Eternidad

*Recuérdame como un día imaginaste que fui

martes, 28 de febrero de 2012

Entre líneas: capítulo 8


Adrienne se paró a pensar por un momento. Por fin tenía la oportunidad de conocer a Christian, de saber en qué andaba  metido y por qué tenía tantos problemas. Sin embargo, en lo único que podía pensar era en que estaba frente a ella, con una belleza propia de alguien que sabes que se va a marchar y no verás en no se sabe cuánto, y no podía concentrarse. Sus ojos profundos, su boca insinuante y hasta aquellos resquicios de barba la hechizaban por completo. Intentaba concentrarse para comenzar a formular las preguntas, pero sin darse cuenta Christian le preguntó si estaba bien porque estaba hiperventilando.
- Sí, estoy bien – dijo Adrienne- No, no lo estoy. No quiero que te vayas. Eres la única persona valiosa en mi vida, no se me da bien la gente y mi vida es aburrida. No soporté que desaparecieras durante medio año y no puedo soportar que te vuelvas a ir. – Sentía que las lágrimas comenzaban a poblar la cara y en ese instante supo que no podría mantener la postura por mucho más tiempo – Tienes que quedarte, por favor. Me iré contigo si hace falta, pero por favor, no te vayas. Por favor…
A Christian le partía el corazón ver a Adrienne, que siempre era tan fría con él, deshaciéndose en lágrimas y suplicándole que no se fuera. Sus ojos cristalinos provocaban en él una profunda tristeza.
- Vas a estar bien, Enne, te lo prometo. No te voy a abandonar, ni voy a dejar de preocuparme por ti. Estarás bien.
- No estaré bien, ¡no lo estaré! No estarás aquí…
- ¿Y por qué te importa tanto eso, de repente? Hace un rato no querías ni verme.
- Porque te quiero.
Adrienne lo vio todo claro entonces. Aun sabiendo que en el futuro próximo se arrepentiría, decidió que esa noche no necesitaba saber la verdad sobre Christian, no necesitaba conocerle. Lo único que necesitaba era que él la amara, y que mientras la luna los mirara pudieran olvidar que en unas cuantas horas se separarían hasta no sabían cuándo.
Antes de que Christian pudiera reaccionar a sus palabras decidió dejarse llevar, obviando el miedo al rechazo que sentía en esos momentos. Se sentó encima de él y comenzó a besarle pasionalmente. Llevaba milenios esperando el momento en el que dejara de controlarse y por fin transmitiera a Christian todo lo que ella sentía en forma de amor. Porque por mucho que quisiera engañarse una cosa estaba clara: estaba enamorada de él, y negarlo sólo empeoraba las cosas. Él se iría mañana, así que ya se preocuparía entonces, pero ahora necesitaba ser suya.
Christian la abrazó con fuerza pegándola aún más a él y le apartó el pelo, llegando a su cuello. Al principio a Adrienne le hacía cosquillas pero cuando Christian pasó de los besos a los mordiscos dejó de reírse para dar paso a otro tipo de sensaciones. Sin pensarlo dos veces comenzó a quitarle la camiseta porque necesitaba sentir el tacto de su piel contra la suya, y él no opuso ninguna resistencia. Ahora era Adrienne quien le besaba por todas partes: la boca, las mejillas, el cuello, y se estaba empezando a volver muy loca. Christian estaba empezando a perder el control también:
- ¿Estás segura?
- Sí.
- ¿Segura, segura?
- Cállate.
En ese momento Christian le quitó en un solo gesto la camiseta, dejando al descubierto el sujetador negro semitransparente que Adrienne llevaba. En otras circunstancias ella estaría avergonzada, pero no estaba pensando en otra cosa que en ella y Christian, en lo que estaba pasando. En lo que quería que pasara.
Christian la puso de pie por un momento, Adrienne no sabía muy bien por qué. Christian desabrochó el botón de sus shorts con un ligero movimiento, y en menos de un segundo la dejó con un culotte negro. Durante un segundo se quedó contemplándola. La luz tenue del salón junto con el reflejo de la luna, más su pelo liso revuelto y aquella figura tan jovial y bonita le dejaron absorto.
- Estás preciosa, Adrienne.
Acto seguido se levantó también del sofá y agarrándola de la cintura la subió encima de él. Comenzó a caminar, Adrienne suponiendo que la llevaría a su habitación, pero sin embargo la pasó de largo y siguió andando por la casa.
- ¿A dónde me llevas?
- Espera y verás.
Christian subió escaleras que Adrienne desconocía que existían, y cuando quiso darse cuenta estaba contemplando el cielo estrellado en el exterior. La bajó de sus brazos y ella se quedó anonadada con lo que estaba viendo: una terraza con luces a nivel del suelo que la alumbraban, en contraste con la casi absoluta oscuridad del bosque que les rodeaba. En un lado había una piscina acogedora, con las luces encendidas también y que invitaba a meterse cuanto antes. Al otro lado había muchas cosas, entre ellas una cama de exterior que también hacía las veces de sofá y de hamaca para tomar el sol durante el día. El suelo era de madera y toda la terraza en sí era preciosa.
