle algo, pero optó por despedirse educadamente y bajar para alejarse de la locura de la última media hora cuanto antes.
Se dirigió hacia su portal apresuradamente y subió las escaleras de dos en dos hasta que por fin vio la puerta de su casa, la abrió, entró y con su espalda la cerró. Se quedó apoyada en ella y entonces sintió cómo volvía a recuperar la respiración, pues el suspiro de alivio que soltó compensaba el mal trago que había pasado.
No sabía cómo estaba, pero no era exactamente enfadada. Quizás sentía rabia, o vergüenza, pero sobre todo estupidez por haberse dejado llevar tanto cuando Christian la había tratado así, como si fuera una bolsa de basura a la que despachar rápidamente.
Entró en su habitación no sin antes comprobar que estaba sola. Al parecer sus padres habían salido y su hermana con ellos, suponía. Se tiró un poco en la cama para intentar analizar lo que había ocurrido, pero viendo que se estaba volviendo a poner de los nervios decidió ir a la ducha. Abrió el grifo y desde su cuarto puso un cd de jazz con el fin de relajarse mientras se duchaba.
Ya con la toalla y el pelo mojado, cuando iba a ponerse algo cómodo vio el reloj y se dio cuenta de que en media hora entraba a trabajar. Lo había olvidado por completo, así que se peinó y se vistió todo lo rápido que pudo, aun sabiendo que su jefe era muy flexible con ella. Se puso algo de rímel, se coloreó los labios levemente de rosa y en 10 minutos ya tenía los pies en la calle de nuevo.
Eran casi las 4PM y con las prisas no había atinado en elegir una camiseta adecuada, pues a pesar de que era de tirantes era de color negro y se estaba asando de calor. Por lo demás se había colocado sus shorts preferidos y como siempre, sus sandalias.
Por suerte no tardó más de 10 minutos en llegar, así que se recogió el pelo y se puso su mini delantal para comenzar su trabajo.
La tarde transcurrió algo ajetreada, pues al ser sábado y estar en pleno verano hasta los sitios más escondidos como aquél se llenaban de gente. Los clientes –en su mayoría turistas por la zona en la que estaban- eran muy agradecidos con ella y siempre le dedicaban palabras bonitas e incluso algunas propinas (sobre todo los hombres). Por las noches alguna vez cuando se quedaba en la barra se atrevería a decir que más de uno había intentado filtrear con ella, pero lo cierto es que a Adrienne todo le sabía a lo mismo, ya que ella tenía una idea muy definida de lo que un hombre debería hacerle sentir, y en secreto siempre la misma imagen se descubría en su mente, la de Christian.
Cuando tenía algo de tiempo comprobaba el móvil y con pesar comprobaba una y otra vez que no tenía ni una sola llamada ni mensaje de él.
Por la noche todo se volvió más tranquilo, la gente poco a poco fue abandonando el bar para ir a cenar, y como eran pocos los clientes que quedaban su jefe la invitó a tomarse lo que quedaba de noche libre.
- Ayer cerraste tú, puedes marcharte antes hoy. Además, es sábado y tú eres joven, has de aprovecharlo – le dijo amablemente.
- Muchas gracias… pero poco aprovecharé hoy, me temo. Creo que me quedaré en casa y veré alguna película de poca monta para no pensar. ¡Buenas noches!
 Adrienne se quitó el delantal, se soltó el pelo y se lo adecentó. Después cogió sus cosas y salió por la puerta, chocándose con alguien inevitablemente: Christian.
- ¿Qué haces aquí? – le dijo escandalizada – espera, no quiero ni saberlo. ¡Adiós!
Adrienne emprendió rumbo rápidamente pero Christian la frenó cogiéndole la mano.
- ¡Espera! – le dijo – Siento lo de esta mañana, de veras que lo siento. Déjame explicarte por qué.
- ¡No quiero que me expliques nada! Eso me pasa por fiarme del primer extraño que parece que tenga algo más que serrín en la cabeza. ¡Pero no, eres como todos! ¡O incluso peor! Seguro que has visto que hablábamos más en vez de hacer a saber qué y has decidido deshacerte de mí. ¡Increíble! – dijo Adrienne totalmente fuera de sí.
- Cálmate, por Dios, estás dando un espectáculo.
- No me da la gana – espetó Adrienne.
- Muy bien, lo haremos a mi manera.
Christian cogió a Adrienne por las piernas y se la subió al hombro. Empezó a caminar en dirección a un coche mientras soportaba sus pataleos y gritos, como si la estuvieran matando.
- ¡Me estás secuestrando! – le decía ella.
- Hasta que no seas razonable, Enne, tendré que hacerlo así.
 Abrió la puerta trasera del coche y la tiró delicada pero rápidamente dentro, porque la gente empezaba a mirar de forma extraña. Se sentó con ella detrás e indicó al conductor (el mismo de aquella mañana) un nombre.
Pasaron los minutos y Adrienne no decía nada, pero al menos estaba más calmada. Decidió que fuera lo que fuera lo que Christian quisiera contarle, no iba a suponer un peligro para su integridad como persona, y además una parte de ella se moría por estar con él aunque estuviera enfadada (o se lo medio hiciera).
- ¿A dónde me llevas? – dijo Adrienne finalmente.
- A cenar.
- No tengo hambre.
- Tranquila, ya comerás – dijo Christian divertido, para variar.
Cuando el coche paró Christian salió del coche y dio la mano a Adrienne para invitarla a salir, pero en vez de eso ella se deslizó por los asientos de cuero y salió por sí misma.
