Eternidad

*Recuérdame como un día imaginaste que fui

sábado, 7 de abril de 2012

Entre líneas: capítulo 9


Agosto salió de escena sin pena ni gloria para dar paso a un septiembre no mucho más esperanzador. Hacía más de un mes que Christian había abandonado París para meterse de lleno en un Londres lleno de misterios y enigmas sin resolver para Adrienne.
Los primeros días fueron horribles. Es cierto que Chris llamó relativamente pronto – nada más llegar a su “casa”- y eso la tranquilizó, pues tenía miedo de que con su partida lo que había entre ellos quedara en meras palabras, pero eso no quitaba que a cada momento echara de menos su presencia, y su sonrisa, y su forma de hablar… Pero con las semanas se fue acostumbrando, relativamente. Aunque lo que vivió con él fue muy intenso no podía obviar el hecho de que duró muy poco, así que aunque en su interior le extrañaba y lo pasaba mal cada día, el estar ocupada con el trabajo y ahora que empezaba septiembre con la universidad, lo volvía todo un poquito más llevadero.
En lo que quedó de verano Adrienne aprovechó su tiempo libre y angustioso para distraerse con su amiga Chloé. Decidió que con todo lo que estaba pasando en su vida necesitaba a alguien de confianza, alguien a quien aunque no pudiera contar absolutamente todo pudiera apoyarla y comprenderla, o al menos escucharla. Poco a poco Chloé se fue convirtiendo en una amiga de a diario, y los ratos que estaba fuera del café los pasaba con ella haciendo cualquier cosa, desde ver una película en casa a quedarse en un banco a las tantas de la madrugada sentadas bebiendo alcohol y ahogando sus penas.
Chloé era muy reservada. A pesar de que habían estrechado lazos no se dejaba conocer demasiado bien, por eso encajaba con Adrienne, porque eran bastante similares. Chloé estudiaba Arte con ella, no coincidían en demasiadas clases y por eso no se habían fijado la una en la otra hasta que pasó bastante tiempo. En la universidad no pasaba desapercibida, causaba sensación tanto para bien como para mal por donde se moviera, y es que era innegable su belleza. Tenía el pelo de un color moreno tostado que destacaba aún más por sus rizos salvajes. Tenía facciones sureñas y unos ojos que encandilaban a más de uno (y a más de dos), pero ella solía ser bastante borde, y nadie la vería relacionándose con gente que no fuera de su grupo habitual. Adrienne se extrañaba pues de que Chloé se quejara de problemas amorosos, aunque no contara cuáles específicamente no entendía cómo una chica tan bella y con tantas opciones sentimentales las rechazara todas y aún así se quejara.
El domingo antes de empezar las clases quedaron para tomar un helado, y entre risa y risa Adrienne le dijo:
- Gracias por haberme dado tiempo a abrirme a una nueva amistad y por haber salvado mi verano. Me habría vuelto loca si no hubiese podido hablar de mi situación con Christian con nadie.
- Sería peor si no pudiéramos compartir la soledad, chèrie, así que no me des las gracias.
Y así pasó septiembre, entre Chloé, la universidad  y las llamadas furtivas de Christian, en las que él se interesaba exclusivamente en Adrienne, pasando totalmente por alto su vida en Londres.
- Te echo de menos, ¿cuándo piensas volver? – decía Adrienne.
- No lo sé, Enne, no lo sé… En cuanto pueda, ya lo sabes – contestaba Christian.
A veces no todo era tan idílico y discutían por culpa de tanta frustración:
- ¿Cómo quieres que esté tranquila si no sé NADA de lo que haces en Londres? Es como si no te conociera, porque no te conozco tanto, y es muy agotador mantener un compromiso con alguien tan hermético.
- Enne, no tienes ningún compromiso conmigo, puedes hacer lo que quieras con quien quieras, no podría pedirte ningún tipo de lealtad, sabes que…
- ¡No me refiero a eso, joder! Necesito saber de ti, qué haces, con quién vas, en qué trabajas, dónde vives… Lo normal. Necesito de ti.