- Estoy viviendo un sueño – dijo Adrienne.
- Tú estás haciendo realidad el mío – contestó Christian.
Después de un intercambio de miradas, Adrienne cogió su mano y ambos fueron a aquella cama donde durante un tiempo olvidaron el dolor que unas horas después les vendría a ambos, cuando tuvieran que decirse hasta luego, y se amaron plenamente. Después, cuando ambos, sudorosos y felices miraban al cielo, Christian se volvió hacia ella, y mientras pasaba un dedo por la curva de su cintura le dijo:
- Antes me has dicho que me querías.
- Sí, lo sé, lo siento, me dejé llevar y…
- Dijiste lo que yo estaba pensando y no me atrevía a decir. Te quiero, Adrienne.
 Adrienne, a pesar de todo, no podía ser más feliz en esos momentos.
- ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo he llegado a quererte y a necesitarte tanto cuando te he tenido tan poco?
- No controlamos lo que sentimos, sólo cómo lo sentimos. Supe que eras especial desde el momento en que te vi comiéndote aquellos libros la primera vez. Tenías un mundo a tu alrededor que consistía en tú, tu café y tu novela. Estabas tan entregada que ni te fijabas en lo que pasaba a tu alrededor, era increíble.
- Estuve yendo cada día durante meses, a la espera de que volvieras, Chris. Llegué a ir tanto que acabaron ofreciéndome trabajar ahí y fue como un regalo caído del cielo, porque sabía que si volvías yo te vería. No me reconocía a mí misma. Me arrepentí tanto de haberte rechazado aquella noche, cuando querías acompañarme a casa. Durante todo este tiempo pensé que te habías largado por eso… Y ahora míranos, aquí, amándonos hasta que mañana me digas adiós y yo…
- No pienses aún en eso, y en ningún caso pienses en adioses. Nos veremos antes de lo que crees.
Christian se levantó de la cama, desnudo, y de nuevo cogió a Adrienne en brazos. La acercó a la piscina y le susurró al oído:
- Lo que voy a hacer ahora te lo debo por las borderías que me has ido diciendo todo este tiempo.
- ¿Qué? Espera, ¿no pensarás…?
Tarde. Christian tiró a Adrienne a la piscina y no pasaron más de dos segundos hasta que ella empezó a gritar y blasfemar.
- ¡Te odio, Christian! ¡Ven aquí ahora mismo si de verdad eres un hombre!
- ¿No has tenido suficiente o qué? – dijo riendo.
Y se tiró a la piscina cual niño pequeño, disfrutando de cada minuto a su lado y dejando en stand-by todo lo que tendría que afrontar cuando llegara a Londres.
A pocas horas de que amaneciera, ambos se tumbaron en la cama y estuvieron hablando de muchas cosas, pero ningún tema que salió tenía que ver con el presente. Y así, poco a poco, el día llegó, y con ella, el fin de aquella noche perfecta.
 Ambos se ducharon y cuando ya estaban preparados, Christian cogió el coche para llevarla a casa antes de ir al aeropuerto.
- Bien, Adrienne, ahora quiero que me escuches con atención. Abre la guantera y coge el papel que hay. Ahí encontrarás un móvil y unos números y direcciones de e-mail. El móvil servirá para que podamos ponernos en contacto, y en la hoja tienes el número al que me puedes llamar y la dirección de correo que usarás por si me tengo que poner en contacto contigo de esa manera.
Adrienne empezó a arrepentirse de no haber preguntado nada la noche anterior.
- No te preocupes, sé que parece raro, pero estás a salvo y eso es lo que importa. No temas por mí porque yo también lo estoy. Intentaré que esto dure lo menos posible y volveré cuanto antes a por ti. Si no estoy muy disponible no significará que no esté pensando en mí. ¿Me has entendido? Quiero que tengas muy claro esto: te quiero, Enne. Por encima de todo. Necesito que tengas claro esto porque dudarás. Grábatelo con fuego si hace falta. Te quiero. Te amo.
Christian paró el coche y la miró.
 - De verdad. Ahora sube a casa y duerme. Te llamaré lo antes posible para que sepas que estoy bien. Ten mucho cuidado, y cuídate, por favor. Y otra cosa: intenta no comentarle esto a nadie, será más difícil si alguien más se entera. Algún día entenderás por qué.
Christian besó a Adrienne en los labios y le acarició por última vez la cara.
Adrienne bajó del coche mareada y agobiada por el exceso de información repentina, pero lo que no podía aguantar en esos momentos era el dolor de dejarle marchar. Un dolor demasiado grande como para no desear la muerte.

martes, 21 de febrero de 2012

Entre líneas: capítulo 7


El domingo pasó casi sin que Adrienne se diera cuenta. Una vez se metió en la cama a las 3 de la madrugada de aquella noche pasaron horas hasta que pudo conciliar el sueño al no poder quitarse de la cabeza lo que acababa de ocurrir, pero el resto de día no pudo concentrarse en nada, ni siquiera en eso. Estuvo en casa, comió con su familia, vio la tele con su hermana, leyó un rato y escuchó música, pero no reflexionó ni pensó en Christian. No es que no quisiera, es que no estaba preparada.