- ¿Vas a estar enfadada por mucho tiempo?
- El que me dé la gana, secuestrador – dijo ella mientras Christian se reía a carcajadas, lo que provocó una leve sonrisa en ella que por suerte pasó desapercibida.
Entraron a lo que se suponía que era el restaurante y Adrienne se quedó prendada de la esencia del lugar. Parecía como si hubieran retrocedido a los años 50. Grandes lámparas colgaban del techo, sillas que parecían carísimas, un suelo precioso y al fondo un piano que estaba siendo tocado en directo. Christian habló con el mâitre y éste los condujo a una mesa que estaba más apartada de las otras, como una zona pseudo-vip.
Ya sentados, Adrienne se puso roja.
- ¿Qué te ocurre? – dijo Christian.
- Voy súper poco apropiada para un sitio así – y señaló sus shorts y su simple camiseta de tirantes
- Vas perfecta. Además, aquí lo que importa es el dinero que tengas en los bolsillos.
- Y por lo que veo tú tienes mucho, ¿no?
- Algo así. ¿Pedimos?
Después de que se hubieran puesto de acuerdo y Christian hubiera sugerido a Adrienne que pidiera según qué cosas se sumieron en el silencio.
- Adrienne – dijo Christian por fin – siento mucho lo que ha pasado esta mañana. Me gustaría explicártelo de una forma que pareciera convincente, pero de hacerlo sé que no me creerás, porque el verdadero motivo es una locura.
- Prueba – retó a Christian.
- Aunque quiera no puedo. Hay secretos que no nos pertenecen y eso hace que no podamos desvelarlos. Yo guardo un secreto que no es mío y no tengo derecho a contártelo, pero sí puedo decirte que no me deshice de ti porque me hubiera cansado o por lo que sea que se te haya pasado por la cabeza. Estaba disfrutando mucho dd tu compañía, eres como un ángel en mi vida ahora mismo.
Adrienne se puso rojísima pero intentó mantener la compostura aun mirando a Christian y viendo cómo se le ponía otra vez esa sonrisa en la cara, como si la viera como una niña pequeña. Tenía que quitarse todos esos sentimientos contradictorios que tenía por él si quería hacerse valer como mujer.
- ¿Por qué tienes un chófer disponible las 24h? ¿Por qué tienes tanto dinero? ¿De dónde lo sacas? ¿Eres un mafioso/traficante? ¿Traficas con jóvenes?
- JAJAJAJA, de verdad, tu mente no tiene límites, Enne – dijo Christian divirtiéndose.
- ¿Por qué me llamas Enne? – dijo Adrienne sorprendida porque era la segunda vez en la noche que lo hacía – Nadie me ha llamado nunca así. ¿Por qué no has optado por Adri? Es lo más común.
- Y lo más obvio, también. No me gusta Adri, pero Enne queda muy bonito, y te pega más cuando das pataletas como una niña mimada.
- Es lo que pasa cuando un desconocido te secuestra. En fin, contéstame – dijo Adrienne.
- Está bien, veamos… Yo no soy de París. Mi madre sí lo era y por eso sé francés, pero he vivido la mayor parte de mi vida en Londres. No te puedo contar demasiado, pero… mi madre murió hace años, después de casarse con un hombre… peculiar. Mi vida en Londres estaba siendo demasiado dura y falsa, porque por una serie de… compromisos tengo que hacer cosas que no forman parte de mi forma de ser como persona, que no quiero hacer, así que desaparecí, vine a París a dedicarme a lo que verdaderamente me gusta: escribir, por eso me veías por el bar. Lo elegí porque sabía que nadie me encontraría ahí, y luego, bueno… digamos que tuve un aliciente – dijo Christian al tiempo que guiñaba un ojo de forma cómplice a Adrienne – El caso es que tarde o temprano acabaron por encontrarme y tuve que volver a Londres, por eso has estado medio año sin verme. Ahora lo he vuelto a intentar, pero por lo que veo siguen mis huellas con detalle. 
 - Vaya… - dijo Adrienne, en parte avergonzada porque lo que le estaba contando Christian no era cualquier cosa.
- Esta mañana ha llamado una persona relacionada con todo ese problema, está aquí y quiere convencerme para que vuelva. Allí las apariencias son muy importantes y el hecho de que yo esté aquí contigo ahora mismo les jode todos los planes. Por no hablar de las pérdidas económicas que supone para ellos.
- No entiendo nada. ¿Eres importante en Londres? ¿Eres famoso?
- No del tipo de famoso que crees, pero sí, de alguna manera se me conoce.
- ¿Y qué es lo que te hace tan infeliz de estar allí?
- Que todo lo que me rodea no tiene nada que ver conmigo. Antes estaba mi madre y ella era el punto de apoyo, quien me hacía recordar que yo era quien soy y no la farsa en la que vivíamos. Pero ahora ella no está y la echo mucho de menos, es imposible soportar todo el teatro que montó yo solo, principalmente porque no creo en él, y ese entorno es de todo menos bueno, créeme. Me rodeo de gente que no mira por mí, sino por lo que pueden obtener a través de mí, y sobre todo porque hago cosas que no haría si dependieran de mí... Es todo demasiado complicado. Lo que quiero que sepas con todo esto es que lo que hice esta mañana tuvo como único objetivo protegerte a ti, evitarte la posibilidad de verte envuelta en un asunto que no tiene nada que ver contigo, y que una de las peores cosas de volver a Londres durante este tiempo fue que ya no podía verte leer en el bar en el que ahora trabajas.
