Nunca fui una chica con demasiadas amistades, a pesar de ser
increíblemente extrovertida. En algunas épocas simplemente no las necesitaba,
pero en otras no sabía cómo tenerlas o mantenerlas aunque las deseara. Esta situación
implica mucha soledad, pero a mí no me importaba, porque la aprovechaba para
crear mi mundo interno, el cual me satisfacía enormemente. Un mundo en el cual
una niña de 12 años se pasaba las tardes escribiendo historias ficticias,
encerrada en su habitación cantando durante horas y horas, o tumbada en la cama
absorbiendo libros uno detrás de otro, en vez de salir a la calle con sus
amigas a jugar, a pasear o a hacer cualquier otra actividad más adecuada para
la edad (que no significa que no lo hiciera a veces).
Tenía un don, y aunque no lo sabía, lo disfrutaba. Recuerdo
cada uno de mis personajes desde el primer fanfic que hice con 12 años hasta el
día de hoy, y también recuerdo todas las coreografías que he creado para
concursos, para finales de curso, etc. Tengo una imagen muy nítida de todos los
dibujos horrorosos que he hecho durante mi adolescencia y que sin embargo me
encantaban, y el bienestar que sentía cada vez que conseguía llegar a esa nota
altísima que era imposible para mí. Tengo mucho cariño a todo el arte que sin
darme cuenta he ido creando desde que tengo conocimiento de causa.
Había otra cosa que me encantaba también: los estudios. No
me confundáis, ponerme a estudiar era un rollo, ¿a quién le gusta? Pero me
encantaba el éxito desde muy pequeña. Respiraba y vivía por cada buena nota que
sacaba, era mi mayor objetivo. No era nada difícil de conseguir, a día de hoy
me pregunto cómo conseguí hacerlo tan bien durante tantos años. No fallaba
nunca, mis notas eran increíbles, mis conocimientos eran puros y nadie podía
conmigo. Era mi rol en el colegio y en el instituto. Es posible y estoy
convencida de que resultaba pedante a muchas personas, pero a lo largo de mi
caótica e inestable vida tener algo que siempre era constante y predecible, que
nunca cambiaba, era un punto de respiro y bienestar que compensaba todo lo malo.
Cuanto peor estaba emocionalmente mejores resultados académicos obtenía. Nunca
quise ser mediocre y nunca lo fui. Quizás mi vida era una soberana mierda, pero
el arte que creaba y el éxito que tenía me hacían sentir menos desgraciada.
A estas alturas del texto habrán supuesto que soy muy
ambiciosa e inconformista. Dicen que son cualidades buenas porque te hacen
esforzarte más, pero que también pueden ser un castigo si no sabes cuándo
parar.
¿Hasta cuándo vale la pena mantener niveles de infelicidad
altísimos por conseguir un objetivo que rozando una duración crónica, tras
muchos intentos, no está ni siquiera un poco más cerca?
Hagan sus apuestas.
La infelicidad nunca compensa sólo por alcanzar metas que en ningún lugar están escritas. La infelicidad llega y se soporta por circunstancias que no podemos evitar o que, aun evitables, de evitarse, llevarían a la infelicidad mayor en momentos futuros. El futuro es un invento de alguien interesado en tenernos respirando a medio pulmón todo el día. La ambición es fantástica y produce una gran sensación de empoderamiento que en ocasión nos enajena... Pero si la cuerda aprieta mucho, no es mala opción reajustar los objetivos. A veces corremos tan rápido en busca de El Dorado, que no nos damos cuenta de que lo hemos dejado atrás. Vamos... Eso dicen por ahí.
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