El lunes comenzó su rutina de cada semana, levantarse pronto para ir al bar a la espera de una ajetreada jornada llena de turistas y propinas. Al principio lo estaba llevando bien, pero después de atender a una pareja de ingleses demasiado enamorada no pudo evitar acordarse del beso de la anterior noche y comenzar a darle vueltas al asunto. Fue entonces cuando una ola de emociones feroces la atacaron desprevenida y tuvo que sentarse porque estaba empezando a hiperventilar. Notó cómo el corazón se le volvía a acelerar y el calor se apoderaba de ella. Christian la había besado. Primero en la boca y luego en la frente. En la frente. Ella sabía que un hombre te besa en la frente cuando se preocupa por ti y quiere protegerte, y eso sólo conseguía ponerla más de los nervios. Y es que lo cierto era que aunque Christian le volvía loca no confiaba en él. No le conocía, y lo poco que sabía es que tenía unos asuntos turbulentos en otro país y que básicamente se escondía en su ciudad, hasta el punto que no sabía siquiera su apellido. Además, Adrienne sentía cosas por Christian, pero nunca se había llegado a plantear tener algo con él, lo veía imposible e indeseable, no se podía hacer una idea de lo que sería salir con una persona fugitiva en cierto modo. Por otro lado, sólo había ido un beso, quizás tampoco tuviera que significar todo aquello que se le pasaba por la cabeza, quizás simplemente tuviera que tomárselo como un simple beso, pero por mucho que le pudiera pesar, no lo sentía así.
Cuando acabó su turno por la tarde fue a casa, se duchó y en acabar llamó a su amiga Chloé. No es que fueran muy amigas, pero Adrienne estaba empezando a darse cuenta de que no tenía a nadie femenino a quien recurrir en emergencias como ésta y creyó conveniente depositar su confianza o sus temores en alguien como alternativa a la muerte súbita. En un par de horas habían quedado en uno de los bancos del puente que conectaba el río, pero Adrienne fue un poco antes para ver si podía aclarar su mente un mínimo. Al rato apareció Chloé y se sentó a su lado en el respaldo del banco.
- Me sorprende que me hayas llamado para vernos un lunes a las 8 de la tarde, no pensaba que fueras tan sociable, teniendo en cuenta que nos vimos el viernes.
- Lo sé, pero estoy al borde de la desesperación, y ni siquiera sé si he hecho bien en llamarte porque ahora pensarás que soy una interesada ya que casi nunca nos vemos, pero es que no sé qué hacer.
- No te caracterizan tus ganas de pasar tiempo con la gente, la verdad, pero no veo problema alguno en que me llames para hablar. Cuéntame, ¿qué ocurre?
 Y Adrienne puso al corriente en casi todo a Chloé, omitiendo las partes en las que comprometían directamente a Christian, ya que como él le había dicho el día anterior hay secretos que no nos pertenecen, y ella no se sentía con el derecho a desvelarlos.
- Así que de lo que estamos hablando en esencia es de que te gusta este chico más de lo que quieres admitir, ¿no?
- Algo así – dijo Adrienne a regañadientes.
- Te pasaste medio año esperándole en silencio y ahora que vuelve se comporta entre capullo y caballero, o como diría yo, un capullero – dijo Chloé bromeando.
- No sé si estoy preparada para él. Tiene las cosas demasiado claras pero sin embargo creo que en el fondo ni siquiera él sabe dónde podría estar mañana. No confío en él. Creo que voy a intentar pasar, no me acaban de gustar las cosas raras que me contó.
- Sabes ya que no podrás, ¿no? – dijo Chloé.
- Sí podré, de todas formas no es para tanto. Al principio él era una incógnita, y cuando desapareció me costó mucho quitármelo de la cabeza, pero ahora ya he tratado con él y a parte de ser un chico interesante y misterioso, no tiene más, no creo que vaya a ser demasiado difícil olvidarme de todo este asunto. Sí, lo tengo decidido, pasaré de él.
Los siguientes días fueron de mal en peor para Adrienne. Al principio tenía muy claro lo que quería y eso le daba fuerza para seguir adelante pasando por alto el hecho de que probablemente Christian estaría esperando su llamada, pero poco a poco sus argumentos fueron perdiendo consistencia, y el martes dudoso dio paso a un miércoles caótico. Cada vez sus sentimientos la golpeaban con más fuerza y llegaba un punto en el que ya no entendía ni por qué estaba pasando cuando en realidad se moría de ganas de verle.
Pudo aguantar hasta el jueves. Ese día, al salir del trabajo por la tarde buscó en su agenda su número, el que él le había apuntado el viernes pasado cuando ella estaba demasiado borracha como para darse cuenta. Efectivamente ahí estaba su nombre, y sin pensárselo dos veces marcó la tecla de llamar mientras se apoyaba en una pared. A los dos tonos contestó:
- Pensaba que ya no llamarías – dijo Christian
Adrienne se puso muy nerviosa al escuchar su voz, así que tuvo que respirar profundamente antes de comenzar a hablar:
- N-necesitaba pensar en todo un poco. Acabo de salir del bar, ¿haces algo?