Se quedaron en silencio, en parte porque Adrienne no tenía muy claro qué decir. ¿Era una especie de declaración o simplemente era una excusa para justificar su lamentable comportamiento durante la mañana? En cualquier caso se sentía hasta agradecida, y de repente empezó a valorar lo importante que era para ella que él estuviera aquí. Hablar de aquellos meses era recordar la de días que había pasado yendo al bar sólo para ver si encontraba a Christian enfrascado en su Mac escribiendo con esa sonrisa de quien posee el conocimiento absoluto sobre las cosas.
Poco a poco fueron retomando la conversación hacia cosas más banales. Recordaron la noche anterior e intentaron cronificar los hechos. Tal y como se temía Adrienne, ella había salido mucho peor parada que él, pues Christian recordaba casi todo mientras que ella tenía un lío mental bastante importante.
Al final de la velada Christian pagó e invitó a Adrienne a levantarse de la silla y salir con él. Mientras ella se levantaba él le cogió la mano momentáneamente, y parecía que no la iba a soltar, pero las circunstancias y el surrealismo de todo el asunto hizo que finalmente ambas manos quedaran separadas.
Caminaron hasta el coche y esta vez fue Christian quien condujo. Adrienne le preguntó dónde estaba su chófer, y él le contestó que le había dado el resto de noche libre, alegando que prefería ser él quien condujera porque le daba más libertad y se sentía más cómodo. Adrienne también lo prefería porque le daba más intimidad para hablar.
Christian puso algo de jazz mientras la llevaba a casa. Tuvieron una agradable conversación mientras se perdían entre las luces y los turistas de París. 
 - Hoy parece viernes, no sábado – dijo Adrienne.
- ¿Por qué lo dices? – dijo Christian mientras conducía.
- No sé, los sábados es un día más de salir de fiesta, de estar con los amigos, de hacer locuras… Esta noche ha parecido más una noche de viernes, por lo de la cena, el paseo, las conversaciones profundas…
- Dicho así parece una noche de amantes – dijo Christian empezando la broma de nuevo.
- Ah, ya, bueno, no me refería a eso, yo… - y se calló porque se estaba empezando a avergonzar de nuevo – Eres odioso – terminó por decir, pero acabó riéndose, contagiada por su risa risueña tan hechizante.
Cuando llegaron a su calle, Christian dejó el coche en doble fila y se acercó hasta la puerta del copiloto para invitar a salir a Adrienne. La acompañó hasta su portal, y una vez ahí, le preguntó:
- ¿Me has perdonado ya?
- No lo sé, la verdad. Hay algunas cosas en tu historia que parecen demasiado irreales, así que aún no he decidido si creerte o no. 
 - ¿Nada de lo que te he dicho te parece sincero? Hay cosas que te he contado que no tienen que ver con lo de esta mañana, que son parte de mi vida.
- Bueno, puedo creer que este tiempo que has estado desaparecido era porque no estabas en París.
- ¿Y me crees cuando te digo que te eché de menos y que esta mañana estaba encantado teniéndote en mi casa?
- No lo sé – dijo ella secamente.
- Enne, no me dejas otra opción.
- ¿De qué hablas?
- Te diría que lo siento, pero creo que no va a ser el caso.
En ese momento Christian cogió por la cintura a Adrienne para tenerla más cerca, acercó su cara a sus labios rosados y la besó. Fue un beso lento, tierno y húmedo. Al principio Adrienne se quedó demasiado sorprendida y no supo qué hacer, y Christian estuvo un poco a la espera por miedo a estar haciendo lo incorrecto, pero las ganas de volver a sentir sus labios le superaban y si su reacción era mala ella se lo haría saber enseguida, así que la volvió a besar. Esta vez fue con más pasión, le cogió la cabeza y la acercó más a él, mientras Adrienne sentía cómo se quedaba sin aire.
Christian se dijo que estaba siendo demasiado, y a pesar de que el beso había durado sólo unos segundos, decidió parar.
- Creo que es el momento de poner stop o al final puede que te arrepientas de no haberme parado.
Adrienne se veía incapaz de articular palabra
- ¿Por qué lo has hecho? – preguntó al final
- Para que al menos creas que te eché de menos y que pienso en ti.
Adrienne miró al cielo, viendo imposible poder procesar nada de lo que estaba pasando, y suspiró.
- Está bien, Enne, calma – dijo mientras le apartaba un mechón de la cara poniéndoselo detrás de la oreja – Voy a estar por aquí y espero no tener que irme a Londres aún. Llámame cuando quieras hablar, de esto o de lo que sea.
- Ni siquiera tengo tu número – le dijo.
- En realidad sí que lo tienes. Cuando te caíste en redondo en el sofá, antes de llevarte a mi cama, te lo guardé en tu móvil, simplemente no has tenido tiempo de darte cuenta.
- V-vale – dijo, aún más perpleja. Demasiada información.
- Sube a casa, Adrienne – le dijo mientras le daba un beso en la frente – Llámame.
Adrienne se quedó en el portal hasta que vio cómo Christian subía al coche y se alejaba, difuminándose con las luces parisina, sintiendo que se llevaba un trozo de su corazón con él. Y de su respiración.
Sólo cuando subió por las escaleras hacia su casa se dio cuenta de que el corazón le iba a mil por hora.