Adrienne se ponía de los nervios muchas veces, pero en el fondo sabía que discutir era mucho mejor que no saber nada, que al menos él hacía el esfuerzo por, sea cual fuere su problema o situación extraña, llamarla y estar al día con ella.
Sin embargo,  a principios de octubre algo cambió: Christian dejó de llamar. Lo máximo que había tardado entre llamada y llamada era una semana, pero siempre dejaba unos 3 días de margen por lo general. A la segunda semana consecutiva sin tener noticias de Christian Adrienne decidió tomar la iniciativa y ser ella quien lo llamara. Era algo que no le hacía gracia porque con tanto secretismo y números ocultos prefería dejar la elección a él para que llamara cuando su momento fuera el adecuado, pero la situación estaba llegando a un punto preocupante.
Llamó una vez. Nada. Llamó otra. Nada. Envió un mail a una de sus direcciones, y nada. Adrienne empezó a desesperarse. ¿Y si le había pasado algo?
Por la noche volvió a llamar, y cuando ya estaba a punto de cortarse la llamada, alguien contestó, pero no era Christian:
- ¿Christian? ¿Eres tú? ¿Estás bien? – dijo Adrienne a la desesperada.
- Christian está bien, pero te aconsejo, my dear, que no vuelvas a llamar a este número ni a ningún otro que tenga que ver con él.
La llamada acabó con esa frase que aquel hombre de voz ronca le había dicho. No podía más, Adrienne estaba al borde del colapso y tenía que hacer algo, porque tenía claro que Christian no estaba bien.
No esperó un minuto más y fue hacia la casa de Chloé, necesitaba un plan de acción y la necesitaba a ella. Una vez en su casa la puso al día y después comenzó a explicarle:
- Creo que no me queda otra que ir a Londres por mí misma y comprobar que esté bien.
- No creo que sea una buena idea, Adrienne, ¿estás loca? No sabes a lo que te estás enfrentando, y todo lo que me cuentas no suena para nada amistoso. No debes meterte en problemas.
- ¿Y si es él quien está metido en ellos?
- Entonces tú no puedes hacer nada, ya es bastante mayorcito y sabe dónde está metido, eso está claro.
- No puedo quedarme de brazos cruzados a la espera de que él me llame, me voy a morir. Tengo que ir, definitivamente.
- Te acompaño entonces.
- No, no. Debo ir sola, no podemos hacer de esto algo sumamente importante, no va a pasar nada, de verdad.
- No me haces un pelo de gracia cuando te pones en modo heroína.
- Saldrá bien, te lo prometo. Ahora ayúdame a reservar un billete para este viernes.
Su vuelo salió a los 3 días, y ella no sabía muy bien qué hacer, pero decidió improvisar una vez estuviera tranquila en su hotel de Londres.
Bajó del avión y una vez se orientó por el aeropuerto buscó la salida para coger el metro que la llevara al centro de la ciudad. Sorprendentemente alguien la esperaba con un cartel con su nombre. Ella, extrañada, se acercó:
- Disculpe, ¿es a mí a quien busca?
- Sí, es a usted, señorita. Acompáñeme.
- ¿Por qué está esperándome si nadie sabe que vengo?
- Acompáñeme, insisto.
Adrienne acompañó a ese hombre serio hasta lo que parecía un coche privado. Negro. Comenzó a desconfiar y quiso dar marcha atrás, pero el hombre se lo impidió.
- Será mejor que no monte escándalos, Srta. Adrienne, si no lo va a hacer todo mucho más difícil de lo que ya es.
Y la empujó hacia dentro del coche. 

jueves, 22 de marzo de 2012

Keep walking



Hoy mi ángel guardián compartió este texto conmigo:

"Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores: uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella… Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderéis siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejaréis de intentarlo… Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando. Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más…
Todos sabéis de qué estoy hablando, porque mientras estabais leyendo esto os ha venido su nombre a la cabeza.
Os libraréis de él o de ella, dejaréis de sufrir, conseguiréis encontrar la paz (le sustituiréis por la calma) pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas que haciendo el amor con alguien a quien aprecias."