- Estoy bastante ocupado ahora mismo – contestó Christian.
- Ah… bueno, en ese caso podemos vernos otro día – dijo Adrienne
- No, tenemos que vernos hoy. ¿Cuánto tardas en llegar a casa?
- Unos 10 minutos, ¿por?
- En 15 tendrás un coche esperando bajo tu casa. Él te llevará hasta la mía. ¿Qué te apetece para cenar?
- Bu-bueno, no sé, cualquier cosa estaría bien. ¿Por qué quedamos en tu casa?
. Cuando vengas te lo explicaré todo. Nos vemos en un rato.
Y colgó. Adrienne se sentía dividida: por un lado estaba muy aliviada y contenta de haber vuelto a escuchar la voz de aquel hombre que le tenía robado el corazón, pero por otro lado había algo en las palabras de Christian que la habían dejado intranquila. Decidió darse prisa para estar cuanto antes en su casa y verle.
Adrienne se asomó por la ventana y como Christian había dicho ahí estaba el coche negro de siempre, esperándola a ella, y no pudo evitar sentirse importante por un momento y sonreír. –Céntrate- se dijo, porque si se dejaba llevar por lo que sentía cometería muchas locuras y saldría dañada con seguridad.
El viaje duró unos 20 minutos, pero no le importaba porque le gustaba el trayecto. Cuando quiso darse cuenta ya veía a lo lejos aquella casa en medio de árboles y prados infinitos, y cuando se acercó un poco vio cómo Christian la estaba esperando bajo.
El coche paró y él le abrió la puerta.
- Hola, Enne, qué cambiada te veo – dijo medio bromeando.
- Sólo han pasado 5 días, tampoco es para tanto.
- Ah, conque llevas la cuenta, ¿eh?
- Cállate – dijo Adrienne rabiosa pero medio sonriendo.
 Cuando entraron en su casa la cena ya estaba preparada y sobre la mesa.
- Wow, huele genial, cocinas mejor que yo sin duda – dijo Adrienne
- No es nada del otro mundo, pero no quería defraudar a mi invitada – dijo Christian con una sonrisa que enmudeció por completo a Adrienne.
La cena transcurrió tranquila y agradable. Ambos estuvieron hablando de la semana y pasando un buen rato juntos. Cuando acabaron el postre, Adrienne habló:
- Por el teléfono sonaste un tanto raro, no sabría decir por qué exactamente, pero no me gustó.
Christian suspiró. Se levantó, y ofreciéndole la mano a Adrienne, le dijo:
- Ven al sofá.
Se sentaron, y una vez ahí Christian acercó sus labios a los de Adrienne para besarla tiernamente.
- Tienes que parar de hacer estas cosas sin más, Christian – dijo ella con una mezcla de rabia y amor que se traducía en el color de su cara.
- Te he invitado aquí esta noche porque tengo algo que decirte, Enne.
- ¿De qué se trata?
- Mañana vuelvo a Londres.
Adrienne se quedó atónita.  Éstas eran noticias que no se esperaba ni quería escuchar por nada del otro mundo.
- ¿Por qué? – dijo ella – No lo entiendo, ¿para qué? ¿No estás bien aquí?
- Digamos que… me “obligan”. Yo tampoco quiero irme por nada del mundo, pero no me están dejando otra opción y en Londres están pasando cosas que repercuten en mi vida y que estando aquí no puedo controlar y ni solucionar.
Hubo un silencio prolongado hasta que Adrienne volvió a hablar:
- ¿Desde cuándo lo sabes?
- Desde el lunes.
- ¿Y por qué me lo dices ahora?
- Te dije que te tomaras tu tiempo, y lo mantuve. Me has llamado esta tarde, así que si te hubiera llamado cuando decidí que tenía que volver no hubiera respetado lo que dije y estaría faltando a mi palabra, cosa que no iba a permitir.
- ¡Pero te vas mañana! ¿Qué más da tu palabra?
- La palabra lo es todo, Enne
Adrienne suspiró, sintiéndose profundamente estúpida.
- No te llamé porque estaba intentando olvidar lo que pasó el sábado y dejarte atrás, pero no he podido.
- ¿Por qué querías olvidarte de mí? – dijo Christian.
- Todo lo que me dijiste es demasiado complicado, ni siquiera sé si estoy preparada. No confío en ti, y no quiero pasarlo mal.
- ¿Has conseguido estar bien?
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque a pesar de todo eso sigo sintiendo cosas muy fuertes por ti, y no lo puedo evitar.
Christian cogió a Adrienne y la apoyó en su pecho, abrazándola con ternura.
- Además – continuó ella – me entero de que mañana te vas y veo cómo he desperdiciado casi una semana entera intentando no pensar en ti cuando ahora ni siquiera podré verte.
- No pienses en eso ahora, Enne. Esta noche quiero que sea especial. Esta noche vas a conocerme.