domingo, 29 de enero de 2012

Lucky Strike

Sólo tengo que cerrar los ojos para notar el humo en mi cara otra vez. En cuanto pauso la realidad se aparece ante mí un nuevo escenario en lazo rojo, y yo quiero ser esa curva que lo adorna y le da sentido, capaz de hacer descarrilar hasta a la mente más sensata, porque yo no entiendo de razones.

Él no está en escena pero sé que ha encendido su cigarrillo, y lo sé porque le siento. Siento cómo la llama de su encendedor ilumina mi alma como si me estuviera llamando, porque en el fondo es justo lo que está haciendo. Por eso de repente veo que está ahí, justo en frente de mí, me mira desafiante y con una sonrisa que me deja claro que ha venido a ganar. Lo más sorprendente es que ni siquiera le he explicado cuál es mi juego ni cuáles son mis reglas , pero no hace falta porque el hombre del cigarrillo huele mi alma de la misma manera que yo huelo en mi pelo el humo que expulsa de su boca, como si fuera él quien estuviera besando mis rizos.

En esos momentos sólo quiero formar parte de él, quiero ser él. Si tuviera que convertirme en nicotina para que me inspirara y así estar más cerca de su alma, o en boquilla para probar el roce de sus labios, sin duda alguna lo haría. Hasta sería capaz de sustituir a alguna de sus putas particulares por una noche sólo para que fuera mío y poder morderle el cuello, arañarle la cordura  y dejarle mi esencia carmín en cada poro de su piel, y no harían falta ni mis tacones, ni mis vestidos de femme fatale ni mi pelo rebelde, pues llevaría los labios rojos y el alma sucia, y con eso sería suficiente.

Pero aquí estoy delante de él, viendo cómo poco a poco consume su cigarrillo y siendo consciente de que mi hombre me ganó desde que me miró con aquellos ojos, cambiando todas las reglas del juego habidas y por haber, si es que se trataba de un juego. Y a pesar de que le dejaría acariciar mis secretos y caminar por mis senderos de pasión, y aun volviéndome casi loca por querer conectar su decadencia con la mía, sabía que por el momento tendría que seguir conservando mis propios Lucky Strike. Just in case.

lunes, 23 de enero de 2012

Entre líneas: capítulo 5

Adrienne sintió como si alguien estuviera sentado encima de su cabeza, la presión era insoportable. Intentó abrir los ojos pero una luz cegadora la disuadió de morir de forma tan estúpida. Al moverse sintió como las sábanas retenían todo el calor y la hacían sentir pegajosa. Cuando consiguió abrir los ojos al principio se asustó:

-    ¿Dónde estoy? – se dijo

Una estancia totalmente acristalada en medio de la nada, porque sólo veía árboles. Una mesa de escritorio a la izquierda, a la derecha una estantería con algunos libros... Estaba en una habitación, y tenía claro que no era la suya, pero no alcanzaba a recordar cómo había llegado ahí.

Se levantó de la cama y se estiró, y descalza empezó a recorrer toda la estancia, aunque estaba demasiado espesa como para fijarse en nada en particular. Cerca de ella vio un espejo y se acercó, y cuando vio sus pintas se puso de los nervios. Su pelo liso estaba enmarañado y el rímel se había corrido dejando alrededor de sus ojos manchas negras como si de una vagabunda se tratara. Y fue cuando de repente recordó.

-    ¡Christian! – pensó

Recordaba haberle encontrado en el bar de casualidad y de lo feliz que se sintió por dentro al verle y saber que al menos seguía vivo. Recordó cómo empezaron a beber, y a partir de ahí varias imágenes inconexas y con muchas lagunas de por medio poblaron su mente. Ni siquiera recordaba cómo había llegado a lo que probablemente sería la casa del desconocido Christian.

-    Ya hay que ser tonta, te has lucido, chata, – pensaba para sí misma – la primera vez te invitó a acompañarte a casa, le dices que no despavorida y la siguiente vez que lo ves dejas que te lleve a una casa de no sé sabe dónde sin tener ni idea de cómo apañártela.

Supuso que Christian estaría por algún rincón de la casa, o igual ni siquiera estaría, pero en cualquier caso eso le daba algo de tiempo para no parecer tan patética con su aspecto. Buscó con la mirada alguna puerta que indicara un baño y por suerte lo encontró a la primera, porque estaba dentro de la propia habitación.