Inevitablemente pensé en un recuerdo, probablemente de los más especiales que poseo, y bajo la excusa de que está lloviendo y estoy muy Srta. Nostalgia, compartiré un pedacito de mí con vosotros. Espero que os guste:

¿Cuántas veces habré abierto un nuevo documento de Word desde entonces? Aún recuerdo aquella noche, vio ese concurso de escritores y casi me obligó a participar con él. “¿Cómo vamos a escribir una carta en menos de 2 horas?”, le decía una y otra vez. El límite eran las 12 de la noche, y a las 11 estábamos estresadísimos escribiendo cada uno por nuestra cuenta una carta de desamor para participar, pero daba igual porque nos lo estábamos pasando en grande. Nos chillábamos el uno al otro porque no encontrábamos las palabras adecuadas para hacer de nuestra carta algo decente. La mía acabó siendo una versión mejorada de Carta de un sin-alma a una musa, pero sé que la suya era mucho mejor, o yo lo sentía así. Siempre sentía todos sus textos de una forma muy especial, y eso que nunca escribió sobre mí, nunca fui tan importante. Ninguno de los dos ganamos, pero fue una noche increíble.

Cuando me descubrió una tarde de verano, en mi época de escribir historias hormonadas y emo-líticas, yo apenas tenía 16 años. Me daba mucha vergüenza hablar con él porque era un tío “cool”. No podía creer que hubiera alguien del género masculino que escribiera así de bien. “Eres muy hiperrealista, ¿no? Siempre hablando de la calle, del asfalto, de la ciudad”, le decía en las primeras conversaciones. Y es que aunque expresaba las mismas ideas que yo lo hacía de una forma totalmente diferente y única. No salía de mi asombro.

Es evidente que desde un primer momento me volvió loca, su prosa me hechizaba, pero él no me hacía nada de caso. ¿Me descubre para pasar de mí? Le odiaba. Hasta que un día me habló de casualidad pidiéndome ayuda en algo banal y femenino, y a partir de ahí todo cambió. Al poco tiempo nuestras vidas dieron un giro muy grande y cada uno nos sumimos en un pozo demasiado profundo. Joder, qué mal lo pasé pero cuánto valió la pena.

Teníamos unas conversaciones nocturnas sublimes, mi vida tenía sentido en esas horas que se me pasaban tan rápido y reía a carcajadas, o jugábamos a nuestro juego, o encontrábamos apoyo en nuestra soledad compartida. Enseguida se hizo fundamental en mi día a día. ¿Por qué? Porque cuando hablaba con él, cuando pensaba en él, no existía otra cosa, bloqueaba todo lo demás, y creedme, todo lo demás era muy malo. Así que hablar con él era casi como una necesidad, él entendía mi locura y la alababa en una época en la que me sentía lo más insignificante e inútil del mundo.  Él sacaba a relucir lo mejor de mí.
Recuerdo la primera vez que me habló de la misantropía y del hastío. Me decía que no aspirara a ser feliz porque la felicidad era aburrida, y siempre repetía la frase de mi querido Bukowski: “el aislamiento es el premio”.  Por supuesto, mierdas de adolescentes con problemas de relaciones sociales que se escondían en ese argumento, pero daba igual porque era genial.