- ¿Cómo?
- Empieza a preguntar.

sábado, 18 de febrero de 2012

Last cigarette


Hacía semanas que no le veía, pero parecían siglos. Desde que me envenenó el alma con el humo de sus cigarrillos no podía pensar en otra cosa que en él. Le buscaba por todas partes, como si mi idealización le convirtiera en omnipresente, pero no estaba. Yo ya no sabía si pensar que todo había sido fruto de mi imaginación, que en realidad todos esos momentos a su lado no habían sido otra cosa que fantasías demasiado ambiguas como para pasarlas por alto. Pero me resistía a creer que no era real porque lo sentía tan intensamente como el roce de una pluma en la piel.
Poco me importaba haberlo visto sólo una vez, pues él llevaba mucho tiempo en mi mente, como cuando un personaje de ficción aparece en la realidad, enseguida lo reconoces. Sin lugar a dudas sabía que era mi hombre, quien haría justicia a los viernes de amantes a mi lado, con quien hasta los domingos dejarían de ser domingos. Sabía que me haría cosquillas cuando me enfadara y que me trataría como a una niña pequeña porque entendería la pureza de mi alma, pero también sabía que nunca dejaría de sorprenderse cuando me calzara el uniforme de femme fatale y le sedujera una y otra vez.
Por eso él disfrutaba cuando le decía que muchas noches las pasaba leyendo a Bukowski, y que prefería quedarme escuchando Sex on fire una y otra vez a sociabilizar con mis compañeros, al igual que sabía que en secreto se reía cuando le explicaba las formas, las posiciones y las situaciones imposibles en las que escribía,  porque realmente entendía lo que la pasión significaba para mí, y lo entendía porque él la vivía de la misma manera. Estábamos hechos el uno para el otro y yo lo sabía.
Sin embargo, las semanas habían pasado y con ellas su presencia. Necesitaba verle, necesitaba electrocutarme cuando él me rozara el brazo al saludarme. Le echaba tanto de menos que compré un paquete de Lucky Strike, a pesar de que ni siquiera fumaba, sólo por volver a sentirle, por engañarme pensando que al inhalar ese humo lo estaría acercando a mi alma. ¿Pero qué iba a hacer si no cuando me acordaba de sus ojos? Necesitaba tenerlos en frente de mí, porque cuando me miraba mi vida por fin tenía sentido durante unos segundos, como si al hacerlo me transmitiera la certeza de que ya me habían mirado cientos de veces. Eran como un océano en el que ansiaba sumergirme para llegar a su mente y desvelar sus pensamientos.
Era otoño y el frío se iba acentuando cada vez más. Era viernes y yo me sentía muy sola. Miré por la ventana y vi cómo el cielo estaba nublado, dándole la bienvenida a una noche fresca de puro otoño. Tenía frío por fuera, pero mucho más por dentro, y mientras fumaba sus cigarrillos me preguntaba dónde estaría él, qué estaría haciendo en esos momentos, si se acordaría de mí. Si él tendría tanto frío como yo.
Pero no, era imposible. Un chico como él tendría cientos de chicas ofreciéndole un encendedor, y aunque yo sabía que probablemente fuera mejor que todas las demás, si él, mi hombre, no miraba con los ojos del corazón, no se daría cuenta. 
Di una última calada al último cigarrillo de Lucky Strike, confiando en que mis sentimientos por él se apagaran al acabarlo. Hacía demasiado frío y hacía demasiado tiempo que estaba sola.

lunes, 13 de febrero de 2012

Entre líneas: capítulo 6


Afortunadamente, en mucho menos de lo que Adrienne esperaba empezó a avistar los indicios de ajetreo propios de la ciudad, aunque fuera sábado. Los edificios comenzaron a sucederse y su tranquilidad incrementó cuando finalmente llegó a su calle y el conductor paró sin más, a la espera de que ella bajara. Al principio no sabía si bajar directamente, si tenía que pagarle o si tenía que decirle algo, pero optó por despedirse educadamente y bajar para alejarse de la locura de la última media hora cuanto antes.
Se dirigió hacia su portal apresuradamente y subió las escaleras de dos en dos hasta que por fin vio la puerta de su casa, la abrió, entró y con su espalda la cerró. Se quedó apoyada en ella y entonces sintió cómo volvía a recuperar la respiración, pues el suspiro de alivio que soltó compensaba el mal trago que había pasado.
No sabía cómo estaba, pero no era exactamente enfadada. Quizás sentía rabia, o vergüenza, pero sobre todo estupidez por haberse dejado llevar tanto cuando Christian la había tratado así, como si fuera una bolsa de basura a la que despachar rápidamente.
Entró en su habitación no sin antes comprobar que estaba sola. Al parecer sus padres habían salido y su hermana con ellos, suponía. Se tiró un poco en la cama para intentar analizar lo que había ocurrido, pero viendo que se estaba volviendo a poner de los nervios decidió ir a la ducha. Abrió el grifo y desde su cuarto puso un cd de jazz con el fin de relajarse mientras se duchaba.