No tuvo palabras para lo que vio al entrar. Era simplemente precioso. Más grande que la propia habitación casi, acristalado todo también. El suelo era de mármol y estaba fresquito, cosa que Adrienne agradeció porque con el calor de la luz solar se había agobiado un poco. Las paredes eran marrones de un material que no supo adivinar pero que le daba un toque rústico sin dejar de ser moderno, y el lavabo se tendía como un gran rectángulo de madera que se suspendía en el aire. La ducha, de cristal por completo, era una maravilla. Se sintió tentada de ducharse y de usar cada cosa que había en el baño, pero teniendo en cuenta toda la incertidumbre que llevaba encima optó por el plan inicial. Se lavó bien la cara y después de volver a salir para buscar su bolso y entrar de nuevo, sacó un peine de él y se peinó. No es que hubiera ganado mucha presencia, pero al menos estaba presentable y lista para afrontar lo que fuera que tuviera que descubrir, porque lo cierto era que se había despertado en una cama en la que no sabía ni cómo había llegado.
 
Salió de la habitación y apareció ante ella un pasillo en ambas direcciones. Escogió la izquierda y afortunadamente dio con el salón. No entendía cómo podía haber tanto lujo en la casa de un chico de 27 o 28 años. Se trataba de una estancia amplia, con dos sofás grandes en perpendicular, de piel y de color beige, una chimenea en la pared, una tele de plasma considerablemente grande, y muchas más cosas que no veía porque estaba más pendiente de buscar a Christian. ¿Dónde se habría metido?
 
De repente escuchó un ruido procedente de una de las habitaciones contiguas al salón. La puerta estaba entrecerrada, pero al asomarse por la rendija vio que dentro había alguien. Abrió la puerta y efectivamente, ahí estaba Christian, como si la noche no le hubiera pasado factura, pues estaba tremendamente guapo. Su pelo moreno le hacía mucha justicia y la luz natural que entraba por las inmensas ventanas hacía que sus ojos verdes brillaran más que nunca. Llevaba una camiseta roja de algodón y lisa, y unos vaqueros, aunque no estaba segura porque la mesa le tapaba.
Christian levantó la vista en cuanto ella entró y con una sonrisa divertida le dijo:

-    Buenos días, Adrienne. ¿Qué tal has pasado la noche?

Adrienne enrojeció, porque no tenía ni idea de cómo la había pasado, pero estaba claro por su sonrisa que él sí lo sabía, lo que hacia las cosas aún más difíciles.

-    No lo sé, dímelo tú – le contestó desafiante, pero le duró poco la fachada – En realidad no tengo ni idea, – dijo sumida en la preocupación – no recuerdo nada…

-    Lo suponía, no ibas muy fina ayer cuando llegamos

-    ¿Hice alguna tontería?- dijo Adrienne mientras se autoinvitaba a sentarse en una de las sillas que había en frente de la mesa en la que él estaba.


-    Bue… las justas y propias de una post-adolescente borracha y con ganas de pasarlo bien – Christian notó que Adrienne se ponía rojísima y estalló en risas

-    ¡No te rías! – le recriminó Adrienne - ¿Hemos…?

-    ¿Pasado la noche juntos? – acabó Christian

-    Sí – dijo Adrienne

-    Bueno, teniendo en cuenta que llegamos a las 4 de la mañana aproximadamente, ya es como para decir que pasamos casi toda la noche juntos…

Adrienne rabiaba como nunca.

-    … pero no, - continuó Christian – caíste redonda en el sofá y el único acercamiento que tuvimos fue el mío al llevarte cual saco de patatas hasta mi cama para que durmieras cómoda.

-    ¿Y dónde has dormido tú?

-    En esta casa hay habitaciones de sobra, como ya habrás podido comprobar por ti misma

-    La verdad es que es una casa preciosa – dijo Adrienne mientras volvía la vista hacia el estudio en el que estaban y se volvía a maravillar con la cantidad de libros, cuadros y estilo que ocupaban todo el lugar – Tienes buen gusto.

-    Gracias

-    ¿De dónde sacas el dinero? Es una casa carísima

-    Bueno, pues…

-    Y por cierto, ¿dónde estamos? Sólo veo árboles  y más árboles, como si estuviéramos en el bosque.

-    Es donde estamos, querida, pero no te preocupes, tu querido París está más cerca de lo que crees.

Christian se levantó de la mesa y fue hacia el cristal de atrás, cubierto con una ligera cortina, y la apartó. Al principio Adrienne no se acordó de que él le pretendía enseñar algo, pues lo único en lo que podía fijarse en ese momento era en lo bien que iba vestido, lo increíblemente atractivo que le resultaba y lo lejos que probablemente estaba de ella.

-    ¿Adrienne?

-    Sí ¡Anda, es París!

Adrienne miró por primera vez a la ventana y vio al fondo la Torre Eiffel y toda su ciudad encantada, llena de arterias que entraban hasta los rincones más profundos de La ciudad de las luces.

-    Parece que esté muy lejos, es… liberador.

-    Sí, es como si lo malo que dejamos allí se quede allí – dijo Christian – menos si lo malo te acompaña a cada sitio.