Una noche me enseñó un texto suyo en el que describía cómo esperaba a su amada con el fin de huir juntos. Ese texto me marcó. Describía a la perfección cómo ella llevaba las uñas rojas, los labios rojos y los tacones rojos, lo describía tan bien que hasta el color de las palabras era rojo, literalmente. Yo en un principio no le di importancia, pero le pregunté que qué pasaba con ese color. “El rojo es pasión”, me dijo. Siempre imaginaba a las chicas con las uñas rojas capaces de colorearle el alma y con labios rojos que pudieran darle besos que le harían morir de felicidad. El rojo era el color. Igual que los cigarrillos, el humo era muy sexy y daba un toque decadente a todas las escenas, como imaginarse a un hombre bebiendo en una barra intentando olvidar (siempre se trataba de olvidar).

Era un mundo totalmente nuevo para mí: misantropía, hastío, rojo, pasión, cigarrillos, vodka, decadencia… Conceptos que dominaron absolutamente al 100%  mi vida en aquella época. Fue tanto lo que supuso para mí que tardé nada y menos en hacerme una sesión de fotos con las uñas y los labios rojos y un cigarrillo (apagado), sólo para experimentar. Fue estúpidamente maravilloso. Tenía 17 años y sólo pensaba en convertirme en su femme fatale.

Por supuesto él jugaba conmigo, muchísimo. Me pedía que me fuera con él, que cambiara mis planes de futuro, hasta me dijo que estábamos destinados a ser amantes de por vida, pero era puro juego. Él me descubrió el juego que tanto amo a día de hoy, también. Le encantaba jugar, y yo, a pesar de que mi corazón pertenecía desgraciadamente a otra persona, no podía dejar de odiarle y amarle a partes iguales. Oh, cuánto le podía llegar a odiar en un mismo día, pero sí él quería a los 5 minutos ya me tenía a sus pies.
Evidentemente en la vida real nunca funcionaríamos, pero teníamos esa maldita conexión, una jodida estúpida e inexplicable conexión que jamás, jamás, he vuelto a tener con nadie. Fueron unos meses dolorosamente preciosos.

Él ya no existe, nuestras vidas se separaron y una vez pasados aquellos meses cada uno continuó su camino lejos del otro. Él ya no es nada para mí, pero su recuerdo… Tenía que conocerle para conocerme a mí misma. Él fue una de esas cosas que te pasa sólo una vez en la vida, una cosa que nunca acaba bien pero que te marca para siempre por su intensidad y unicidad. Una de esas cosas que cuando pasa ansías desesperadamente volver a tener y que sabes que nunca más tendrás, porque reacciones químicas de ese calibre creo que sólo pasan una vez en la vida. Y quizás por eso, por hacer homenaje a la magnitud de lo que esa persona significó para mí y para mi vida entera, mis labios y mis uñas van siempre de color carmín, mi alma es puramente roja, el juego me pierde, los tacones acompañan mi vida, y el humo de los cigarrillos siempre está latente por donde quiera que voy.

El día que alguien me vuelva a calar así de profundamente estaré completamente perdida.