Ya con la toalla y el pelo mojado, cuando iba a ponerse algo cómodo vio el reloj y se dio cuenta de que en media hora entraba a trabajar. Lo había olvidado por completo, así que se peinó y se vistió todo lo rápido que pudo, aun sabiendo que su jefe era muy flexible con ella. Se puso algo de rímel, se coloreó los labios levemente de rosa y en 10 minutos ya tenía los pies en la calle de nuevo.
Eran casi las 4PM y con las prisas no había atinado en elegir una camiseta adecuada, pues a pesar de que era de tirantes era de color negro y se estaba asando de calor. Por lo demás se había colocado sus shorts preferidos y como siempre, sus sandalias.
Por suerte no tardó más de 10 minutos en llegar, así que se recogió el pelo y se puso su mini delantal para comenzar su trabajo.
La tarde transcurrió algo ajetreada, pues al ser sábado y estar en pleno verano hasta los sitios más escondidos como aquél se llenaban de gente. Los clientes –en su mayoría turistas por la zona en la que estaban- eran muy agradecidos con ella y siempre le dedicaban palabras bonitas e incluso algunas propinas (sobre todo los hombres). Por las noches alguna vez cuando se quedaba en la barra se atrevería a decir que más de uno había intentado filtrear con ella, pero lo cierto es que a Adrienne todo le sabía a lo mismo, ya que ella tenía una idea muy definida de lo que un hombre debería hacerle sentir, y en secreto siempre la misma imagen se descubría en su mente, la de Christian.
Cuando tenía algo de tiempo comprobaba el móvil y con pesar comprobaba una y otra vez que no tenía ni una sola llamada ni mensaje de él.
Por la noche todo se volvió más tranquilo, la gente poco a poco fue abandonando el bar para ir a cenar, y como eran pocos los clientes que quedaban su jefe la invitó a tomarse lo que quedaba de noche libre.
- Ayer cerraste tú, puedes marcharte antes hoy. Además, es sábado y tú eres joven, has de aprovecharlo – le dijo amablemente.
- Muchas gracias… pero poco aprovecharé hoy, me temo. Creo que me quedaré en casa y veré alguna película de poca monta para no pensar. ¡Buenas noches!
 Adrienne se quitó el delantal, se soltó el pelo y se lo adecentó. Después cogió sus cosas y salió por la puerta, chocándose con alguien inevitablemente: Christian.
- ¿Qué haces aquí? – le dijo escandalizada – espera, no quiero ni saberlo. ¡Adiós!
Adrienne emprendió rumbo rápidamente pero Christian la frenó cogiéndole la mano.
- ¡Espera! – le dijo – Siento lo de esta mañana, de veras que lo siento. Déjame explicarte por qué.
- ¡No quiero que me expliques nada! Eso me pasa por fiarme del primer extraño que parece que tenga algo más que serrín en la cabeza. ¡Pero no, eres como todos! ¡O incluso peor! Seguro que has visto que hablábamos más en vez de hacer a saber qué y has decidido deshacerte de mí. ¡Increíble! – dijo Adrienne totalmente fuera de sí.
- Cálmate, por Dios, estás dando un espectáculo.
- No me da la gana – espetó Adrienne.
- Muy bien, lo haremos a mi manera.
Christian cogió a Adrienne por las piernas y se la subió al hombro. Empezó a caminar en dirección a un coche mientras soportaba sus pataleos y gritos, como si la estuvieran matando.
- ¡Me estás secuestrando! – le decía ella.
- Hasta que no seas razonable, Enne, tendré que hacerlo así.
 Abrió la puerta trasera del coche y la tiró delicada pero rápidamente dentro, porque la gente empezaba a mirar de forma extraña. Se sentó con ella detrás e indicó al conductor (el mismo de aquella mañana) un nombre.
Pasaron los minutos y Adrienne no decía nada, pero al menos estaba más calmada. Decidió que fuera lo que fuera lo que Christian quisiera contarle, no iba a suponer un peligro para su integridad como persona, y además una parte de ella se moría por estar con él aunque estuviera enfadada (o se lo medio hiciera).
- ¿A dónde me llevas? – dijo Adrienne finalmente.
- A cenar.
- No tengo hambre.
- Tranquila, ya comerás – dijo Christian divertido, para variar.
Cuando el coche paró Christian salió del coche y dio la mano a Adrienne para invitarla a salir, pero en vez de eso ella se deslizó por los asientos de cuero y salió por sí misma.
- ¿Vas a estar enfadada por mucho tiempo?
- El que me dé la gana, secuestrador – dijo ella mientras Christian se reía a carcajadas, lo que provocó una leve sonrisa en ella que por suerte pasó desapercibida.
Entraron a lo que se suponía que era el restaurante y Adrienne se quedó prendada de la esencia del lugar. Parecía como si hubieran retrocedido a los años 50. Grandes lámparas colgaban del techo, sillas que parecían carísimas, un suelo precioso y al fondo un piano que estaba siendo tocado en directo. Christian habló con el mâitre y éste los condujo a una mesa que estaba más apartada de las otras, como una zona pseudo-vip.