Ambos estaban mirando embelesados París desde aquella ventana de la lejana casa ubicada a las afueras, donde al parecer nadie podía llegar a ellos. De repente, Adrienne miró a Christian y se ruborizó. Christian la miró e hizo ver como si no se hubiera dado cuenta, pero lo cierto es que su sonrisa era capaz de revelar casi todos sus secretos, pero para cuando iba a enfadarse caía prendida de la curva que sus labios le regalaban, sus dientes perfectos ordenados y sus ojos verde esmeralda, todo en conjunto era indescriptible para ella. En medio de su enajenación mental notó como Christian miraba a su pelo, primero con el ceño fruncido y luego con otra sonrisa. Sin ser capaz de reaccionar vio como él acercaba la mano a su pelo y lo tocaba. Adrienne estaba extasiada, el corazón le latía a mil por hora y estaba a punto de hiperventilar, pero la adrenalina duró poco, pues en menos de un segundo vio frente a ella una pluma sujeta entre los dedos de Christian, y una risa amable salió de su boca:

-    No sabía que te habías peleado con mis almohadas esta noche, Adrienne – dijo divertido.

-    Oh, vaya… Una pluma – dijo y dejó soltar un suspiro de alivio y pesar.

Adrienne volvió a la silla en la que había estado sentada un buen rato ya, dispuesta a seguir con la conversación cuando el teléfono de Christian sonó.

-    ¿Sí? – dijo con una mirada desconfiada al número que aparecía en su pantalla

De un momento a otro Christian pasó de estar tranquilo y simpático a quedarse blanco, y empezó a ponerse bastante nervioso.

-    No, te dije que no… ¡No! ¿Queréis dejarme tranquilo? Ya os dije lo que había, y no he cambiado de parecer… ¡Cállate! No voy a volver, ¿me oyes? […] ¡Mierda!

Christian colgó el teléfono y se quedó quieto, con la mirada fija a la ventana, como si estuviera procesando nueva información, y acto seguido comenzó a dar vueltas por la habitación. Parecía que estuviera yendo a contrarreloj.

-    ¿Christian…? ¿Va todo bien? – preguntó Adrienne, temerosa

-    No, no va nada bien. Escucha, Adrienne, necesito que te vayas.

-    ¿Qué? ¿Cómo? ¡Ni siquiera sé dónde estoy! – Adrienne empezó a hiperventilar

-    ¡Relájate! ¿Sabes conducir?

-    ¡NO!

-    Vale, bien. Dame 1 minuto.

Christian marcó un número de teléfono y tuvo una conversación rápida:

-    Necesito un coche en la casa Saunière para ya. No, para ya es YA. Es urgente. Sí. Subirá una señorita y le indicará dónde tiene que llevarla. Gracias.

Christian colgó.

-    Muy bien, Adrienne, necesito que salgas de la casa ya. En breves habrá un coche en la puerta de atrás esperándote. No te preocupes, es de confianza, te llevará a tu casa o donde tú quieras. Escúchame bien, necesito que no le cuentes esto a nadie.

-    ¿No me vas a contar qué está pasando? – inquirió Adrienne

-    Ahora no tengo tiempo, necesito que salgas ya.

-    Pero, ¿cómo…?

-    Lo siento, Adrienne, sal – y la llevó hasta la puerta, la abrió y la dejó en el rellano – Te recomiendo que me hagas caso, en cuanto pueda me pondré en contacto contigo.

Y cerró la puerta. Adrienne estaba perpleja. Se sentía estúpida, humillada y ultrajada, tratada como si fuera peor que un objeto. Bajó en el ascensor y salió por la puerta principal, pero dio la vuelta al edificio y llegó a la parte de atrás, donde había una carretera que a simple vista pasaba desapercibida y en ella un coche negro esperándola. Estaba muy asustada pero intentó conservar la calma porque Christian no parecía una mala persona, probablemente se trataría de un asunto familiar o quizás simplemente estaba loco, pero era malo.

Saludó tímidamente a quien parecía ser el chofer y subió al coche.

-    A la Rue due Rocher, por favor.

El coche arrancó y Adrienne deseó que el trayecto no durara mucho, porque en esos momentos todo estaba sembrado de una duda de lo más inquietante.





¡Hola! En primer lugar: ¡gracias a los nuevos lectores! Me alegráis sabiendo que seguís la historia, y a los de siempre ya sabéis que estoy enormemente en deuda con vosotros por acompañarme desde hace ya tanto tiempo.

Intento avanzar con la historia cuanto puedo, ahora es bastante difícil porque estoy en medio de exámenes, pero os escribo para deciros que de momento tengo intenciones de continuarla un tiempo más. Por eso mismo os quiero pedir a todos que cuando leáis un capítulo, si os gusta, votad positivamente y lo que es más importante, ¡dadle la mayor difusión que podáis a través de las redes sociales! Para mí es muy importante llegar a cuantas más personas mejor, y no cuesta nada! Es tan sencillo como dirigirte al final de la entrada y ver los distintos recuadritos que por orden son: Gmail/blogger/twitter/facebook/Google+, y darle click a la red social o medio que más utilices. Automáticamente te saldrá una ventanita y sólo tendrás que darle a compartir, ¡para mí es un mundo! Os estaré muy, muy agradecida.