sábado, 10 de marzo de 2012

Luckymente loca


Lucky se burla de mí cada vez que escribo sobre fumar. Se ríe mientras me dice que los cigarrillos no tienen nada de admirable y que lo único que consiguen es consumirle aún más el alma, si eso es posible, y que además yo no fumo. Pero es que le queda tan bien hacerlo… Definitivamente me ve como una niña pequeña, siempre me está haciendo rabiar, sabe que puede jugar conmigo como quiera y no duda en aprovecharse de ello. ¡Como si eso me molestara! Cree que rabio, pero lo único que consigue el muy imbécil es volverme aún más loca.
Se pasea de un lado a otro por la habitación obviando el hecho de que le estoy mirando. Odio cuando hace eso, se pasa la vida obviándolo todo. ¿De verdad cree que a estas alturas puede dárselas de ingenuo? Venga, va, si ya bebía whisky cuando yo ni sabía qué era el alcohol, y todas esas colillas que han pasado por su boca han percibido el sabor de miles de labios femeninos, más de los que cualquier hombre corriente podría soñar. Por eso sé que sabe que me acelero sólo con notar su presencia y que envidio a todas las mujeres que han pasado por su cama. Cuántas veces he deseado que fueran sus manos las que deslizaran mis medias por mis piernas en vez de las mías... Pero le da igual, yo sólo soy… la verdad es que no sé lo que soy, pero algo circunstancial, seguro.
A veces, sin embargo, noto cómo sus ojos me escanean. Podría pensar que me mira con deseo pero siento que no es así, es más, tengo la certeza. Es como si intentara verme por dentro, o como si ya me hubiera visto y analizara lo que sabe. Me hace sentir tan desnuda… Me pone colorada y él se ríe, y yo le odio, claro. Le odio unas 100 veces al día, pero no importa, porque en esos pequeños y efímeros momentos, cuando su mirada está posada en mí siento que tenemos esa conexión, como si nuestras mentes estuvieran buscándose para entrelazarse y ser sólo una, como si las hubieran separado previamente y no vieran el momento de volver a reencontrarse, y esa sensación vale mi vida entera. Debo estar loca.
Siempre estamos en la misma habitación. A veces estoy yo sola pero la mayor parte del tiempo él también está. Es como si estuviéramos constantemente a la espera de algo que ni sabemos lo que es ni cuándo llegará, y lo que es más importante: por qué lo esperamos. De cualquier manera estamos ahí, a veces sentados, a veces dando vueltas en círculos (y quizás ése es el problema) pero siempre en ese habitáculo mental donde las luces de neón nos acercan a una realidad ficticia híper lejana y poco probable.
Él fuma porque es Lucky Strike y bebe whisky porque le encanta. A mí me encanta él.  Le escribo cada viernes porque es la noche en la que más cerca suya me siento, porque aunque estemos en la misma habitación mental no puedo tocarle aunque muera por hacerlo y me tengo que conformar con imaginarle. Él es Lucky Strike y me vuelve luckymente loca.