Ya sentados, Adrienne se puso roja.
- ¿Qué te ocurre? – dijo Christian.
- Voy súper poco apropiada para un sitio así – y señaló sus shorts y su simple camiseta de tirantes
- Vas perfecta. Además, aquí lo que importa es el dinero que tengas en los bolsillos.
- Y por lo que veo tú tienes mucho, ¿no?
- Algo así. ¿Pedimos?
Después de que se hubieran puesto de acuerdo y Christian hubiera sugerido a Adrienne que pidiera según qué cosas se sumieron en el silencio.
- Adrienne – dijo Christian por fin – siento mucho lo que ha pasado esta mañana. Me gustaría explicártelo de una forma que pareciera convincente, pero de hacerlo sé que no me creerás, porque el verdadero motivo es una locura.
- Prueba – retó a Christian.
- Aunque quiera no puedo. Hay secretos que no nos pertenecen y eso hace que no podamos desvelarlos. Yo guardo un secreto que no es mío y no tengo derecho a contártelo, pero sí puedo decirte que no me deshice de ti porque me hubiera cansado o por lo que sea que se te haya pasado por la cabeza. Estaba disfrutando mucho dd tu compañía, eres como un ángel en mi vida ahora mismo.
Adrienne se puso rojísima pero intentó mantener la compostura aun mirando a Christian y viendo cómo se le ponía otra vez esa sonrisa en la cara, como si la viera como una niña pequeña. Tenía que quitarse todos esos sentimientos contradictorios que tenía por él si quería hacerse valer como mujer.
- ¿Por qué tienes un chófer disponible las 24h? ¿Por qué tienes tanto dinero? ¿De dónde lo sacas? ¿Eres un mafioso/traficante? ¿Traficas con jóvenes?
- JAJAJAJA, de verdad, tu mente no tiene límites, Enne – dijo Christian divirtiéndose.
- ¿Por qué me llamas Enne? – dijo Adrienne sorprendida porque era la segunda vez en la noche que lo hacía – Nadie me ha llamado nunca así. ¿Por qué no has optado por Adri? Es lo más común.
- Y lo más obvio, también. No me gusta Adri, pero Enne queda muy bonito, y te pega más cuando das pataletas como una niña mimada.
- Es lo que pasa cuando un desconocido te secuestra. En fin, contéstame – dijo Adrienne.
- Está bien, veamos… Yo no soy de París. Mi madre sí lo era y por eso sé francés, pero he vivido la mayor parte de mi vida en Londres. No te puedo contar demasiado, pero… mi madre murió hace años, después de casarse con un hombre… peculiar. Mi vida en Londres estaba siendo demasiado dura y falsa, porque por una serie de… compromisos tengo que hacer cosas que no forman parte de mi forma de ser como persona, que no quiero hacer, así que desaparecí, vine a París a dedicarme a lo que verdaderamente me gusta: escribir, por eso me veías por el bar. Lo elegí porque sabía que nadie me encontraría ahí, y luego, bueno… digamos que tuve un aliciente – dijo Christian al tiempo que guiñaba un ojo de forma cómplice a Adrienne – El caso es que tarde o temprano acabaron por encontrarme y tuve que volver a Londres, por eso has estado medio año sin verme. Ahora lo he vuelto a intentar, pero por lo que veo siguen mis huellas con detalle. 
 - Vaya… - dijo Adrienne, en parte avergonzada porque lo que le estaba contando Christian no era cualquier cosa.
- Esta mañana ha llamado una persona relacionada con todo ese problema, está aquí y quiere convencerme para que vuelva. Allí las apariencias son muy importantes y el hecho de que yo esté aquí contigo ahora mismo les jode todos los planes. Por no hablar de las pérdidas económicas que supone para ellos.
- No entiendo nada. ¿Eres importante en Londres? ¿Eres famoso?
- No del tipo de famoso que crees, pero sí, de alguna manera se me conoce.
- ¿Y qué es lo que te hace tan infeliz de estar allí?
- Que todo lo que me rodea no tiene nada que ver conmigo. Antes estaba mi madre y ella era el punto de apoyo, quien me hacía recordar que yo era quien soy y no la farsa en la que vivíamos. Pero ahora ella no está y la echo mucho de menos, es imposible soportar todo el teatro que montó yo solo, principalmente porque no creo en él, y ese entorno es de todo menos bueno, créeme. Me rodeo de gente que no mira por mí, sino por lo que pueden obtener a través de mí, y sobre todo porque hago cosas que no haría si dependieran de mí... Es todo demasiado complicado. Lo que quiero que sepas con todo esto es que lo que hice esta mañana tuvo como único objetivo protegerte a ti, evitarte la posibilidad de verte envuelta en un asunto que no tiene nada que ver contigo, y que una de las peores cosas de volver a Londres durante este tiempo fue que ya no podía verte leer en el bar en el que ahora trabajas.