¡Hasta el capítulo 6!
Srta. Nostalgia




sábado, 21 de enero de 2012

Entre líneas: capítulo 4

El frío y el mal tiempo habían vencido y dado paso a un clima mucho más agradable y cálido: se acercaba el verano. Los abrigos y jerseys habían sido recluidos de nuevo en sus jaulas invernales y los vestidos con estampados, la manga corta y las cardigans estaban conquistando en cada rincón de París.

En menos de un suspiro junio había llegado y con él la promesa de un calor abrasador y mucho, mucho tiempo por delante. Adrienne había terminado ya sus exámenes y dicho adiós a un curso de todo menos bueno. Daba gracias por poder dejarlo en el pasado y simplemente mirar al futuro, pues no había sido un buen año. Como de costumbre estaba bastante sola, pero no le importaba, llegados a este punto se sentía lo suficientemente cómoda con su soledad como para echar de menos a las personas, pero lo cierto es que siempre que pensaba en ello se le venía a la mente la imagen –ya borrosa- de aquel chico misterioso con el que compartió un mes de letras y sonrisas, y la punzada molesta volvía a aparecerle cual espina, pero se había resignado a aceptar que no volvería a verle y no le suponía más problema que unos minutos de tristeza. Sin embargo, nunca dejó de ir a aquel bar para aumentar la cantidad de recuerdos que él de por sí ya tenía, y se hizo tan habitual que al final acabó haciendo amistad con el propietario. Se trataba de un hombre bastante mayor que lidiaba con el negocio por amor al arte. Sus beneficios eran escasos y apenas pasaban clientes, pero amaba ese bar con todo su corazón, y por ello cada mañana abría sus puertas a los pocos curiosos que quisieran adentrarse en aquel mundo de historias secretas y melodías encerradas que escondían sus paredes.

Cuando la primavera comenzó a hacer mella, Adrienne propuso al dueño ayudarle con algo de publicidad, después de todo el bar estaba bien situado y tenía mucho encanto, lo único que le faltaba es que la gente supiera que existía, por lo que se dedicó una semana entera a poner anuncios en los alrededores invitando a la gente a acercarse, con ofertas en café y repostería suculentas y buen ambiente. Incluso consiguió que alguna noche viniera alguien a tocar con la guitarra, lo que atrajo a más clientes. Con todos estos buenos resultados, el dueño – Pierre- decidió que Adrienne era justo lo que necesitaba para el verano, y dado que él cada vez se encontraba en peores condiciones, poco a poco fue dejando caer el peso del negocio en ella, cosa que no le importaba en absoluto, pues amaba aquel lugar como si fuera suyo y quería que la gente pudiera conocerlo también y dejarse llevar por sus encantos.

Un día de julio que Adrienne tuvo libre fue a cenar con una amiga con la intención de sociabilizarse e intentar cuidar las pocas amistades que tenía. Aquella noche su pelo estaba más pelirrojo de lo normal, debido al fuerte sol de aquel mes. Le caía por los hombros en ondulaciones casi perfectas, y sus labios rojos eran un destello en la nocturnidad parisina. Sus pies calzados con unas sencillas sandalias marrones con piedras incrustadas y un vestido beige de lino perfecto para una noche veraniega.

Cuando se despidió de su amiga siguió paseando un rato, dejándose enamorar por cada luz, por cada sonido, por cada olor de aquella ciudad maldita. La falta de sueño, o el aburrimiento, o el cariño que sentía hacia el bar o su segunda casa, hizo que decidiera pasarse por allí para comprobar que todo estuviera bien y charlar un rato con el dueño y su mujer si estaba por allí.

Desde lejos vio que las luces seguían encendidas, pero la calle en sí estaba poco transitada, por lo que no debería de haber mucha gente tomando algo ya. Entró y se dirgió rutinariamente a la barra, donde se encontraba Pierre con su mujer. La noche había sido ajetreada pero llevable, y ahora estaban haciendo caja y a punto de cerrar. En un acto de altruismo y bondad desinteresada invitó a ambos a irse a casa, ofreciéndose a cerrar ella misma. Todos sabían que acabaría mucho antes ella si lo hacía todo, así que no opusieron mucha resistencia.

Al verlos salir, Adrienne cogió un taburete, lo entró en la barra y se puso a hacer caja desde el principio. Periféricamente veía dos mesas que aún estaban ocupadas, una de ellas se levantaba para irse. Era una pareja, probablemente un matrimonio, a los que ya había visto alguna vez esporádica. Les dio las buenas noches sabiendo que ya habían pagado, posó la vista en la otra mesa y siguió haciendo cuentas. Pero de repente paró. No podía ser, algo había pasado. Posó de nuevo la vista en la última mesa que quedaba y sus ojos no podían dar crédito a lo que estaba viendo en ese preciso momento. Un chico solo bebiendo un vodka solo, con la mirada fija en ella, sonriendo divertido. Era él.

- No sabía cuánto tiempo iba a pasar hasta que te dieras cuenta de que estaba aquí. O si te acordarías siquiera de mí – dijo desde el otro lado del bar, donde se situaba.