martes, 28 de febrero de 2012

Entre líneas: capítulo 8


Adrienne se paró a pensar por un momento. Por fin tenía la oportunidad de conocer a Christian, de saber en qué andaba  metido y por qué tenía tantos problemas. Sin embargo, en lo único que podía pensar era en que estaba frente a ella, con una belleza propia de alguien que sabes que se va a marchar y no verás en no se sabe cuánto, y no podía concentrarse. Sus ojos profundos, su boca insinuante y hasta aquellos resquicios de barba la hechizaban por completo. Intentaba concentrarse para comenzar a formular las preguntas, pero sin darse cuenta Christian le preguntó si estaba bien porque estaba hiperventilando.
- Sí, estoy bien – dijo Adrienne- No, no lo estoy. No quiero que te vayas. Eres la única persona valiosa en mi vida, no se me da bien la gente y mi vida es aburrida. No soporté que desaparecieras durante medio año y no puedo soportar que te vuelvas a ir. – Sentía que las lágrimas comenzaban a poblar la cara y en ese instante supo que no podría mantener la postura por mucho más tiempo – Tienes que quedarte, por favor. Me iré contigo si hace falta, pero por favor, no te vayas. Por favor…
A Christian le partía el corazón ver a Adrienne, que siempre era tan fría con él, deshaciéndose en lágrimas y suplicándole que no se fuera. Sus ojos cristalinos provocaban en él una profunda tristeza.
- Vas a estar bien, Enne, te lo prometo. No te voy a abandonar, ni voy a dejar de preocuparme por ti. Estarás bien.
- No estaré bien, ¡no lo estaré! No estarás aquí…
- ¿Y por qué te importa tanto eso, de repente? Hace un rato no querías ni verme.
- Porque te quiero.
Adrienne lo vio todo claro entonces. Aun sabiendo que en el futuro próximo se arrepentiría, decidió que esa noche no necesitaba saber la verdad sobre Christian, no necesitaba conocerle. Lo único que necesitaba era que él la amara, y que mientras la luna los mirara pudieran olvidar que en unas cuantas horas se separarían hasta no sabían cuándo.
Antes de que Christian pudiera reaccionar a sus palabras decidió dejarse llevar, obviando el miedo al rechazo que sentía en esos momentos. Se sentó encima de él y comenzó a besarle pasionalmente. Llevaba milenios esperando el momento en el que dejara de controlarse y por fin transmitiera a Christian todo lo que ella sentía en forma de amor. Porque por mucho que quisiera engañarse una cosa estaba clara: estaba enamorada de él, y negarlo sólo empeoraba las cosas. Él se iría mañana, así que ya se preocuparía entonces, pero ahora necesitaba ser suya.
Christian la abrazó con fuerza pegándola aún más a él y le apartó el pelo, llegando a su cuello. Al principio a Adrienne le hacía cosquillas pero cuando Christian pasó de los besos a los mordiscos dejó de reírse para dar paso a otro tipo de sensaciones. Sin pensarlo dos veces comenzó a quitarle la camiseta porque necesitaba sentir el tacto de su piel contra la suya, y él no opuso ninguna resistencia. Ahora era Adrienne quien le besaba por todas partes: la boca, las mejillas, el cuello, y se estaba empezando a volver muy loca. Christian estaba empezando a perder el control también:
- ¿Estás segura?
- Sí.
- ¿Segura, segura?
- Cállate.
En ese momento Christian le quitó en un solo gesto la camiseta, dejando al descubierto el sujetador negro semitransparente que Adrienne llevaba. En otras circunstancias ella estaría avergonzada, pero no estaba pensando en otra cosa que en ella y Christian, en lo que estaba pasando. En lo que quería que pasara.
Christian la puso de pie por un momento, Adrienne no sabía muy bien por qué. Christian desabrochó el botón de sus shorts con un ligero movimiento, y en menos de un segundo la dejó con un culotte negro. Durante un segundo se quedó contemplándola. La luz tenue del salón junto con el reflejo de la luna, más su pelo liso revuelto y aquella figura tan jovial y bonita le dejaron absorto.
- Estás preciosa, Adrienne.
Acto seguido se levantó también del sofá y agarrándola de la cintura la subió encima de él. Comenzó a caminar, Adrienne suponiendo que la llevaría a su habitación, pero sin embargo la pasó de largo y siguió andando por la casa.
- ¿A dónde me llevas?
- Espera y verás.
Christian subió escaleras que Adrienne desconocía que existían, y cuando quiso darse cuenta estaba contemplando el cielo estrellado en el exterior. La bajó de sus brazos y ella se quedó anonadada con lo que estaba viendo: una terraza con luces a nivel del suelo que la alumbraban, en contraste con la casi absoluta oscuridad del bosque que les rodeaba. En un lado había una piscina acogedora, con las luces encendidas también y que invitaba a meterse cuanto antes. Al otro lado había muchas cosas, entre ellas una cama de exterior que también hacía las veces de sofá y de hamaca para tomar el sol durante el día. El suelo era de madera y toda la terraza en sí era preciosa.