Se quedaron en silencio, en parte porque Adrienne no tenía muy claro qué decir. ¿Era una especie de declaración o simplemente era una excusa para justificar su lamentable comportamiento durante la mañana? En cualquier caso se sentía hasta agradecida, y de repente empezó a valorar lo importante que era para ella que él estuviera aquí. Hablar de aquellos meses era recordar la de días que había pasado yendo al bar sólo para ver si encontraba a Christian enfrascado en su Mac escribiendo con esa sonrisa de quien posee el conocimiento absoluto sobre las cosas.
Poco a poco fueron retomando la conversación hacia cosas más banales. Recordaron la noche anterior e intentaron cronificar los hechos. Tal y como se temía Adrienne, ella había salido mucho peor parada que él, pues Christian recordaba casi todo mientras que ella tenía un lío mental bastante importante.
Al final de la velada Christian pagó e invitó a Adrienne a levantarse de la silla y salir con él. Mientras ella se levantaba él le cogió la mano momentáneamente, y parecía que no la iba a soltar, pero las circunstancias y el surrealismo de todo el asunto hizo que finalmente ambas manos quedaran separadas.
Caminaron hasta el coche y esta vez fue Christian quien condujo. Adrienne le preguntó dónde estaba su chófer, y él le contestó que le había dado el resto de noche libre, alegando que prefería ser él quien condujera porque le daba más libertad y se sentía más cómodo. Adrienne también lo prefería porque le daba más intimidad para hablar.
Christian puso algo de jazz mientras la llevaba a casa. Tuvieron una agradable conversación mientras se perdían entre las luces y los turistas de París. 
 - Hoy parece viernes, no sábado – dijo Adrienne.
- ¿Por qué lo dices? – dijo Christian mientras conducía.
- No sé, los sábados es un día más de salir de fiesta, de estar con los amigos, de hacer locuras… Esta noche ha parecido más una noche de viernes, por lo de la cena, el paseo, las conversaciones profundas…
- Dicho así parece una noche de amantes – dijo Christian empezando la broma de nuevo.
- Ah, ya, bueno, no me refería a eso, yo… - y se calló porque se estaba empezando a avergonzar de nuevo – Eres odioso – terminó por decir, pero acabó riéndose, contagiada por su risa risueña tan hechizante.
Cuando llegaron a su calle, Christian dejó el coche en doble fila y se acercó hasta la puerta del copiloto para invitar a salir a Adrienne. La acompañó hasta su portal, y una vez ahí, le preguntó:
- ¿Me has perdonado ya?
- No lo sé, la verdad. Hay algunas cosas en tu historia que parecen demasiado irreales, así que aún no he decidido si creerte o no. 
 - ¿Nada de lo que te he dicho te parece sincero? Hay cosas que te he contado que no tienen que ver con lo de esta mañana, que son parte de mi vida.
- Bueno, puedo creer que este tiempo que has estado desaparecido era porque no estabas en París.
- ¿Y me crees cuando te digo que te eché de menos y que esta mañana estaba encantado teniéndote en mi casa?
- No lo sé – dijo ella secamente.
- Enne, no me dejas otra opción.
- ¿De qué hablas?
- Te diría que lo siento, pero creo que no va a ser el caso.
En ese momento Christian cogió por la cintura a Adrienne para tenerla más cerca, acercó su cara a sus labios rosados y la besó. Fue un beso lento, tierno y húmedo. Al principio Adrienne se quedó demasiado sorprendida y no supo qué hacer, y Christian estuvo un poco a la espera por miedo a estar haciendo lo incorrecto, pero las ganas de volver a sentir sus labios le superaban y si su reacción era mala ella se lo haría saber enseguida, así que la volvió a besar. Esta vez fue con más pasión, le cogió la cabeza y la acercó más a él, mientras Adrienne sentía cómo se quedaba sin aire.
Christian se dijo que estaba siendo demasiado, y a pesar de que el beso había durado sólo unos segundos, decidió parar.
- Creo que es el momento de poner stop o al final puede que te arrepientas de no haberme parado.
Adrienne se veía incapaz de articular palabra
- ¿Por qué lo has hecho? – preguntó al final
- Para que al menos creas que te eché de menos y que pienso en ti.
Adrienne miró al cielo, viendo imposible poder procesar nada de lo que estaba pasando, y suspiró.
- Está bien, Enne, calma – dijo mientras le apartaba un mechón de la cara poniéndoselo detrás de la oreja – Voy a estar por aquí y espero no tener que irme a Londres aún. Llámame cuando quieras hablar, de esto o de lo que sea.
- Ni siquiera tengo tu número – le dijo.
- En realidad sí que lo tienes. Cuando te caíste en redondo en el sofá, antes de llevarte a mi cama, te lo guardé en tu móvil, simplemente no has tenido tiempo de darte cuenta.
- V-vale – dijo, aún más perpleja. Demasiada información.
- Sube a casa, Adrienne – le dijo mientras le daba un beso en la frente – Llámame.
Adrienne se quedó en el portal hasta que vio cómo Christian subía al coche y se alejaba, difuminándose con las luces parisina, sintiendo que se llevaba un trozo de su corazón con él. Y de su respiración.
Sólo cuando subió por las escaleras hacia su casa se dio cuenta de que el corazón le iba a mil por hora.