- ¿Christian? – preguntó Adrienne temerosa, mientras se acercaba a su mesa- ¡Eres tú! – dijo cuando ya estaba lo suficientemente cerca de él - ¡No me lo puedo creer! – se sentó en la silla libre y dio un golpe en la mesa que sonó demasiado en todo el bar – Uy, perdón…

- Hola, Adrienne, cuánto tiempo. Te veo muy… morena

Adrienne se quedó confusa. ¿Morena? ¿En serio? ¿Eso era lo más ingenioso que se le ocurría después de medio año desaparecido?

- Mmm, bueno, es que es verano, ya sabes… El sol, y esas cosas… - Adrienne no podía sentirse más estúpida en esos momentos – Bueno, ¿qué ha pasado con tu vida? Te creía muerto.

- En cierto modo lo he estado, han sido unos meses horribles, sólo quiero olvidarme de ellos con este vodka, o con lo que queda de él

Adrienne percibió una ligera embriaguez en sus palabras, y no pudo evitar reírse

- ¿De qué te ríes?

- Estás borracho, ¿verdad?

- No, mucho… JAJAJAJA. Bueno, vale, un poco sí. ¿Te molesta?

- En absoluto, es de lo más divertido.

- Lo será más cuando seamos dos borrachos. Te invito a una copa, aunque el dueño ya se ha ido. ¿Por qué se ha ido sin cerrar el bar? Es tonto.

- Ahora trabajo aquí, Christian, soy yo quien cierra el bar.

- Ah, qué bien. Entonces cóbrate tu copa de aquí y ponme otra a mí – dijo a Adrienne sacando un billete de cincuenta de un fajo de billetes de cincuenta que llevaba consigo.

- No te preocupes, a ésta invita la casa.

Adrienne apartó la mano con el billete de Christian y se fue hacia la barra. Christian observaba detenidamente las curvas que dibujaban su silueta en el vestido de lino y se quedaba literalmente embobado.

- Vas muy guapa, Adrienne.

- Oh, gracias, supongo – dijo mientras servía dos vodkas (uno puro, otro con lima, para ella)

- El verano te sienta bien, no como a mí.

- Tienes que salir más a la calle, parece que hayas estado encerrado sin ver la luz del sol durante meses – dijo Adrienne dándole su vaso a Christian

- Lo importante es que ahora ya estoy en la calle y tengo la suerte de estar celebrándolo con una pelirroja a la luz de París con dos vodkas como Dios manda. ¡Brindemos!

Una hora más tarde Adrienne estaba que se subía por las paredes, a pesar de que había bebido infinitamente menos que Christian, el cual iba bastante pasado también.

- Y es como, ¿hola? ¿Es necesario que todos seáis tan increíblemente subnormales y superficiales? Ya te lo digo yo: NO.

- Cuánta ira, mujer, no es para tanto, no están a tu altura. ¿Quién puede estarlo? ¿Eh?

- Cualquier persona que sepa calzar unos buenos tacones

- ¿Siempre has de tener salida para todo?

- Sólo cuando estoy borracha. Y tengo que cerrar el local, ¡es muy tarde! Me van a matar mañana y mis padres lo harán esta noche. Soy un desecho humano y una desgracia de persona

- No eres nada de eso

- ¡Lo soooy! Y tú cállate porque no me conoces – le dijo sonriendo burlonamente (y muy borracha)

Adrienne se levantó para cerrar el local y por poco se come el suelo, suerte tuvo de que pudiera apoyarse antes en uno de los pilares del bar.

- JAJAJA, todo me da vueeeltas.

- Adrienne, creo que vas más borracha que yo, vámonos a casa.

- ¿A qué casa?

- A la mía, mi parte sobria me impide abandonarte en la noche parisina en ese estado, y si te tengo que acompañar y luego volver puedo morir en el intento.

- ¿Qué? – dijo Adrienne, que no había entendido una sola palabra.

- Nada, compartamos taxi.

- Yujuu, ¡aventuras en París!

Christian llamó como pudo a un taxi mientras Adrienne cerraba el bar. Esperaron no se sabe cuánto porque ninguno de los dos era realmente consciente del paso del tiempo en esas condiciones, y ella tampoco supo calcular cuánto tardaron en llegar a casa de Christian, pero no estaban cerca del centro.

Era un ático gigante, y no hizo falta que Christian invitara a Adrienne a pasar y a sentarse en el sofá, ella sola tuvo que hacerlo por cuestiones de vida o muerte.

- Todo me da vueltas, Christian...

- Cuando se me pase un poco mi estado de embriaguez haré café o agua o lo que sea.

- El agua no se hace, tonto.

- N’importe quoi

Adrienne se quedó apoyada en el respaldo del sofá. Todo estaba apagado, la única luz venía de la luna de París, y así era mejor, porque ninguno de los dos hubiese soportado claridad lumínica en ese momento. Miró a Christian y vio el reflejo de sus ojos perdidos en a saber dónde. Quería poder meterse en su cabeza y saber qué estaba pensando, quería saberlo todo de él.

- Ojalá no hubieras desaparecido.