- Estoy viviendo un sueño – dijo Adrienne.
- Tú estás haciendo realidad el mío – contestó Christian.
Después de un intercambio de miradas, Adrienne cogió su mano y ambos fueron a aquella cama donde durante un tiempo olvidaron el dolor que unas horas después les vendría a ambos, cuando tuvieran que decirse hasta luego, y se amaron plenamente. Después, cuando ambos, sudorosos y felices miraban al cielo, Christian se volvió hacia ella, y mientras pasaba un dedo por la curva de su cintura le dijo:
- Antes me has dicho que me querías.
- Sí, lo sé, lo siento, me dejé llevar y…
- Dijiste lo que yo estaba pensando y no me atrevía a decir. Te quiero, Adrienne.
 Adrienne, a pesar de todo, no podía ser más feliz en esos momentos.
- ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo he llegado a quererte y a necesitarte tanto cuando te he tenido tan poco?
- No controlamos lo que sentimos, sólo cómo lo sentimos. Supe que eras especial desde el momento en que te vi comiéndote aquellos libros la primera vez. Tenías un mundo a tu alrededor que consistía en tú, tu café y tu novela. Estabas tan entregada que ni te fijabas en lo que pasaba a tu alrededor, era increíble.
- Estuve yendo cada día durante meses, a la espera de que volvieras, Chris. Llegué a ir tanto que acabaron ofreciéndome trabajar ahí y fue como un regalo caído del cielo, porque sabía que si volvías yo te vería. No me reconocía a mí misma. Me arrepentí tanto de haberte rechazado aquella noche, cuando querías acompañarme a casa. Durante todo este tiempo pensé que te habías largado por eso… Y ahora míranos, aquí, amándonos hasta que mañana me digas adiós y yo…
- No pienses aún en eso, y en ningún caso pienses en adioses. Nos veremos antes de lo que crees.
Christian se levantó de la cama, desnudo, y de nuevo cogió a Adrienne en brazos. La acercó a la piscina y le susurró al oído:
- Lo que voy a hacer ahora te lo debo por las borderías que me has ido diciendo todo este tiempo.
- ¿Qué? Espera, ¿no pensarás…?
Tarde. Christian tiró a Adrienne a la piscina y no pasaron más de dos segundos hasta que ella empezó a gritar y blasfemar.
- ¡Te odio, Christian! ¡Ven aquí ahora mismo si de verdad eres un hombre!
- ¿No has tenido suficiente o qué? – dijo riendo.
Y se tiró a la piscina cual niño pequeño, disfrutando de cada minuto a su lado y dejando en stand-by todo lo que tendría que afrontar cuando llegara a Londres.
A pocas horas de que amaneciera, ambos se tumbaron en la cama y estuvieron hablando de muchas cosas, pero ningún tema que salió tenía que ver con el presente. Y así, poco a poco, el día llegó, y con ella, el fin de aquella noche perfecta.
 Ambos se ducharon y cuando ya estaban preparados, Christian cogió el coche para llevarla a casa antes de ir al aeropuerto.
- Bien, Adrienne, ahora quiero que me escuches con atención. Abre la guantera y coge el papel que hay. Ahí encontrarás un móvil y unos números y direcciones de e-mail. El móvil servirá para que podamos ponernos en contacto, y en la hoja tienes el número al que me puedes llamar y la dirección de correo que usarás por si me tengo que poner en contacto contigo de esa manera.
Adrienne empezó a arrepentirse de no haber preguntado nada la noche anterior.
- No te preocupes, sé que parece raro, pero estás a salvo y eso es lo que importa. No temas por mí porque yo también lo estoy. Intentaré que esto dure lo menos posible y volveré cuanto antes a por ti. Si no estoy muy disponible no significará que no esté pensando en mí. ¿Me has entendido? Quiero que tengas muy claro esto: te quiero, Enne. Por encima de todo. Necesito que tengas claro esto porque dudarás. Grábatelo con fuego si hace falta. Te quiero. Te amo.
Christian paró el coche y la miró.
 - De verdad. Ahora sube a casa y duerme. Te llamaré lo antes posible para que sepas que estoy bien. Ten mucho cuidado, y cuídate, por favor. Y otra cosa: intenta no comentarle esto a nadie, será más difícil si alguien más se entera. Algún día entenderás por qué.
Christian besó a Adrienne en los labios y le acarició por última vez la cara.
Adrienne bajó del coche mareada y agobiada por el exceso de información repentina, pero lo que no podía aguantar en esos momentos era el dolor de dejarle marchar. Un dolor demasiado grande como para no desear la muerte.